La verdad

El creyente fervoroso de alguna religión cree estar en posesión de la verdad. Y ello no es solo válido para el hombre cristiano, sino igualmente aplicable a los miembros de otras muchas comunidades religiosas, grandes o pequeñas

Ver. oir y callar
Ver. oir y callar

Con respecto a algunos aspectos históricos, religiosos, arqueológicos, tal vez aquí convenga decir algunas palabras sencillas respecto de “la verdad”.

El creyente fervoroso de alguna religión cree estar en posesión de la verdad. Y ello no es solo válido para el hombre cristiano, sino igualmente aplicable a los miembros de otras muchas comunidades religiosas, grandes o pequeñas.

Teósofos, teólogos y filósofos han reflexionado sobre sus doctrinas, sobre sus maestros y las enseñanzas impartidas, todos creen haber encontrado “la verdad”, están convencidos de ello. Naturalmente, cada religión tiene su historia. Sus correspondientes promesas divinas, sus armónicas avenencias con un dios, cuyos profetas y cuya sabia doctrina dictamina que los razonamientos sobre la verdad, parten siempre desde el centro de su propia religión. Así resulta una raciocinación parcial con la cual se nos habitúa a pensar y creer desde la niñez; siempre vivieron y viven generaciones con el convencimiento de que poseen la “verdad”.

Yo, algo más mesurado, opino que es imposible poseer la “verdad”. A lo sumo se puede creer en ella. Quien busque la Verdad no puede ni debe hacerlo tan solo bajo los designios y en el terreno de su propia religión. ¿Acaso no sería eso un padrinazgo desleal para una causa de tal magnitud? ¿Cuál es, en definitiva, el objeto y el fin de la vida? ¿Buscar la verdad o creer en ella?

Aunque la tierra mesopotámica aporta pruebas arqueológicas sobre ciertos hechos del Antiguo Testamento, no cabe afirmar todavía que esos hechos demostrables determinen sin lugar a duda, la verdad de una u otra religión. Aquí y allá se desentierran ciudades, aldeas, cisternas o escrituras primitivas, pero esos hallazgos solo vienen a demostrar que la historia del pueblo a que se refieren es auténtica. Con ello no se prueba que el dios de ese pueblo haya sido el dios único. (Y no un astronauta).

Hoy en día, las excavaciones realizadas en todo el mundo respaldan la exposición de los hechos. Sin embargo, a un cristiano, por ejemplo, no se le ocurriría identificar al dios de la cultura preincaica con el Dios auténtico dejándose llevar por las excavaciones realizadas en Perú. Quiero decir, sencillamente, que todo se reduce al mito o a la historia real de un pueblo, nada más. Pero también es, ya de por sí, mucho.

Así pues, quien busque la verdad no debe rechazar ciertos aspectos raros e insólitos, todavía no demostrados, simplemente porque no se adaptan a su esquema mental, o dogmático. Puesto que hace 200 años aún no se habían planteado ni planeado viajes espaciales, nuestros padres y abuelos carecieron de motivos fundados para plantearse si ciertos dioses de la antigüedad pudieran ser visitantes extraterrestres. Consideremos la horrible probabilidad de un desastre mundial, a cuenta de una guerra nuclear. Digo yo, que un superviviente dentro de 5.000 o 6.000 años, que descubriera la Estatua de la Libertad se preguntaría o incluso afirmaría: “es una divinidad desconocida; probablemente una diosa de fuego (por la antorcha) o una diosa del sol (por los rayos que parecen surgir de su cabeza)”. Si aún prevaleciera el actual sistema mental arqueológico, nadie se pronunciaría en el sentido más simple, que a la vez es el real, es decir, una representación alegórica de la libertad.

Ya no es posible seguir bloqueando, con dogmas y actuaciones poco racionales el camino hacia la historia o incluso hacia la verdad.

¿Debemos seguir cerrando los ojos y tapando los oídos porque algunas ideas parezcan heterodoxas, poco razonadas o aún no demostradas? ¿Podemos permitirnos todavía esas dudas, por no cambiar nuestros posicionamientos?

Hace 100 años la llegada a la luna era una idea absolutamente fuera de toda lógica y razón.

Hasta otro día amigos.

Un abrazo

Agustín