Un amor desgraciado

Existe un romance que responde a un hecho desgraciado de nuestra historia comarcal. Los años finales del reinado de Enrique IV fueron de total desgobierno. Fueron los años en los que, como diría un cronista en época de Carlos V, “quien más podía más tenía”.

Torre de Eljas
Torre de Eljas

En mis años jóvenes me empapé de literatura como cualquier otro estudiante de Humanidades. Y aprendí múltiples romances. Como en lo único que he creído siempre –y sigo creyendo- es en el amor los que más me gustaban eran los de amores difíciles, imposibles o enigmáticos. ¿Cómo no recordar, por ejemplo, el del infante Arnaldos cuando el marinero que entona una tan hermosa canción que hace amainar al mar y al viento y atrae a las aves e incluso a los peces, ante la petición del conde de que se la repita le responde: “-Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va”? Supuse entonces que la persona enigmática que va con el marinero es la amada e hice mío ese lema que desde entonces ha guiado mi vida sentimental.

Años después, viviendo ya en Sierra de Gata, descubrí un hermoso romance, también de amor, en este caso trágico, que dice:

“Yo me salí de las Heljas / en hora que no debía,
iba a ver a mis amores / questán en Santa María.
Prendióme Fernán Centeno / ¡qué los malos años viva!
Desque me tuviera preso / desta manera decía:
Si no me das a las Heljas / de aquí no te sacaría”.
Mi padre, no tenía otro / yo dado se las había.
Desque se las hube dado / hízome gran villanía:
mándome sacar los ojos / con puntas de escribanía.

Ese romance responde a un hecho desgraciado de nuestra historia comarcal. Los años finales del reinado de Enrique IV fueron de total desgobierno. Fueron los años en los que, como diría un cronista en época de Carlos V, “quien más podía más tenía”.

Uno de aquellos que “más podía” o lo que es lo mismo que más abusaba de su poder era Fernán Centeno, un caballero de Ciudad Rodrigo. Los Centeno estaban cordialmente enfrentados con los Águilas, otros caballeros mirobrigenses, uno de los cuales era alcaide del castillo de esa ciudad.

Fernán Centeno se apoderó violentamente de la fortaleza de Rapapelo, en el teso del Castañar (donde se juntan los términos de Navasfrías, Eljas y San Martín; el teso cambió entonces de nombre y se llamó Torres de Fernán Centeno) y aspiraba a adueñarse de la parte occidental de nuestra comarca.

A los pies de Rapapelo está Eljas, de donde era comendador Diego del Águila, hijo único del alcaide citado quien también era señor de El Payo. (Hay quien dice que ese alcaide era también padre del señor de Peñaparda).

Relativamente cerca, en Santa María del Llano, en el campo de Trevejo (hoy término municipal de Villamiel) había un convento de dueñas, esto es, un convento de mujeres adineradas donde se refugiaban, con sus criadas, viudas que no querían volver a someterse a ningún otro hombre o se educaban chicas jóvenes. La mayor parte de esas dueñas eran originarias de Ciudad Rodrigo.

De una de esas chicas jóvenes, seguro que hermosa, que había en Santa María estaba enamorado el joven comendador de las Eljas. Como cualquier otro enamorado iba a verla con frecuencia.

El romance, puesto en boca del joven Diego del Águila nos cuenta muy bien cuanto ocurrió, aunque parece que la historia acabó aún peor: el joven enamorado –y cegado- murió en prisión.

La historia no nos dice el nombre de la chica y si ésta se quedó compuesta y sin novio. ¡Pobre! Posiblemente sí. Creo que su espíritu aún vaga sollozante por Santa María. Junto a las ruinas del viejo convento he visto abrirse flores de dondiego en el atardecer de un día de verano; pensé que bien podían ser la encarnación del joven enamorado del mismo nombre sobre el suelo que había pisado su amada. Juraría que en aquella ocasión oí los lamentos de ella. Aunque no la ví traté de consolarla con palabras de amor y de esperanza. No sé si lo logré porque volví días después y los dondiegos estaban mustios y sobre las ruinas dominaba el silencio.

Quien vaya por Santa María y oiga el ruido que el viento hace sobre los robles que escuche con atención. Si así lo hace puede que oiga un llanto femenino; tal vez sea el de la joven dueña enamorada. Que intente mitigarlo con amor. No se puede dejar llorando a ninguna mujer y menos aún si ésta es una joven hermosa.

El romance puede verse en SALAZAR Y ACHA, Mª.Paz: Señoríos y despoblados en el Rebollar. Julio 2003, en www.ciudadrodrigo.net/cultura/ libros/ señoríosrebollar.htm.