ACEBO. Capital del encaje de bolillos (XIII)

Es el mes de marzo de 1915, todavía en Acebo los arroyuelos de agua bajan corriendo por el centro de las calles, luciendo las tonalidades que le da el color tinto de la maquila que se desprende de los molinos aceiteros. Por esos tiempos, tiene este pueblo ocho lagares del famoso aceite de Sierra de Gata, que se exporta a Castilla y Portugal por arrieros de ambos puntos. Es este uno de los momentos que los arrieros castellanos y portugueses aprovechan para llevar el encaje de bolillos, no sólo a sus puntos de origen, sino también cumpliendo los encargos del camino

Es posible que, a principios del siglo XX, ya estuvieran funcionando en Acebo los talleres de encaje de bolillos y puntillas de doña Ramira Puerto Moreno, don Francisco González Perisini, doña Melina (Felisa) Tellez, don Pedro Tellez Herrera, doña Anastasia Martín Corta y don Emilio Casillas Centeno.

Contaban, estos talleres, con vecinos y vecinas asentados en esta localidad, encargados de dibujar los picados que servían de guía para la elaboración del encaje. Así el escribano don Julián Puerto Moreno que daba a sus dibujos nombres de calles y flores del pueblo, la esposa y la hija del médico local, ya nombrado, don Francisco González Perisini o la esposa de don Emilio Casillas Centeno. Estas últimas aprovecharon sus estudios en dibujo para elaborar los patrones para los picados. Es un momento en que las revistas comienzan a difundir dibujos que, ellas mismas, modifican para adaptarlos a la destreza de las mujeres encajeras acebanas. Dejan a un lado los picados originales de esta localidad, en un intento de acercarse más a las demandas del mercado, pero no por ello  dejaron de confeccionar encajes típicos acebanos. Muchos de estos talleres de encajes de Acebo no tuvieron el éxito económico esperado y se vieron obligados a cerrar pero otros supusieron una apreciable fortuna para los propietarios.

Se adelantaron los emprendedores acebanos a las propuestas elaboradas por el equipo del ministro Julio Burell en el año de 1916. Se trata de lo que se consideró como una idea revolucionaria para los gobiernos de entonces, promocionada por la escritora Emilia Pardo Bazán, condesa de Pardo Bazán, a la que se unió la condesa de San Rafael. Se quería que a las mujeres de clase media, tras una formación de cuatro años, se les diese el título de institutriz.

Lo revolucionario era la pretensión de que la mujer española tuviese una profesión y con ello la independencia económica de sus padres y maridos. Nada fácil este objetivo, pues cuando se ahondaba un poco surgían las ideas, dominantes en la sociedad de principios de siglo XX. Una enseñanza diferenciada por sexos, con fines distintos para las mujeres que eran entendidas como diferentes en su condición psíquica, física y moral ya que los fines, a los que estaban destinadas en la sociedad, también eran desiguales con respecto a los hombres. Cada cual que saque las conclusiones que quiera, siempre pensando en las buenas intenciones de doña Emilia Pardo Bazán, que llevó con éxito el departamento de cultura del Ateneo de Madrid, entre tanto hombre.

Os cuento esto porque, al tiempo que el citado ministro de Instrucción Pública, aprueba la Escuela Hogar, como Escuela de Institutrices para la formación de mujeres de clase media, se crean los Talleres de Encajes para la clase pobre. Las mujeres pobres podrán, de esta manera, aprender un oficio honroso y provechoso como es el de encajeras y ganar, con ello, jornales que basten para asegurarse una vida decente y propia.

Hubo una Escuela Hogar, surgida de esta propuesta ministerial, que se ubicó en la madrileña calle de la cuesta de Santo Domingo y luego en el Paseo de la Castellana, con talleres de encajes y bordados, dando un impulso a esta industria. Al tiempo, se creó un taller de encajes en la calle Bailén de Madrid, abril de 1915, que luego pasaría a la calle Argensola, donde se organizarían exposiciones de encajes en 1917 y 1919. En un principio se conoció con el nombre de Taller de San Rafael, en honor a la condesa de San Rafael, y luego Taller Central de Encajes.

De la importancia de esta actividad encajera es el hecho de que la infanta Isabel visitó el taller de encajes de la calle Bailen, ubicado en el grupo escolar (1), siendo recibida por la presidenta, que era la marquesa de Maltrana, y por las condesas de San Rafael y Casa Torres. Las mujeres hicieron demostraciones del trabajo aprendido y la infanta hizo elogios de todos los encajes que estaban en la exposición, inaugurada el 6 de enero de 1916. Este taller también fue visitado por su majestad la reina doña Victoria Eugenia, el 19 de marzo de ese mismo año, acompañada por la duquesa de San Carlos, por la condesa de Pardo Bazán, por la condesa de San Rafael y por el ministro de Instrucción Pública, que informó que ese Centro pasaría a ser dependiente de la enseñanza oficial, como así fue (2).

Por lo que hemos visto hasta ahora, en Acebo este intento fue anterior, funcionando a la vez como taller productor de encajes de bolillos y escuelas donde las niñas aprendían a confeccionar este género con estrechas puntillitas de encajes conocidas con el nombre del Pucherito.

Pero el gran problema acebano sigue siendo la venta del producto. Los acaparadores-intermediarios venden el encaje y pagan a las mujeres artesanas en especie, lo que supone una menor ganancia por parte de estas al cargarle el precio total de venta al público.

Los encajes de Acebo, al contrario de los vistos en otras regiones españolas, no tienen mercado nacional, ni internacional, por lo que su venta queda exclusivamente en manos de los intermediarios locales y algunos pocos acaparadores forasteros que de cuando en cuando visitan el pueblo y compran todo lo fabricado, pero estos en muchas ocasiones dejan de acudir a esta localidad cacereña, generando un tremendo stock de encajes y de prendas trabajadas al efecto.

Para asegurar la venta continuada de los encajes de bolillos comenzaron a utilizar a las “sacadoras”, mujeres viajantes que comenzaron a ir de casa en casa, eligiendo los domicilios de familias más acomodadas. Comenzaron por la provincia de Cáceres y luego se extendieron a Salamanca, Valladolid y Madrid, alternando los domicilios particulares con la exposición y venta en comercios de esos pueblos, ciudades  y provincias.     Una de estas “sacadoras” a la que alude directamente el periódico gráfico Nuevo Mundo, es Damiana Casares (3).

Este sistema de venta es muy importante tenerlo en cuenta, ya que está sentando las bases de lo que en un futuro cercano se convertirá en el autentico negocio de la industria encajera acebana. Las “sacadoras” individuales serán sustituidas por familias acebanas que, instalándose en todas y cada una de las ciudades más importantes de España se convertirán en encajeras ambulantes y venderán el encaje de bolillos. Primero lo harán casa por casa y más adelante en tiendas ajenas y propias. En principio se venderá sólo encaje de bolillos de Acebo, más adelante ropa, oro, pero sobre todo artesanía textil de almagro, lagartera, canarias y china y, en Madrid, prendas de peletería. En la mayoría de los casos el peso del negocio recaerá en la mujer acebana.

Pero quienes realmente seguían comprando los encajes de bolillos acebanos en 1915 eran los intermediarios-acaparadores, que los cedían a las “sacadoras” para su venta a domicilio. El acaparador solicitaba el genero embalado, por un valor estimado de tres o cuatro mil pesetas, en un punto determinado.  Una vez recibida la mercancía se produce  una selección de encajes, devolviendo aquellos que no son aceptados para la venta posterior. De esta selección el acaparador marca un precio y sobre este la “sacadora” se lleva un tanto por ciento más los gastos habidos hasta entonces.

“Esta forma de venta no puede ser más perjudical de lo que es para las verdaderas productoras (las encajeras acebanas) –asegura el periodista del diario gráfico Nuevo Mundo-, dándose el caso de que un canasú, por el que cobraban al acaparador sólo 10 pesetas,…, fue vendido en Cáceres por una viajante en 40 pesetas. Una colcha que fue tasada por su dueña en 53 duros (265 pesetas) fue vendida, también en Cáceres, en 500 pesetas” (3).

Además todos aquellos encajes que las “sacadoras” tienen dificultad en vender al público, son devueltos a las productoras. A ello se añade la costumbre de acaparadores y vendedoras ambulantes de vender el encaje de bolillos como si estuviera fabricado en Almagro. De esta manera el encaje de Acebo acreditaba, dando una publicidad gratuita, al manchego, no promocionándose el de esta localidad y, por lo tanto, no garantizándose una  marca o “denominación de origen”.

NOTAS

1.- La Vanguardia del lunes 31 de enero de 1916. Página 8.

2.- ABC. Madrid. 26 de marzo de 1916. Página 36. La Vanguardia del lunes 20 de marzo de 1916. Página 8.

3.- Para más información sobre este tema ver: Nuevo Mundo. Año XXII. Número 1.105. Página 36. Sábado 13 de marzo de 1915. Hemeroteca de la Biblioteca Nacional de España / También en Puerto Rodríguez, Julián. “Acebo 1753. Una mirada desde Sierra de Gata”. Casa de Extremadura en Getafe. Madrid 2010.

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