Un obispo acebano en la diócesis cauriense (II)

 

 

Todos comenzamos, poco a poco, a reverdecer. ¿Os acordáis del obispo acebano don Diego Martín Rodríguez nombrado primero obispo de la apreciada ciudad de Ceuta (1779-1785) y luego de la muy noble y muy leal ciudad de Coria (1785-1789)?, pues aquí os dejo una primicia editorial: su retrato, salvado de aquel fuego al que nos condenaron los miserables y que, en parte, también cegó la nuestra redacción.

Monseñor Diego Martiín. Sacristía Acebo
Monseñor Diego Martiín. Sacristía Acebo

De las quejas de los párrocos.

A las quejas salariales del pastor conventual de cabras se unían las reclamaciones de los curas titulares de las parroquias serragatinas, ubicadas en pueblos que acogían algún convento franciscano.

Don Diego Martín Rodríguez unió su destino al de Francisco de Asís, personaje querido y admirado dentro y fuera del mundo católico desde que se decidiera por una vida pobre y humilde, sin bienes propios. Fundo el de Asís, la Orden de Frailes Menores (1209) que se dedicaría plenamente al estudio, al trabajo y a la predicación popular.

El éxito de fray Francisco fue tal que la Orden se extendió como se extienden las estrellas en noche de luna nueva, llegando hasta Extremadura y llenando la provincia de Cáceres de actividades educativas, culturales y religiosas, no sólo a través de la vida en sus conventos, iglesias, eremitorios, aulas educativas y colegios, sino también en la plática por las callejuelas y por las casas de los pueblos.

Ningún recóndito rincón debería quedar desierto de la palabra de Dios y del humilde ejemplo de la casta vida franciscana. Tal vez por eso se empeño fray Francisco de Asís, según dice CAPELO EPISCOPAL. OBISPO DIEGO MARTIėNla tradición oral popular, en fundar el primer eremitorio, en su visita a Sierra de Gata, en el hermoso enclave medieval de Robledillo de Gata (1214) dedicándolo a Nuestra Señora de los Ángeles, cuando todavía las provincias franciscanas no gozaban de santos nombres. 

Dos siglos después lo serían Santa María de Monteceli del Hoyo en Gata, San Miguel en San Martín de Trebejo. Posteriormente se unirían en la provincia de San Gabriel, San Onofre de la Lapa, también en Gata, El Águila en Descargamaría y Sancti Spíritus de Valdárrago en Robledillo de Gata. Otra provincia significada por la orden franciscana en Sierra de Gata fue la de San Miguel que absorbió los conventos de la provincia compostelana de Santiago entre los que se encontraban el de Santiago en Acebo y el del Espíritu Santo en Hoyos, como ya tenemos dicho.   

No es de extrañar que los curas titulares de las parroquias serragatinas sintieran como se resentía su poder religioso sobre los territorios en el que ejercían su pastoral y lo que es peor, su capacidad recaudatoria, lo que fue objeto de continuas demandas. Estaban los conventos de franciscanos muy bien aceptados por los vecinos y vecinas del pueblo, se lo habían ganado a pulso desde su humildad y voluntad altruista de servicio. 

Ni mucho menos era la ocupación principal de los frailes la educación de nobles, caballeros y escuderos para que, posteriormente, ocuparan los oficios de escribanos, abogados, procuradores o médicos. También atendían, sin distinción de clases, a los hombres buenos pecheros, a los labradores, a los obreros, a los peones y a sus mujeres e hijos si caían enfermos. Daban de comer y sanaban a los pobres de solemnidad y a otros que, siendo forasteros, pasaban por el lugar. 

Pues bien, esto no sentaba nada bien a los curas titulares de los pueblos, de cuya jurisdicción los frailes están exentos y cuyas ceremonias religiosas, celebradas por estos, eran independientes. Los lugareños, agradecidos con la labor pastoral y cuidados que les dispensaban los religiosos, preferían asistir a los ritos litúrgicos del Convento donde dejaban pagos y limosnas en el cepillo puesto al efecto, lo que iba en detrimento de las arcas parroquiales.

De ello queda constancia tanto en Acebo como en Villamiel y Gata, cuyos conventuales sufrieron quejas y denuncias  por parte de los curas titulares de dichas localidades. En el caso de Gata, el párroco llegó a pedir a los frailes que le diesen la cuarta parte de todo aquello que cobrasen, llegando a perder el pleito pero consiguiendo algunas concesiones de los franciscanos. En Villamiel es posible que la enemistad del cura con los frailes hicieran que estos abandonaran esa localidad para instalarse en Acebo donde se encontraron con más de lo mismo y también con un cura que les pidió parte de los beneficios. Al igual que en Gata, los franciscanos de Acebo ganaron el pleito (1616), pero hicieron cesiones a la parroquia para evitar más litigios.

De cuantos cura y frailes había en Acebo

Poco antes del obispado de monseñor Diego Martín, primera mitad del siglo XVIII, los curas oficiaban en cantidad de ocho en Acebo, entre unas ocupaciones y otras, pero los frailes, habían llegado a tener veinticuatro residentes en el Convento de Santiago de esta localidad. 

Dedicaba la parroquia serragatina del Acebo, ya a mediados del siglo XVIII, sólo cuatro clérigos para el oficio de la santa misa. Tres eran de evangelio (diáconos) y uno de cuatro grados y corona. Por su parte, la comunidad de los nuestros frailes franciscanos se componía de catorce religiosos sacerdotes: dos coristas, tres legos, tres donados, un organista de hábito y un criado para la custodia del ganado.

En ese dicho periodo, (datos de Ensenada 1753), Acebo, Gata y Villamiel tenían una población de 297; 400 y 275 vecinos, respectivamente, lo que suponía un total de 1.336; 1.800 y 1.238 habitantes y a finales de este siglo (datos de 1786) la situación demográfica es de 361; 475 y 260 vecinos, respectivamente, para una población de 1.624; 2.137 y 1.170 habitantes, en cada uno de estos tres pueblos (aplicando un cociente de 4,5).

No sabemos hasta que punto este glosario de denuncias centraba la agenda de don Diego Martín Rodríguez, pero estoy seguro que compartía con el resto de religiosos, la música que le ofrecía el fray organista en el propio convento y que, disputas aparte, también podía gozar en la iglesia parroquial de las hábiles manos del organista José de Prado, maestro de primeras letras.

Quedose el obispo acebano, con la copla hecha música. Escuchaba, cuando venía a su OBISPO ACEBANO EN LA CIUDAD DE JACA. Fray Andreės Bermuėdezlugar natal de vacaciones, aquellas melodías sacras que se perdían por las laderas de los montes históricos de Jálama, la Atalaya y el Pico de Almanzor. Su estancia como obispo de Ceuta (1779-1785), tras haber ocupado altos cargos en la orden franciscana, le mantuvo en la lejanía hasta que  su traslado como obispo de Coria (1785-1789) le devolvió a su Villa y Tierra y, con ello, la posibilidad de congraciarse con sus convecinos que le visitaban asiduamente en las casas de la Plaza del Palacio y de la Calle Pasaderas, propiedades del Conde de la Cañada.

No fue el único obispo procedente de la localidad de Acebo del que tenemos referencia. También sabemos de Fray Andrés Bermúdez, obispo que fue de la Ciudad de Jaca.

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Foto 1.- Retrato de fray Diego Martín Rodríguez, en la sacristía de la Iglesia Parroquial Nuestra Señora de los Ángeles de Acebo. Cáceres. En la base el lema: “El ilustrísimo y reverendísimo señor don fray Diego Martín. Colegial y regente que fue de este colegio. Teólogo y verdadero religioso. Lector jubilado. Ex definidor nuestro. Provincial de esta provincia de San Gabriel. Obispo digno de las ciudades primeramente de Ceuta y después de Coria”. Foto Francisco Rodríguez Estévez/Julián Puerto/Jesús Puerto.

Foto 2.- Sillón situado en el altar mayor de la parroquia de Acebo. Cáceres, del lado de la epístola con el capelo que debería haber cobijado el escudo episcopal de don Diego Martín, algo que no ocurrió. 

Foto 3.- Retrato de fray Andrés Bermúdez, en la sacristía de la Iglesia Parroquial Nuestra Señora de los Ángeles de Acebo. Cáceres. En la base el lema: “El ilustrísimo y reverendísimo señor don Fray Andrés Bermúdez. Colegial de este colegio. Teólogo ... Varón virtuoso y de bellas prendas. Lector jubilado. Ex Definidor. Vicario Provincial de .... provincia. Obispo dignísimo de la Ciudad de Jaca. Natural del lugar del Acebo”. Foto Francisco Rodríguez Estévez/Julián Puerto.

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