171. Resolver los conflictos

¿Llegará el día en que los seres humanos asumirán la inteligencia del corazón y espiritual, cuya base biológica ya identificaron los nuevos neurólogos, que complementa la razón intelectual, que divide y atomiza?

La mejor victoria es la de todos
La mejor victoria es la de todos

Siempre ha habido en la humanidad, especialmente bajo el patriarcado, conflictos de todo orden. La forma predominante de resolverlos ha sido y es la utilización de la violencia, para doblegar al otro y encuadrarlo en un determinado orden. Ese es el peor de los caminos, pues deja en los vencidos un rastro de amargura, de humillación y de deseo de venganza. Y así se perpetúa la espiral de la violencia que hoy adquiere especialmente la forma de terrorismo, expresión de la venganza de los humillados. ¿Será esta la única forma de resolver sus contiendas los seres humanos?

Hubo alguien que se consideraba “un loco de Dios”, Francisco de Asís. El anterior modo de resolver los conflictos era el de gana-pierde. Este último, el gana-gana, vacía las bases para el espíritu belicoso. Tomemos ejemplos de la práctica de Francisco de Asís. Su saludo usual era desear a todos: “paz y bien.

Consideremos la estrategia de Francisco frente a la violencia. Todos conocemos la famosa historia de Francisco de Asís y su estrategia de renunciar a la violencia.

Esta estrategia de renuncia a la violencia aparece claramente en la leyenda del lobo de Gubbio que atacaba a la población de la pequeña ciudad. Por un lado el “lobo grandísimo, terrible y feroz” y por el otro, el pueblo, lleno de miedo y armado. Se enfrentan dos partes cuya única relación es la violencia y la destrucción mutua. La estrategia de Francisco no es buscar una tregua o un equilibro de fuerzas regidas por el miedo. No toma partido por una parte ni por la otra, en un falso fariseísmo: “malo es el otro, no yo, por eso debe ser destruido”. ¿Nadie se pregunta si dentro de cada uno no puede esconderse un lobo malo y al mismo tiempo un buen ciudadano?

El camino de Francisco es esa unión de los opuestos y aproximar a ambos para que puedan hacer un pacto de paz. Va al lobo y le dice: “hermano lobo, eres un homicida pésimo y mereces la horca, pero reconozco también que es por hambre que haces tanto mal. Vamos a hacer un pacto: la población va a alimentarte y tú dejarás de amenazarlos”. Luego se dirige a la población y les dice: “aseguren alimento suficiente al lobo y así se librarán del lobo malo”.

Dice la leyenda que la pequeña ciudad cambió de hábitos, decidió alimentar al lobo y este se paseaba entre todos, como si fuese un manso ciudadano.

El hecho es que la paz conseguida no fue la victoria de uno de las partes, sino la superación de los lados y de los partidos. Cada uno cedió, se verificó el gana-gana e irrumpió la paz que no existe en sí, sino que es fruto de una construcción colectiva entre los ciudadanos y el lobo.

Conclusión: Francisco no estimuló las contradicciones ni removió la dimensión sombría donde se cuecen los odios. Confió en la capacidad humanizadora de la bondad, del diálogo y de la mutua confianza. No fue un ingenuo.  Intuía que más allá de la amargura, existe en el fondo de cada criatura una bondad ignorada a ser rescatada. Y lo fue.

¿Llegará el día en que los seres humanos asumirán la inteligencia del corazón y espiritual, cuya base biológica ya identificaron los nuevos neurólogos, que complementa la razón intelectual, que divide y atomiza?

 Entonces habremos inaugurado el reino de la paz y de la concordia. El lobo seguirá siendo lobo pero no amenazará a nadie.

¿Seremos capaces de conseguir esto entre los seres humanos y acabar con las guerras?

Hasta otro día amigos.

Un abrazo.

Agustín.

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