152. Transformación

Uno asume que no hay luz y oscuridad, hay Luz y ausencia de Luz. La dualidad mental se trasciende y el ser se identificará como un océano de Conciencia e Infinitud. Y en su momento nos daremos cuenta que somos uno con el Uno. Gandhi decía: Dios no tiene religión

La mente humana, conforme ha ido expandiéndose a lo largo de la evolución, ha ido proyectando una imagen distinta de Dios. Una imagen que ha cambiado en su forma y atributos, en la misma medida que cambiaba la mente humana que la imaginaba y la sentía. Durante milenios, la idea de Dios ha tratado de configurar un Principio de Orden Superior que, al parecer, los seres humanos de cualquier tiempo y cultura, siempre reverenciaron y consideraron como existente.

En un principio se vio a Dios en el trueno y el relámpago, en el volcán y el terremoto. Se trataba de un Dios temible, tan insospechado como brutal. Un ente implacable al que se le ofrecía tributos y sacrificios para aplacarlo. Pasó el tiempo y ese Dios fue quedándose pequeño, la mente del hombre se abrió, y el ser humano proyectó se idea de lo supremo en un Dios más universal: el Sol. Una divinidad radiante a la que saludaría todas las mañanas y despediría por las noches, pidiéndole luz, calor y vida. 

El tiempo fue pasando, y la mente del hombre siguió abriéndose, con lo que el viejo Dios solar volvió a quedarse pequeño. De pronto el ser humano dio un nuevo salto y proyecto un Dios bajo la imagen, de forma y valores a su medida pero sublimados. Un Dios que galopa en su caballo dorado, y se aparece en sueños a los visionarios, señalando caminos y guiando a los pueblos. Una nueva apertura acontece en la mente de la humanidad.

En plena madurez de la era patriarcal, el ser humano proyecta un Dios-Padre, que habita en los cielos, que te ve sin ser visto, y que tiene el poder de premiar o castigar, como un super-padre o supra-rey. Un nuevo Dios que a la imagen de cualquier monarca de la época pide adoración a su nombre, marca las reglas del juego y nombra a súbditos como intermediarios de su acción, tan benévolo como justo, tan castigador como misericordioso.

Pero el tiempo pasa, y una nueva apertura acontece en la mente humana. El Dios trascendente que está en los cielos alejados, poco a poco se convierte en un Dios inmanente que entra en el corazón del hombre. Un Dios que ya no necesita de intermediarios sacerdotales. Su ley es silenciosa e intima, personal e individualizada. Ya no hay códigos, cada ser humano tiene su relación particular con El. Y si en tiempos pasados la oración era la manera de llegar a Él, ahora es la meditación y el recogimiento, la acción noble y la intuición. En este contexto, la mente del ser humano sigue abriéndose. El Profundo comienza a emerger. La nueva proyección de lo divino es el sí mismo. 

Dios deja de ser un ente personal, y se convierte en un estado de conciencia, al que uno se dirige paso a paso, a lo largo de la evolución.

La conciencia Testigo, el darse cuenta, la observación neutra y desapegada que relativiza todo lo pensable, la visión sin expectativas que no favorece puntos de vista particulares. Un vacio ecuánime, la esencia de todo. Uno ya no está en el universo, es el universo el que está dentro. Tras un largo proceso de diferenciación, todo parece integrarse en una especie de unidad supra consciente.

Uno asume que no hay luz y oscuridad, hay Luz y ausencia de Luz. La dualidad mental se trasciende y el ser se identificará como un océano de Conciencia e Infinitud. Y en su momento nos daremos cuenta que somos uno con el Uno.

Gandhi decía: Dios no tiene religión.

Hasta otro día amigos

Un abrazo

Agustín

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