El Siglo XVI (I): Carlos I (1516-1556)

El que el mal llamado Carlos I de España (realmente lo era de tres coronas independientes: Castilla y Aragón –donde sí era el primer rey de ese nombre- y Navarra –donde era el IV-) fuera también soberano de Borgoña (actuales Bélgica, Holanda, Luxemburgo, parte de Francia), de la Austria de entonces (bastante más extensa que la de ahora) e incluso emperador de Alemania (Carlos V) fue –en criterio muy personal de este cronista- una desgracia para España porque gran parte de los recursos de los reinos españoles y en forma especial de los del reino de Castilla se dedicaron durante los siglos XVI y XVII a defender los intereses de la Casa de Habsburgo o de de Austria casi nunca coincidentes con los de lo que hoy llamamos España

De su reinado solamente hablaremos –como siempre- de lo que tuvo incidencia en Sierra de Gata.

 

Carlos I
Carlos I

El 19 de septiembre de 1517 desembarcaba en el puerto de Tazones del concejo asturiano de Villaviciosa el joven flamenco (de Flandes) Carlos de Habsburgo, duque de Borgoña. Estaba previsto que desembarcara en Santander, pero las tormentas dirigieron su barco al lugar antedicho.

Venía para dirigir los reinos heredados de sus abuelos maternos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón. Tenía diez y siete años. Era perfectamente analfabeto en todos los idiomas hablados en los que iban a ser sus reinos y por ello lo acompañaban personalidades de su tierra natal. La imposible comunicación de forma fluida con sus futuros súbditos hizo que desconfiara de ellos y confiara fundamentalmente con sus acompañantes flamencos.

Después de bastantes diferencias con las Cortes de los tres reinos peninsulares debido a que sus consejeros extranjeros le decían que se proclamara rey olvidando que su madre la reina doña Juana I aún vivía, logró ser reconocido como cosoberano junto a su madre.

Las cosas no hubieran pasado a mayores si no hubiera sido elegido (previo pago de su importe) emperador de Alemania. Como no tenía un ducado para costearse el viaje a este país presionó a las Cortes de Castilla. Consiguió el dinero que necesitaba forzando a los procuradores de las ciudades y a cambio de la promesa de que cuando marchara dejaría como regente de los reinos hispánicos a alguien nacido en ellos. Incumplió su promesa y las principales ciudades castellanas se sublevaron y formaron las llamadas Comunidades.

La sublevación de las ciudades castellanas contra la política de Carlos I, inicialmente extraña para los usos y costumbres de Castilla, también tuvo aquí su reflejo. “Desde Segovia saltó el fuego a...Zamora,...Toledo, Salamanca, Ávila,...y en Extremadura, Badajoz, Cáceres, Ciudad Rodrigo y Coria”. En Coria hubo sus más y sus menos. Para pacificarla vino a ella el obispo de Plasencia don Gómez de Solís hijo del que había sido primer conde de la ciudad quien murió de muerte natural mientras intentaba poner orden.

La Sierra de Gata, a pesar de que estaba rodeada de territorios afines a los comuneros (Ciudad Rodrigo y Coria) permaneció fiel al emperador. Era lógico y no podía ser de otra forma. La Orden de Alcántara, que era la que tenía más poder en la comarca, estaba regida directamente por la Corona, como las demás Ordenes militares españolas; por otra parte el prior de la Orden del Hospital de San Juan, Antonio de Zúñiga, con jurisdicción sobre la encomienda de Trevejo fue uno de los que más contribuyeron al triunfo imperial; y la alta nobleza (duque de Alba: Acebo, Hoyos, Perales; los Pacheco: villas de Valdárrago) fue fiel de principio a fin a Carlos I. En último extremo tampoco conviene olvidar que las Comunidades fueron un fenómeno esencialmente urbano, y la Sierra era y es eminentemente rural.

Se dice que Carlos I concedió como premio a las localidades que le habían permanecido fieles el derecho a usar en sus escudos las armas imperiales. Ese puede ser el origen de los escudos de Carlos V que aún pueden verse en San Martín de Trevejo, Villamiel y Gata aunque el de esta villa por tener el águila imperial mirando hacia la izquierda nos hace dudar. (El que el águila mire a la izquierda quiere decir que es de un hijo bastardo o natural, acaso don Juan de Austria, ya que en los escudos de los hijos legítimos mira a la derecha).

También se ha dicho que a consecuencia de esa guerra el castillo de Salvaleón y otros de la comarca fueron derribados por orden del emperador ya que servían de refugio a los comuneros dispersos tras su derrota en Villalar. No creemos que sucediera así. Salvaleón, al menos, fue derribado como consecuencia de los acuerdos del tratado de Alcáçovas, al que ya nos hemos referido.

Acabadas las Comunidades de Castilla el resto del reinado de Carlos I transcurrió con normalidad y sin más problemas ni sucesos dignos de mención que los derivados del paso del tiempo. Vamos a ver algunos

Como se ha dicho repetidas veces la encomienda de Trevejo pertenecía a la Orden del Hospital de San Juan. Recordemos brevemente la historia de dicha Orden.

Fundada el año 1099 ó el 1113 (fechas que varían según criterios que no vienen ahora al caso) mantuvo su sede central en Jerusalén hasta el año 1186 cuando la Ciudad Santa fue conquistada por Saladino. Los caballeros de la Orden, tras muchos años sin sede definitiva, se establecieron en la isla de Rodas el año 1312 (fecha de la extinción de la Orden del Temple, de la cual heredaron la isla) y allí permanecieron hasta que fueron expulsados por los turcos el año 1522.

El emperador Carlos V les cedió la isla de Malta en 1530. Por esos cambios de sede a la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén se la ha conocido a lo largo de la historia como Orden del Hospital, Orden de San Juan, Orden de Rodas y Orden de Malta, el usual en la actualidad.

Hemos hablado con anterioridad sobre la administración de la encomienda hospitalaria de Trevejo por la Orden de Alcántara. Hemos hablado también del comendador frey Diego Bernal y los sucesos acaecidos en su época. Hablemos ahora de otros nuevos.

A frey Diego Bernal le sucedió como comendador frey Juan Piñeiro, quien lo fue entre los años ¿1490? y 1520. Este fue quien terminó la reconstrucción o reforma del castillo y su escudo preside, con orgullo, el patio principal. Frey Juan Piñeiro, gallego, que también era comendador de la Portomarín, debió llegar con todo un séquito de paisanos a los que era preciso darles de comer. Con clara violación de los fueros (de Trevejo y Villamiel) se entrometió en el nombramiento de justicias y de otros cargos de los respectivos concejos y pidió exacciones que ni los fueros ni la costumbre contemplaban. Los concejos de Villamiel y San Martín lo demandaron ante el rey, quien acabó dándoles la razón.

A Juan Piñeiro se le ha acusado de deslealtad alegando que en el escudo mencionado no figuran las armas de la Orden del Hospital. No es cierto. Junto a las propias armas del comendador en cuestión figura la cruz hoy llamada de Malta, pero que desde sus orígenes ( no desde su ubicación en la homónima isla mediterránea) fue el distintivo de la Orden, la cual surmonta todo el conjunto heráldico en el que se ve también el escudo de la Orden de Alcántara (el peral y las trabas) debajo del casco. ¿Quién nombró a frey Juan Piñeiro comendador? Posiblemente los Reyes Católicos, los cuales habiendo asumido el maestrazgo de las órdenes militares españolas debieron creerse con competencia para administrar un territorio, la encomienda de Trevejo, que sin ser de ella había sido regido durante siglos por la Orden de Alcántara.

Concedida la isla de Malta a los hospitalarios, comenzaron éstos una reestructuración de sus instituciones y propiedades. Reclamaron los bienes y derechos de los que habían sido despojados o que habían tenido que ceder transitoriamente. El rey Carlos I, en agradecimiento a la fidelidad de don Antonio de Zúñiga, Gran Prior del Hospital en Castilla, durante la guerra de las Comunidades, accedió a todas sus justas peticiones. Entre los bienes que la Orden reclamó y obtuvo sin ningún tipo de limitaciones y sin dependencia de ninguna otra Orden u organización se hallaba la encomienda de Trevejo administrada durante tanto tiempo por la Orden de Alcántara. En 1531 la Orden del Hospital de San Juan nombró un comendador propio y específico para ella: frey Luis Turienzo, quien la gobernó entre la fecha indicada y 1538. Esa frey Luis Turienzo reparó o construyó (1535) la casa que el comendador tenía en San Martín. Como era bastante más acogedora que el castillo estableció en ella su residencia y desde entonces esta villa pasó a ser la capital oficiosa de la encomienda. En tiempos de su sucesor frey Diego Enríquez de Guzmán, y por motivos que desconocemos, se desgajaron de ella los dos Valdespinos, las dos dehesas próximas a Ciudad Rodrigo recibidas al decretarse la extinción de la Orden del Temple.

El ser buenos vecinos a veces es malo. Ya hemos dicho que varios pueblos de la Sierra tenían vecindad en el corregimiento (partido territorial, diríamos hoy) de Ciudad Rodrigo y cómo esa buena vecindad les había facilitado el proveerse de trigo, por ejemplo, en épocas de escasez. Pero, los buenos vecinos han de serlo también cuando las cosas vienen mal.

En 1549 el puente principal tendido en Ciudad Rodrigo sobre el río Águeda quedó parcialmente destruido por una crecida. El presupuesto de la reparación ascendía a 800 ducados o 300.000 maravedís. Existía el peligro de que caso de no hacerse la reparación con presteza se cayesen otros dos arcos, y entonces el coste ascendería a 7.000 ducados. Se llamó a las cinco villas que tenían vecindad en la Ciudad (Robledillo, Descargamaría, Puñonrostro, Fuenteguinaldo y El Bodón) y los demás pueblos del corregimiento (entre los que se encontraban Eljas, San Martín, Villamiel y Trevejo) para acordar la forma de repartir los gastos. Se decidió que la tierra, es decir, los pueblos del corregimiento pagasen las dos terceras partes y que la tercera parte restante se dividiese a su vez en otras tres. La ciudad pagaría una de ellas (33.333 maravedís, esto es: la novena parte del total) y las otras dos (66.666 maravedís) las cinco villas que tenían vecindad. Ignoramos la cantidad precisa que tuvieron que pagar los pueblos de la actual Sierra de Gata, lo que sí sabemos es que los de la ciudad se descargaron bastante del asunto.

En cualquier caso, la reparación, hecha con madera, debió ser muy de circunstancias porque nueve años después una nueva riada se llevó los dolorosos 300.000 maravedís. Se llamó a Pedro de Ibarra para que hiciese el presupuesto de una nueva reparación. Ascendió a 31.640 ducados, o lo que viene a ser lo mismo 11.865.000 maravedís. Como ni la ciudad ni su tierra tenían tal cantidad de dinero y el puente era de todo punto imprescindible se pidió permiso al rey para hacer un repartimiento entre otros pueblos de Castilla. Con la habitual parsimonia de Felipe II el permiso llegó quince años después. A trancas y barrancas la reparación del puente se terminó en 1590 y no debió ser muy buena, puesto que en 1626 el agua se volvió a llevar los ahorros y esfuerzos de la gente.

En este país nuestro en el que todos somos expertos en las más variadas ramas del saber, se toman a veces decisiones originales y peregrinas en muchas de las cuales lo único que se vislumbra con certeza es que el imperativo ordeno y mando les debe causar más que satisfacción un auténtico placer a los autores de ellas. Es lo que algunos llaman la erótica del poder, mucho más erótica cuanto menor sea la valía personal de la autoridad en cuestión.

En 1550 llegó a Gata un visitador de la Orden quien por el sólo hecho de mandar o porque no podía recorrer las calles del pueblo montado en su caballo ordenó quitar los balcones, “que son unas vigas puestas de pared a pared de las calles, a regular altura, y sobre ellas construidas habitaciones”. Como es natural, el concejo se opuso “en razón a que en los dichos túneles no penetraba el sol a calentar las bodegas y asolanar o perder el vino...su principal riqueza”. Lo de que el vino fuera la principal riqueza no era muy cierto, pero ¡a ver como se convencía al genial visitador de que en la villa había poco terreno urbanizable y que había de recurrirse por ello a tan original procedimiento! Metido en protesta el concejo pidió al visitador no solamente que revocase su orden, sino que castigase además a los ganaderos que metiesen sus ganados en los tallares (montes) de robles nuevos, que se dedicaban a la elaboración de cubas, actividad que sí era una importante fuente de ingresos. El visitador, una vez que quedó demostrado que quien mandaba era él accedió magnánimo a ambas peticiones.