Dos milagros, ¿o no?

Cien años después de que Pablo Pérez fundara el convento del Espíritu Santo en Hoyos, como ha narrado muy bien en estas páginas Jesús Carlos Rodríguez Arroyo no sé si con ese nombre o el más coloquial de Chuchi del Azebo, acaecieron en él dos sucesos que los creyentes calificarán como milagrosos y los escépticos como teatrales
Convento del Espíritu Santo, Hoyos Dibujo deA. Flores.
Convento del Espíritu Santo, Hoyos Dibujo deA. Flores.

Cien años después de que Pablo Pérez fundara el convento del Espíritu Santo en Hoyos, como ha narrado muy bien en estas páginas Jesús Carlos Rodríguez Arroyo no sé si con ese nombre o el más coloquial de Chuchi del Azebo, acaecieron en él dos sucesos que los creyentes calificarán como milagrosos y los escépticos como teatrales. Vamos a verlos.

Es sobradamente conocido que bastante antes de que el papa definiera el dogma de la Inmaculada Concepción los españoles ya lo defendían, tanto a capa y espada como con la palabra. Un ejemplo de esto último lo guardo en mi casa: es un título de licenciado expedido en el siglo XVII por la Universidad de Salamanca en la que al recién graduado se le exige defender ese dogma.

Pues bien, fieles a esa devoción mariana tan española los vecinos de Hoyos, apoyados por los curas de la parroquia y los frailes del convento, consiguieron en abril de 1662 que el papa Alejandro VII les concediera un breve para honrar debidamente a la Virgen María bajo la advocación de Inmaculada Concepción.

Aunque se estaba en guerra con Portugal y las tropas del país ¿lo dejamos en vecino? habían hecho en la Sierra bastantes burradas y habían dejado a nuestros antepasados medio arruinados, los de Hoyos encontraron los recursos suficientes para celebrar la concesión papal por todo lo alto. En la iglesia parroquial se celebró una misa solemne con tres curas (entonces no era como ahora que pueden concelebrar la misma misa cientos de sacerdotes) cantada por los frailes, en la plaza del pueblo la sección de coros y danzas se lució debidamente, otros se dedicaron a tirar mil y un cohetes y los más potentados sacaron sus escopetas –o como se llamaran las armas de caza de la época-, las cargaron con cartuchos de fogueo y lanzaban salvas de honor. Y todos bebieron vino, acaso demasiado vino.

Uno de los que hacían salvas de honor era el licenciado Juan Domínguez. Bien fuera porque no era experto en armas, bien porque el vino le hubiera quitado la prudencia, el hecho es que cargó la escopeta más de lo aconsejable y al hacer un disparó el arma reventó. Lo normal es que la explosión se hubiese llevado la cabeza o al menos las manos del entusiasmado devoto, pero afortunadamente no ocurrió así y quien pagó las consecuencias fue un árbol próximo cuyas ramas quedaron desgajadas. Los más creyentes dijeron que aquello era un hecho milagroso y de feliz recordación; los escépticos dijeron que no, que el licenciado manazas había cargado la escopeta con cartuchos de verdad y no de fogueo y que realmente había disparado hacia el árbol. Personalmente, y dada mi condición de crédulo y mi propensión hacia lo sorprendente y divertido me inclino hacia el milagro.

Mas, lo espectacular, lo realmente prodigioso ocurrió poco después y en el mismo día. Resulta que con el lío de la gente y por un codazo de más al entrar en el convento, un par de vecinos posiblemente incitados por el vino tuvieron entre sí unas palabras. – Que no me empujes. – Que no me toques tú a mi. – Que si te doy un guantazo. –Anda, atrévete. – Vamos a la calle. En fin lo normal en cualquier pelea semitabernaria.

El que se consideró agraviado, olvidando la santidad del lugar y de la ocasión, decidió vengarse de su presunto ofensor. Lo esperó en la calle y le dio a traición una estocada que le atravesó de parte a parte. Entre el griterío y el barullo consiguientes al agredido se le introdujo a toda prisa en el convento para prestarle los auxilios corporales y espirituales adecuados. Pero, ¡sorpresa, sorpresa!, cuando se le quitó la ropa para curar las heridas se vio, con el natural desconcierto, que el que se creía herido estaba ileso. Eso sí que era un milagro de verdad y no lo de la escopeta. Los aguafiestas que siempre hay dijeron que no, que el presunto agresor lo único que había hecho era un amago de estocada y que el presunto agredido, al igual que algunos futbolistas de ahora, había disimulado estar casi moribundo. Como es de suponer después de lo que he dicho sobre la escopeta, me inclino hacia el milagro.

Lo que no dicen las crónicas, y bien que lo siento, es lo que pasó después. Supongo que ambos, presento agresor y presunto agredido, hicieron las paces y acompañados de sus respectivas cuadrillas de amigos se cogieron una cogorza antológica. Era lo más lógico y lo que hubiéramos hecho quienes creemos en la paz, la concordia, la amistad y en todo eso.

Estos sucesos los narra, con bastante más seriedad que aquí, fray José de SANTA CRUZ en: “Crónica de la Santa Provincia de San Miguel de la Orden de M. Seráfico Padre S. Francisco”; Madrid, 1671, pp. 33 y 423.