El espíritu que nos une

Lo que realmente cuenta para las personas no son tanto las cosas que les pasan sino lo que ellas significan para su vida y qué tipo de experiencias que marcan, les proporcionaron

El ser humano no posee solamente materia, que es su expresión corporal. Ni solo mente, que es su universo psíquico interior. Está dotado también de algo más profundo, que es su dimensión espiritual.

El espíritu no es una parte del ser humano al lado de otras. Es el ser humano entero, que por su conciencia se descubre perteneciendo a un Todo y como porción integrante de él. Por el espíritu tenemos la capacidad de ir más allá de las meras apariencias, de lo que vemos, escuchamos, pensamos y amamos. Podemos aprehender el otro lado de las cosas, su profundidad. Ellas recuerdan, apuntan y remiten a otra dimensión, que llamamos espiritualidad.

Es propio del ser humano, portador de espíritu, percibir valores y significados y no solo enumerar hechos y acciones. En efecto, lo que realmente cuenta para las personas no son tanto las cosas que les pasan sino lo que ellas significan para su vida y qué tipo de experiencias que marcan, les proporcionaron.

Por eso llenamos nuestros hogares con fotos y objetos amados de nuestros padres, abuelos, familiares y amigos; de todos aquellos que entran en nuestras vidas y que tienen significado para nosotros. Estas cosas no son sólo objetos; son símbolos que hablan a nuestra profundidad, nos recuerdan a personas amadas o acontecimientos significativos para nuestras vidas.

El espíritu nos permite hacer una experiencia de no dualidad, muy bien descrita por el zen budismo. «Tú eres el mundo, eres el todo» dicen los Upanishad de la India. O « tú eres todo», como dicen muchos yoguis. «El Reino de Dios, está dentro de vosotros», proclamó Jesús. Estas afirmaciones nos remiten a una experiencia viva más que a una simple doctrina.

La experiencia de base es que estamos ligados y religados (la raíz de la palabra ‘religión’) unos a otros y todos a la Fuente Originaria. Un hilo de energía, de vida y de sentido pasa por todos los seres volviéndolos hacia el orden, en vez de hacia el caos.  Blas Pascal, que además de  matemático era místico, dijo incisivamente: «El corazón es el que siente a Dios, no la razón». Este tipo de experiencia transfigura todo. 

Las religiones viven de esta experiencia espiritual pero son posteriores a ella. La articulan en doctrinas, ritos, celebraciones y caminos éticos y espirituales. Su función primordial es crear y ofrecer las condiciones necesarias para permitir a todas las personas y comunidades sumergirse en la realidad divina y alcanzar una experiencia personal del Espíritu Creador. Lamentablemente muchas de ellas han enfermado de fundamentalismo y dogmatismos, que dificultan una experiencia realmente espiritual.

Esta experiencia, precisamente por ser experiencia y no doctrina, irradia serenidad y profunda paz. La misma muerte no nos da miedo, la asumimos como parte de la vida y como el gran momento alquímico de transformación que nos permite estar verdaderamente en el Todo. Necesitamos pasar por la muerte para vivir más y mejor. Necesitamos morir para experimentar y comprender, que y quien somos realmente.

Hasta otro día.

Un abrazo. 

Agustín.

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