El tesoro de los Incas

Una de las más antiguas y desconcertantes leyendas de Cuzco, es la que se refiere a una extensa red de túneles, construidos en tiempos de los Incas, o incluso antes de estos, que recorren todo el subsuelo peruano, pudiendo llegar incluso a Ecuador y Brasil

El tesoro de los incas
El tesoro de los incas

Una de las más antiguas y desconcertantes leyendas de Cuzco, es la que se refiere a una extensa red de túneles, construidos en tiempos de los Incas, o incluso antes de estos, que recorren todo el subsuelo peruano, pudiendo llegar incluso a Ecuador y Brasil.

Las mismas leyendas apuntan que fue a través de estos túneles, como los incas burlaron a los conquistadores españoles, haciendo desaparecer en ellos gran parte de las riquezas de oro de su imperio.

Estos relatos transmitidos oralmente desde la época de Pizarro, señalan inequívocamente a un lugar como el punto de partida de esta sistema de túneles: El Templo del Sol ó Coricancha, cuyos restos aún se conservan en el centro de Cuzco y sobre los que se levantó posteriormente el convento cristiano de Santo Domingo.

Del antiguo esplendor de Coricancha, nos hablan aún hoy, los perfectos muros de sus templos, dedicados según los arqueólogos “oficiales”, a los elementos de la naturaleza y están milimétricamente diseñados para resistir cualquier temblor de tierra. Para ello estos recintos sagrados, se encuentran asentados sobre gruesos  y macizos bloques de piedra que descansan sobre una fina cama de arena de playa, que los desliza al compás de los movimientos sísmicos, impidiéndoles su caída. Aún hoy los visitantes se preguntan, por la técnica que utilizaran siglos atrás, al igual que los conquistadores españoles se lo cuestionaron, para cortar, transportar, encajar y moldear, con precisión milimétrica, piedras de un material muy duro y con un tamaño y peso tan extraordinario.

Pero lo más sorprendente es que los muros del Templo del Sol, como refirió Garcilaso de la Vega a finales del siglo XVI, “las cuatro paredes del templo, estaban cubiertas de arriba abajo con planchas y tablones de oro”. Y “ lo que llamamos testero, del altar mayor, tenían puesta la figura del sol, hecha de una plancha de oro, del doble de grueso que las que recubrían las paredes. La figura estaba hecha con su rostro redondo, y con sus rayos y llamas de fuego todo en una pieza. Era tan grande que tomaba todo el testero de pared a pared”.

Este templo y su jardín lleno de estatuas de animales, de personas, plantas de oro macizo, sillones y esculturas de los doce reyes incas, todo del mismo metal llevo a los conquistadores españoles a pensar que estaban en el centro del Tahuantinsuyu o Imperio Inca.

En enero de  1533, la conquista española de Perú llega a su momento más dramático. El rey inca Atahualpa, prisionero de Pizarro, promete pagar por su libertad una cuantiosa cantidad de riquezas, que se cifran en “ochenta y ocho metros cúbicos de oro y otras riquezas”. Para ganar tiempo y conseguir el oro Atahualpa permite a tres españoles, Martín Bueno, Pedro Martín y Zárate, que entren en la coriacancha, y tomen del recinto sagrado el importe del rescate. Estos españoles fueron los últimos en ver el recinto en todo su esplendor.

A pesar de la fortuna así recaudada, Pizarro no se sintió satisfecho y ordenó la ejecución del gran inca, para el atardecer del 24 de junio de 1533. Pizarro no escogió al azar esta fecha, pues supo que los incas celebraban la fiesta del Inti Raymi o “nacimiento del sol”. Así pues ajusticiando al Rey Inca, al Hijo del sol, el asunto se revestía de un mayor dramatismo.

Pero sigamos con el mito. Tras ajusticiar a Atahualpa, Pizarro regresa a Cuzco, para seguir con el expolio de las enormes riquezas. Sin embargo las piezas más ansiadas terminaron en un lugar incierto y no conocido con toda certeza. En 1533 otro cronista, Cristóbal de Molina, escribía respecto del disco solar: “este sol escondieron los indios de tal manera que hasta hoy no ha podido ser encontrado”.

Fue entonces cuando empezó a especularse, con la idea de que las piezas más valiosas y sagradas del oro de los incas en salas subterráneas a las que se accedía a través de largos túneles secretos.

A crear la leyenda contribuyó en gran medida, el relato del cronista Felipe de Pomares a principios del siglo XVII, que relató como el príncipe inca Carlos Inca, descendiente directo de Huayna Cápac al confesar a su esposa, la española, María de Esquivel, que pese a la pobreza a la que los conquistadores habían sometido al pueblo inca el era más rico que todos los invasores de ultramar juntos y que custodiaba el más valioso tesoro de la tierra. Incrédula María consiente en que le venden los ojos y la lleven hasta el tesoro desde su palacio de Colcampata. Allí en unos subterráneos, a la luz de un farolillo contempla extasiada las estatuas doradas de todos los emperadores incas, del tamaño de un niño de doce años, así como vasijas de oro y plata, cántaros morteros, ollas, escudillas, etc.

De regreso, no tardó María de Esquivel en denunciar a su marido, ante las autoridades. Pero cuando quisieron ir detenerle, Carlos Inca había desaparecido, huyendo hacia el último reducto secreto de sus antepasados en las montañas: Wilcapampa.

Aquí nace ¿un mito? que llega hasta nuestros días.

Hasta otro día amigos.

Un abrazo,

Agustín.