ACEBO. Capital del encaje de bolillos (XII)

El jornal diario que cobraban las mujeres acebanas, a principios del siglo XX, por trabajar en los talleres de encajes de bolillos, era de cincuenta céntimos de peseta a una peseta, según la calidad del producto y la dificultad del dibujo. A las mujeres más especializadas y hábiles en el manejo de los bolillos, se les permitía ir a destajo, poniéndoles una tarea. Se les pagaba por piezas, según las ondas que tuviera el dibujo, o por varas, consiguiendo con ello de una a tres pesetas

A principios del siglo XX, las mujeres que trabajan en los talleres creados en Acebo para la fabricación de encajes de bolillos, deben acudir al puesto de trabajo tan sólo provistas de tijeras. El dueño o la dueña del taller les proporciona la almohadilla, los bolillos, las alfileres y las sillas. Se conseguía así, que no saliese de las instalaciones el preciado picado, que servía de patrón y guía al encaje, asegurándose así que este no fuese copiado

Para las encajeras acebanas suponía una especie de contrato que les aseguraba un trabajo, por primera vez, organizado, aunque no estuviese recogido como oficio en los censos ni en los interrogatorios catastrales. Si mereció una pequeña mención en el diccionario de Pascual Madoz (1850): “las mujeres (en Acebo) suelen dedicarse a hacer encajes que llevan a Castilla”, y en el diccionario editado en 1956: “existen (en Acebo) varias canteras de piedra para la edificación y la industria típica de los encajes, a la que se dedican, con carácter artesano, muchas mujeres”.

El horario de la jornada laboral, de estas mujeres de 1915, definía perfectamente que se trataba de un trabajo por cuenta ajena. Entraban al taller a los ocho de la mañana y salían al anochecer, cuando la poca luz no deja ver la telaraña del encaje. Recordemos que hacía poco tiempo que funcionaba la hidroeléctrica de la Cervigona. Eso si, tenían una paradina para comer, sobre las doce, y otra para merendar. Para todo este esfuerzo el jornal diario era de cincuenta céntimos de peseta a una peseta, según la calidad del producto y la dificultad del dibujo.

A las mujeres más especializadas y hábiles en el manejo de los bolillos, se les permitía ir a destajo, poniéndoles una tarea, pagándoles por piezas, por las ondas que tuviera el dibujo o por varas, consiguiendo con ello de una a tres pesetas.

También trabajan por libres en sus domicilios las mujeres aquellas que sólo pueden dedicar a la elaboración del encaje el tiempo que les queda entre las tareas domésticas y las tareas agrícolas, aportando estas todo el material necesario. Era propio de la mujer acebana apañar la aceituna del suelo, para la producción del aceite, mientras el hombre se dedicaba al vareo y trasporte al molino. También la mujer trabajaba en la vendimia, en la huerta y al cuidado de algunos animales como gallinas y cerdos, así como en la preparación de mermelada, frejones, millo, pebas, aceitunas sajerrás y productos secos como higos pasos y otros.

Es Acebo, con una población de 2.200 habitantes, el primer pueblo extremeño donde se elaboraron encajes de bolillos. Esta antigüedad es defendida por distintos investigadores. Ya he comentado, en artículos anteriores, como la catedrática de la Universidad Complutense de Madrid, doña María de los Ángeles González Mena, afirma que la producción de los encajes del género “torchón” se centró principalmente en el pueblo de Acebo, con modelos evolucionados de creación local, presentando temas ornamentales más finos y complejos que los oriundos de Salamanca, llegando a sustituir las formas geométricas que son las más repetidas desde los tiempos antiguos. Para esta investigadora antes de la llegada de las aportaciones de los encajes gallegos, a finales del siglo XIV o principios del siglo XV, ya se hacían estrechas bandas de bolillos, con decoración sencilla, llamados “galones”, es por ello que los demás géneros de encajes foráneos prendieron fácilmente en esta localidad serragatina (1).

El corresponsal, enviado por el periódico gráfico Nuevo Mundo a la localidad acebana, tras reconocer como tradición muy antigua, la de confeccionar encajes de bolillos, asegura que:  “en los primeros tiempos no se conocían en Acebo ni las esquinas ni los Centros en los encajes, ni nada de lo que hoy se hace. Lo mejor que se hacía entonces, en tiempos no muy lejanos, era el encaje denominado de la Maja, de un centímetro de ancho; la puntilla llamada Rivera; la punta de diez bolillos; la puntilla del Sol y la conocida, con el graciosos apelativo de Ombliguito del Corregidor. Todas estas puntillas eran muy estrechas” (2).

Continúa el reportero gráfico diciendo como los comerciantes salían a vender, todas estas puntillas, a los pueblos limítrofes de la provincia de Salamanca, como el Payo, Robleda, Peñaparda y Villasrubias, todos ellos de la comarca vecina del Rebollar. Estas puntillas servían para los cuellos de las camisas de los trajes charros, típicos en Salamanca.

Y comienza a darnos nombres, saciando así parte de la curiosidad de los lectores de la zona y, en concreto, del centro encajero de Acebo. El primero –dice-, se llamaba Juan “El Patatero” y otro, que trabajó sobre el año 1885, fue Pablo “El Cabezota”, que salió más allá del Rebollar.

Se vendía, en estos primeros años del siglo XX, unos encajes que sorprendían por su blancura, su limpieza y su calidad. Estos tres cualidades se han ido manteniendo durante el tiempo, llegando las encajeras acebanas a grandes porfías, con los distribuidores de hilo, cuando las bobinas no aportaban la blancura de hilo deseada, independientemente de que, si la pieza a confeccionar lo exigía, se utilizase un hilo más moreno u otros colores.  

Sin embargo, a pesar de tanta pulcritud y esmero, a ninguno de ellos parece que, en ese momento señalado, les fue bien este intento de convertir la venta de encajes de bolillos en una industria incipiente. Más adelante cambió todo y familias enteras lo convertirían en su negocio principal.

“Los encajes de Acebo, que son, con los de Monóvar y Acehuche, de los más finos y artísticos que hasta ahora hemos visto en nuestros viajes informativos, adolecen del defecto general de falta de originalidad en los dibujos” (3).

También se  expresaría esta cualidad, más adelante, desde el periódico El Imparcial, del 23 de agosto de 1928, con la apreciación en la calidad de este producto artesanal que llegó hasta la Exposición Iberoamericana, que se celebró en Sevilla en el año de 1929. “En el aspecto industrial –dice-, es necesario facilitar mercados amplios a los admirables encajes de Acebo, de tan justa como restringida fama…”.

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1.- Para este tema ver: González Mena, Maria de los Ángeles. “El encaje cacereño”. Narria. Estudios de artes y costumbres populares. Números 23-24, dedicados a la provincia de Cáceres. Páginas 38-41. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad Autónoma de Madrid. 1981.

2.- Para más información sobre este tema ver: Nuevo Mundo. Año XXII. Número 1.103. Página 33. Madrid 27 de febrero de 1915. Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España / También en Puerto Rodríguez, Julián. “Acebo 1753. Una mirada desde Sierra de Gata”. Casa de Extremadura en Getafe. Madrid 2010.

3.- Para más información sobre este tema ver: Nuevo Mundo. Año XXII. Número 1.105. Página 36. Sábado 13 de marzo de 1915. Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España / También en Puerto Rodríguez, Julián. “Acebo 1753. Una mirada desde Sierra de Gata”. Casa de Extremadura en Getafe. Madrid 2010.

Foto 1.- Detalles del sello del “Taller de encajes y puntillas de bolillos de Ramira Puerto. Provincia de Cáceres. (Acebo)”.

Foto 2.- Del Río, fotografías. Detalle de “Grupo de lindas encajeras de El Acebo, haciendo sus labores en plena calle”. Nuevo Mundo (Madrid) del sábado 13 de marzo de 115. Año XXII. Número 1.105. Página 28. Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España.

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