140. Regresar al corazón

El corazón de la vida se expande y se contrae. Las expansiones indefinidas no son posibles, pues la misma vida se renueva en la muerte, y el devenir evolutivo hace que todos los caminos conduzcan de nuevo a nosotros mismos. En todo caso, más tarde o más temprano, regresamos sobre nuestros propios pasos

Regresar al corazón
Regresar al corazón

Hemos ido por la vida sin darnos cuenta que nos alejábamos peligrosamente de nosotros mismos. Esta crisis en una gran oportunidad de regresar a lo que es verdaderamente esencial: nuestra propia humanidad.

En nuestros días el crecimiento artificial, marcado por la invasión de la competitividad y las guerras promovidas por los grandes, se congela de nuevo, como diciéndonos que la contracción es solo aquello que precede a la expansión. En las crisis despertamos, de las emergencias, es decir emergemos.

Y ¿Qué tal si no nos resistimos a contraernos? Tal vez así la crisis podría convertirse en una preciosa oportunidad de regresar a nosotros mismos, de darnos cuenta de la belleza que llevamos dentro de nosotros. Estamos a tiempo para concebirnos de nuevo. Para reinventarnos. En esta contracción puede que suceda lo que de veras vale que  suceda: una expansión interior, un encender el corazón, para que la tierra sea hogar y hoguera.

Si después de cada expansión el corazón no se pudiera  contraer, no sería posible nuestra vida. Si en la matriz del caos, no se gestara un nuevo orden la evolución no sería posible. Sin un camino de retorno la vida pierde su sentido. Escuchemos la voz de la necesidad, para reconocer que no hay cosecha sin semilla.

Perdimos el contacto con lo esencial cuando confundimos el ser con el tener, vivir y consumir, existir y cosechar sin sembrar. Perdimos la conciencia de lo que somos cuando convertimos la existencia en un crecer en cantidad y no en calidad.

Perdimos nuestro rumbo cuando nuestro intelecto se alejó de nuestro corazón y, así, sin corazón, nuestro crecimiento fue tan externo como peligroso. La macroeconomía iba muy bien, claro está la apariencia era fantástica, pero sin un soporte interior, y como un castillo de naipes, una tras otro fueron cayendo las aparentemente invulnerables fortalezas. Porque no tenían corazón.

El corazón de la vida se expande y se contrae. Las expansiones indefinidas no son posibles, pues la misma vida se renueva en la muerte, y el devenir evolutivo hace que todos los caminos conduzcan de nuevo a nosotros mismos. En todo caso, más tarde o más temprano, regresamos sobre nuestros propios pasos.

Cada paso es una huella, un surco en la tierra de la vida, en la que sembraremos nuestras semillas, que son nuestras acciones. Y un día regresamos, para constatar que la calidad de la cosecha es el resultado de la siembra. Y ¿Qué hemos sembrado? La confusa idea de tener para ser. La retorcida idea de que la apariencia es la esencia. Hemos sembrado la semilla de la competencia y nos hemos perdido la cosecha humana del compartir. Hemos sembrado la semilla de la posesividad y hemos perdido la cosecha de la fraternidad. Hemos sembrado la esperanza de los valores en bolsa y hemos perdido las acciones de nuestra propia humanidad. Invertimos en seguros de vida que solo nos podían asegurar la muerte.

Lo esencial, esa siembra verdadera, que determina la calidad de nuestra cosecha, es lo que de verdad damos de corazón. En ella nos jugamos nuestro futuro, nuestra felicidad.

Hemos de cultivar la tierra de nuestras religiones, para que todas sean religiones del amor y que el amor sea nuestra religión.

    Y el amor procede del corazón, no del cerebro.

    Hasta otro día amigos.

    Un abrazo

    Agustín

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