178. Tiempo

Hay muchas formas de tiempo, pero tenemos que liberarnos del tipo de tiempo dominante de los relojes. Todos somos un poco presos de este tipo de tiempo mecánico

El tiempo, un artículo de Agustín Rivas para Sierra de Gata Digital
El tiempo, un artículo de Agustín Rivas para Sierra de Gata Digital

Hace tiempo leí algo que me llamó mucho la atención, decía: hay “un tiempo de nacer y un tiempo de morir; tiempo de arrancar y tiempo de plantar, tiempo de reír y tiempo de llorar, tiempo de amar y tiempo de odiar, tiempo de guerra y tiempo de paz” 

Hay muchas formas de tiempo, pero tenemos que liberarnos del tipo de tiempo dominante de los relojes. Todos somos un poco presos de este tipo de tiempo mecánico.

Hoy casi  nadie anda sin algún tipo de reloj mecánico que mide el tiempo a partir de las rotaciones de la Tierra alrededor del Sol. Pero esa visión mecánica del tiempo del reloj ha estrechado nuestra percepción de los muchos tiempos que existen. Los cosmólogos modernos nos han despertado a los distintos tiempos. Todo en el proceso de la evolución posee su tempo. Si no se respeta ese tempo, todo cambia y ni nosotros mismos estaríamos aquí para hablar del tiempo.

Así, por ejemplo, inmediatamente después de la primera singularidad, el big bang, la explosión inmensa aunque silenciosa pues todavía no había espacio para acoger el sonido, ocurrió la primera expresión del tiempo. Si la fuerza gravitacional, la que hace expandir y al mismo tiempo sujeta las energías y las partículas originarias, hubiese sido durante millonésimas de segundo más fuerte de lo fue, habría retraído todo hacia sí causando explosiones sobre explosiones y el universo habría sido imposible. Si hubiese sido, durante millonésimas de segundo, un poco más débil, los gases iniciales se habrían expandido de tal forma que no se habría producido su condensación y no habrían surgido las estrellas, ni todos los elementos que forman el universo, no existiría el Sol, ni la Tierra ni nuestra existencia humana.

Pero existió el tiempo y el ritmo necesario para el equilibrio entre la expansión y la contención que acabó abriendo un tiempo para todo lo que vino posteriormente. Hubo un tiempo exacto en el que se formaron las grandes estrellas rojas, dentro de las cuales se forjaron los ladrillitos que componen a todos los seres. Si ese tiempo exacto hubiera sido desperdiciado, nada más habría sucedido.

Hubo un tiempo exactísimo, un momento dado en el que debían surgir las galaxias. Si hubiese faltado aquel tiempo, no habrían surgido los cien mil millones de galaxias, los miles y miles de millones de estrellas, y luego los planetas como la Tierra. En un exactísimo momento de alta complejidad de su evolución, irrumpió la vida. Perdido ese tiempo, la vida no estaría aquí irradiando. Todo apuntaba hacia la irrupción de la vida más adelante.

 A veces, cuanto más examino el universo y estudio los detalles de su composición y funcionamiento, más evidencia encuentro de que en el universo, de alguna forma, todo estaba pensado, con un orden intrínseco y un ritmo determinado.

Generalmente vivimos los tiempos de las cuatro estaciones a través de las trasformaciones que ocurren en la naturaleza. En nuestra infancia, los tiempos estaban bien definidos: en otoño, tiempo de las uvas, de los higos y los melones, en primavera tiempo de plantar, y en verano de su cosecha.

Estos y otros tiempos conferían distintos sentidos a la vida. Había la espera del tiempo, su vivencia y su recuerdo.

Todo en el universo tiene su tiempo que se concreta en dos movimientos que se dan también en nosotros: nuestros pulmones y nuestros corazones se expanden y se contraen. Lo mismo hace el universo mediante la gravedad: al mismo tiempo que se dilata se sujeta, manteniendo un equilibrio sutil que hace que todo funcione armoniosamente. Cuando pierde ese equilibrio es señal de que prepara un salto hacia delante y hacia arriba en dirección a un nuevo orden que también se expande y se contrae.

Cada uno de nosotros tiene su tiempo biológico, determinado no por el reloj mecánico, sino por el equilibrio de nuestras energías. Cuando llegan a su clímax, que puede ser a los 10, 15, 50, 90 años, se cierra nuestro ciclo y entramos en el silencio del misterio. Como dice Leonardo Boff: es ahí donde habita Dios que nos espera con los brazos abiertos, como un Padre - Madre lleno de amor, en nuestro retorno al hogar, como el hijo pródigo.

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