181. Pensar y sentir

Es preciso considerar lo sensible y lo cordial como partes importantes en el conocimiento. Permiten captar valores y sentidos presentes en la profundidad del sentido común. La mente es siempre unificada y, por lo tanto, impregnada de sensibilidad, del corazón, y no sólo cerebrizada, de la razón

Sentirse querido
Sentirse querido

Para Jung, alumno, seguidor y a la vez desidente de Freud, la psicología no tenía fronteras entre cosmos y vida, entre biología y espíritu, entre cuerpo y mente, entre consciente e inconsciente, entre individual y colectivo. La psicología tiene que ver con la vida en su totalidad, en su dimensión racional e irracional, simbólica y virtual, individual y social, terrenal y cósmica y en sus aspectos sombríos y luminosos. Por eso le interesaba todo: los fenómenos esotéricos, la alquimia, la parapsicología, el espiritismo, los platillos volantes, la filosofía, la teología, la mística occidental y oriental, los pueblos originarios y las teorías científicas más avanzadas

Suyo fue el mérito de haber valorizado e intentado descifrar el mensaje escondido en los mitos. Estos constituyen el lenguaje del inconsciente colectivo.  Nos posee a nosotros más de lo que nosotros lo poseemos a él. Cada uno es más pensado de lo que propiamente piensa. El órgano que capta el significado de los mitos, de los símbolos y de los grandes sueños es la razón sensible o la razón cordial, del corazón. Ésta ha sido colocada bajo sospecha en la modernidad pues podría oscurecer la objetividad y dominio del pensamiento racional. 

Es conocido el diálogo que  mantuvo Jung con un indígena de Nuevo México. Este indígena pensaba que los blancos estaban locos. Jung le preguntó por qué los blancos estarían locos. A lo que el indígena respondió: “Ellos dicen que piensan con la cabeza”. “Claro que piensan con la cabeza”, replico Jung, “¿cómo piensan ustedes?”, preguntó. Y el indígena, sorprendido, respondió: “Nosotros pensamos aquí” y se señaló el corazón.

Este hecho transformó el pensamiento  y de alguna manera la vida de Jung. Entendió que los europeos habían conquistado el mundo con la cabeza pero habían perdido la capacidad de pensar y sentir con el corazón y de vivir a través del alma.

Lógicamente no se trata de abdicar de la razón –lo que sería una pérdida para todos– sino de rechazar el monopolio de su capacidad de comprender. Es preciso considerar lo sensible y lo cordial como partes importantes en el conocimiento. Permiten captar valores y sentidos presentes en la profundidad del sentido común. La mente es siempre unificada y, por lo tanto, impregnada de sensibilidad, del corazón, y no sólo cerebrizada, de la razón.

El drama del ser humano actual es haber perdido la capacidad de vivir un sentimiento de pertenencia.

 Lo que se opone a la religión no es el ateísmo o la negación de la divinidad. Lo que se opone es la incapacidad de ligarse y religarse, volverse a unir,  con todas las cosas. Hoy las personas están desenraizadas, desconectadas de la Tierra y del ánima, que es la expresión de la sensibilidad y de la espiritualidad.

Si no rescatamos hoy la razón sensible, que es una dimensión esencial del alma, difícilmente nos movilizaremos para respetar la existencia de todos los seres, amar a la Madre Tierra con todos sus ecosistemas y para vivir la compasión con los que sufren en la naturaleza y en la humanidad.

Hasta otro día, amigos

Agustín.

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