El siglo XVI (V): El auge de los conventos

En un artículo anterior decíamos que el aspecto actual de la mayor parte de las iglesias parroquiales de Sierra de Gata data de la época de Felipe II. En el mismo reinado los numerosos conventos de nuestra comarca alcanzaron un auge que hoy, vistas sus ruinas, nos sorprende que hubieran podido ser de tanta importancia

 

Convento de San Miguel, en San Martín de Trevejo. Dibujo de Agustín Flores
Convento de San Miguel, en San Martín de Trevejo. Dibujo de Agustín Flores

Los grandes monumentos de la Sierra han sido los castillos, las iglesias y los conventos. Con la paz interna conseguida en España durante el reinado de los Reyes Católicos, muchos castillos al perder su sentido defensivo o fueron derribados o por puro abandono comenzaron a desmoronarse. Las energías y dinero que antes se gastaban en mantenerlos en pie se emplearon entonces en levantar conventos, ermitas y sobre todo las iglesias parroquiales de las que hemos hablado en un artículo anterior.

Algo parecido había ocurrido en el siglo XIII cuando la Sierra dejó de ser frontera ante el Islam. Hemos hablado, al tratar de aquella época de los conventos de Sancti Spíritus (Santispíritus en el habla coloquial, término que emplearemos a partir de ahora) y de Nuestra Señora de los Ángeles (los Ángeles), e incluso hemos indicado ya el origen de Monte Coeli (Monteceli o el Hoyo) y San Miguel. Veamos ahora que fue de ellos y de otros que fueron apareciendo con posterioridad. Digamos antes de nada que durante los tres siglos transcurridos desde el XIII al XVI todos llevaron una vida lánguida y sin acontecimientos de mayor interés, pero en el siglo XVI alcanzaron notable desarrollo y hasta su desamortización en el siglo XIX fueron sino los únicos, sí los mayores centros de cultura y religiosidad de la Sierra.

Las clarisas, las monjas franciscanas, llevaban su peculiar vida de oración y recogimiento en su viejo y nada confortable convento de Santispíritus. Lo único que podía turbar, momentáneamente, su paz era la llegada de alguna novicia y más si esta procedía de una familia noble de Ciudad Rodrigo o de la parte de Extremadura. (Recordemos a doña Catalina de Sotomayor, la hija del maestre don Gutierre).

El concilio de Trento, escandalizado por lo ocurrido en los conventos centroeuropeos situados en tierras luteranas (violaciones y asesinatos de religiosas) ordenó que en lo sucesivo no hubiera conventos de monjas en despoblados. En consecuencia, el año 1556, el obispo de Ciudad Rodrigo, don Diego de Simancas, dispuso que las clarisas de Santispíritus se trasladasen a la capital de la diócesis. La abadesa doña Aldonza Pantoja pidió a Dios que la llevase de este mundo antes de abandonar el convento. Dios oyó su súplica y murió el mismo día del traslado. Se la enterró en el lugar y su cuerpo permaneció muchos años incorrupto.

¿Y qué fue del convento abandonado? Doña Beatriz de Chaves, esposa de Juan de Chaves, caballero de Calatrava, se lo compró a las monjas y lo entregó a los franciscanos de la provincia de san Gabriel. Después de tan meritoria acción doña Beatriz concibió el hijo tanto tiempo esperado, con lo cual se acabaron los malos tratos que por este motivo la no concepción su marido le prodigaba. Por la belleza y desgracia de doña Beatriz, anterior al feliz acontecimiento, se la llamaba la Bella Mal Maridada.

Los frailes establecidos en Santispíritus eran tan pobres que en 1568 el cabildo de la catedral de Ciudad Rodrigo tuvo que darles limosna para que pudieran comprarse hábitos.

Por esa extremada pobreza quienes moraban en él tenían fama de santidad. Esa fama hizo que en 1583 y 1592 fuese visitado nada más y nada menos que por los Padres Generales de la Orden franciscana fray Francisco Gonzaga y fray Francisco de Tolosa. Por cierto que este último fue a su vez el primero que quiso visitar el pueblo más próximo, que no era Descargamaría en cuyo término estaba, sino Robledillo. Los vecinos de Robledillo, quienes ya sabían hacer las cosas bien, rumbosos y espléndidos “aderezaron el camino de la subida...con gran devoción, como lo hicieran para el Rey nuestro señor si hubiera de subirle” y le recibieron “con procesión del clero y de todo el pueblo con cruz y campanas y cantando Te Deum laudamus, hasta la iglesia del pueblo”. La relación de Robledillo con los frailes siempre fue buena y de su iglesia parroquial se llevaban los santos óleos al convento cuando había algún fraile gravemente enfermo.

Los vecinos de Ciudad Rodrigo y los condes de Oropesa (nuevos señores de Valdárrago) nunca olvidaron a quienes vivían en este convento, lo que no impidió que los frailes, santamente manirrotos en ayudar a los demás, estuvieran siempre en la indigencia. Otro de sus mayores benefactores fue el comendador de Piedrabuena, hijo de un virrey del que hablaremos, quien les dejó una renta de 50 ducados anuales. En el siglo XVII sólo había nueve o diez frailes en él.

Del convento de Nuestra Señora de los Ángeles, en Torrecilla se dijo: “Este devotísimo eremitorio y convento fue tenido desde el principio de su fundación por relicario de la Orden, y siempre se han venido a vivir aquí, y muchos a morir, siendo grandes y perfectísimos varones, que deseaban dar este remate a sus vidas, con ser al fin dellas sepultados en Nuestra Señora de los Ángeles”1.

Después de su fundación había sido bastante protegido por los marqueses de Villena, señores de Valdárrago, los cuales, incluso, habían sufragado los gastos de construcción de la casa.

En 1502, en línea con la reforma emprendida por el también franciscano cardenal Cisneros, se le señaló como casa de recolección o convento para los frailes que quisieran observar la regla de san Francisco “sin usar de breves que contrariasen o relajassen la guarde de ella”. Es decir, era un convento de estricta observancia, de dura vida de penitencia y oración.

En uno de los años treinta del siglo XVI y siendo guardián fray Pedro de Alcántara nuestro gigantesco San Pedro de Alcántara llegó la Navidad. Los días antes había caído una intensa nevada y los frailes no habían podido salir a buscar limosna. Se encontraban “desfallecidos corporalmente”, pero con el espíritu firme. Cuando estaban rezando maitines oyeron tocar la campana de la portería; salió el portero a ver y encontró dos cestos llenos “uno de pan y otro de vianda”. Miró hacia los lados y no vio a nadie, ni pisadas ni rastro alguno sobre la nieve. Otro tanto sucedió años más tarde, pero en agosto, cuando llevaban ya tres días sin comer otra cosa que castañas cocidas. Una mujer que nadie conocía les llevó un cesto de pan. Por una revelación se supo después que la benefactora había sido la Virgen María, bajo la advocación de la Peña de Francia.

De vez en cuando, y por la noche, salía del convento un extraño resplandor atribuido por la gente, a la santidad del lugar.

Contó siempre con la protección de los condes de Oropesaduques de Alba, hasta el extremo de que el mismo gran duque, en el tiempo que estuvo alejado de la corte por mandato de Felipe II, fue en peregrinación al convento.

Además de los duques, uno de sus mayores protectores fue don Martín Enríquez de Almansa, virrey de México en nombre de Felipe II y hermano del obispo de Coria, don Diego, el cual mandó dar 100 ducados anuales a este convento y otros tantos al de Monteceli mientras durase su virreinato. Como éste fue largo (de 1568 a 1580 en México y de 1581 a 1583 en Perú) cabe suponer que durante ese tiempo los frailes estuvieron un tanto protegidos de la indigencia. (Este virrey era padre del comendador de Piedrabuena, el que favoreciera al convento hermano de Santispíritus). En 1592 también fue visitado por el Padre General.

Ya se ha dicho que el convento de Monte Coeli (Monteceli) o el Hoyo, de Gata en 1399 era un eremitorio donde vivía Alfonso Rodríguez, aquel que cediera su hacienda a las monjas de Santispíritus.

Sin saber con exactitud la fecha de su erección como convento, comprobamos que en 1432 su nombre aparece en una bula de Eugenio V en la que se concede indulgencia plenaria a los frailes de ciertos conventos. (También figura en ella el convento de los Angeles).

Contó siempre con la protección de la Orden de Alcántara cuyo maestre confirmó en 1487 (lo era don Juan de Zúñiga) que quien en Gata diese posada a los religiosos fuera reservado de tener huéspedes. Era un buen privilegio. No olvidemos que en caso de llegar los visitadores de la Orden de Alcántara o soldados a un pueblo, estos eran distribuidos por las casas de los vecinos. Suponemos que la gente a la hora de elegir a quien alojar, si a un fraile o a un soldado, no tendría demasiadas dudas en elegir al primero.

Los Reyes Católicos concedieron a Monteceli en su condición de maestres de las Ordenes militares cien huebras de tierra de primera calidad, pobladas de robles, y que estaban junto al convento. Esa relativamente extensa propiedad sirvió para que nadie molestase a los frailes que eran “zelosísimos de la pobreza y la recolección”, y que por ello en 1507 se unieron a los que querían observar con todo rigor la Regla de San Francisco.

Por esa misma época estando en el Hoyo (nombre por el que el común de la gente conocía al convento) fray Martín de Valencia de don Juan recibió la revelación de la futura conquista y evangelización de México. Tras las victoriosas campañas de Hernán Cortés, fray Martín -que se había trasladado al convento de Belvís de Monroy- se dirigió con otros once frailes los doce apóstoles, se les llamó a la Nueva España. Fueron los primeros evangelizadores de México. (Tal vez Gata, pueda por ello, alegar algo en lo de la colonización de América).

Este convento iba ganando fama por la santidad de sus frailes y por ese motivo se reunió en él el Capítulo Provincial de San Miguel, en 1557. Aunque los frailes eran parcos en gastos, con la llegada de los representantes de los demás conventos, se hicieron más de los acostumbrados y entraron en deudas. Una vez más, personas devotas de Ciudad Rodrigo ayudaron a sufragarlas.

Como hemos dicho, este convento (en el que entre otras reliquias se hallaba una pierna del canónigo Pedro, el fundador de Santispíritus y los Ángeles) iba ganando fama por la santidad de quienes en él vivían. Hablemos de alguno de ellos.

Fray Miguel de los gatinos. Lo de los gatinos es un sobrenombre, sin que a causa de él podamos saber cual era su nombre auténtico, por lo bien que se llevaba con estos animalitos. Estando enfermo pidió los sacramentos, que naturalmente se le dieron. A la hora de comer subió un novicio a llevarle la comida y lo encontró muerto, sentado sobre la colchoneta que hacia de cama, con los ojos vueltos hacia el cielo “y todos los gatos [del convento] estaban allí con él, sentados en tierra y las manitas levantadas y puestas sin llegar al suelo”.

Fray Luis de Salamanca. En esa misma línea franciscana de amor a los animales estuvo fray Luis de Salamanca. Éste se hacía obedecer por las aves y ellas le enseñaban sus nidos. Los conejos acudían a él y les decía en que lugares de la huerta podían y no podían comer.

Fray Cipriano de Villamiel. Santo de índole muy diferente a los anteriores fue fray Cebrián o Cipriano de Villamiel. Era sacerdote. Predicador y caminante incansable. Fue hasta Italia andando, claro y a veces recorría hasta veinte leguas diarias, esto es: más de 100 km. En su vejez quedó tullido y tenía que arrastrarse para ir a misa. Al final se le gangrenó una pierna y murió en 1573. Por la noche se le dejó en la iglesia y ésta se llenó de luz. Pasados cinco años se quiso enterrar en su tumba el cadáver de otro fraile, de fray Miguel de Gata, y apareció el de fray Cipriano incorrupto. Se le tuvo gran devoción en la comarca y “Dios obró por su intercesión muchos milagros, tanto en vida como después de su muerte”.

El convento de San Miguel, en San Martín de Trevejo del que la tradición dice que había sido mandado fundar por orden del mismo san Francisco de Asís lo primero que sabemos con certeza es que fue fundado como eremitorio en 1452 por bula de Nicolás V, como ya se dijo. En 1495 aparece ya no como eremitorio sino como convento formal, aunque otros opinan que tal condición no la adquirió hasta 1545.

Sus frailes se dedicaban a la oración, al apostolado y la enseñanza. El apostolado lo ejercían a través de ejercicios espirituales, novenas, misiones y encargándose de las parroquias de los pueblos limítrofes cuando estos carecían de párroco. A la enseñanza se dedicaban en el colegio que habían creado en el convento, que era el único colegio existente en la parte occidental de la Sierra y al que en 1592 acudían 30 estudiantes, cuyos gastos corrían a cargo de la fundación establecida al efecto.

Uno de sus frailes más famosos fue fray Juan Muñoz, de Cabezuela del Valle, el cual se había iniciado en la vida religiosa como lego en el convento de los claustrales de Mohedas, pero como en éste no se había establecido la estricta observancia de la regla franciscana se trasladó al de San Miguel, donde sí se seguía. “Fue muchos años hortelano y en su huerta el Señor le favorecía con arrobamientos y éxtasis, llegando a verlo suspendido en el aire, premio a su santidad y penitencias. Se hizo sacerdote doce años antes de su muerte”. Murió en Valverde del Fresno, donde se hallaba tratando de arreglar a una familia mal avenida. Su cuerpo se trasladó al convento de San Martín.

Ya hemos hablado de Pablo (o Pablos) Pérez, un hoyano que como tantos otros extremeños pasó a las Indias en busca de fortuna y que al regresar a su pueblo los parientes le dieron con la puerta en las narices creyendo que era un pobre. También hemos dicho que en Hoyos fundó un hospital para pobres.

Después construyó una iglesia, consagrada en 1556, que dos años más tarde entregó a los franciscanos para que con ella y otras dependencias adyacentes, y previo permiso de los señores espiritual y temporal obispo de Coria y duque de Alba, fundaran un convento. Este fue erigido el 1 de septiembre de 1558.

El convento, como todos los demás, estaba exento de la jurisdicción del párroco, pero el cura de Hoyos se opuso a la exención porque le restaba ingresos ya que la gente prefería encomendar a los frailes las ceremonias religiosas que devengaban algún dinero. El cura, para un buen entendimiento exigía a los frailes “la cuarta funeral de misas y ofrendas”, se oponía a los entierros en la iglesia del convento e incluso a la asistencia de los vecinos a la misa celebrada en él. Los frailes, pese a su proverbial paciencia franciscana, no atendieron a las demandas del párroco, más por defender el fuero que el huevo, esto es: por mantener su independencia. Se entabló un pleito que inicialmente perdió el cura y que tras sucesivas apelaciones se terminó en 1604, cuando el cura sacó una pequeña, ligerísima tajada. Volveremos más adelante sobre el tema.

En el cerro de Moncalvo (término de Villamiel, pero muy próximo a los de Hoyos y Acebo) se había fundado en fecha imprecisa un convento de monjas terceras llamado Santiago de las Dueñas o de Moncalvo. Dicho convento en 1517 era ya un convento de renombre donde era harto difícil ingresar. Pero a aquellas monjas de origen familiar generalmente pudiente el apelativo de las Dueñas es muestra de ello no les gustaba vivir en un lugar tan retirado y pidieron ser sacadas de allí. En 1528 el visitador general de la orden franciscana accedió a sus peticiones y las sustituyó por frailes que no estaban sometidos a la reforma o estricta observancia introducida años antes por el cardenal Cisneros.

Años después otro monasterio de monjas terceras llamado Santa María de los Llanos que estaba a legua y media de Moncalvo y a media de Villamiel fue abandonado por sus tres monjas, tanto porque lo exiguo de su número les creaba grandes dificultades como por exigirlo así el concilio de Trento como ya se dijo al hablar del convento de Santispíritus. (En este convento había estado la novia del joven corregidor de Eljas que fue asesinado por Fernán Centeno y del que hablamos en el artículo “Un amor desgraciado). Su hacienda pasó al de Moncalvo.

Con la reforma de Pío V que prohibía admitir novicios no observantes, los frailes terceros fueron abandonando y descuidando sus dos casas de Villamiel e incluso los de Santa María de los Llanos llegaron a vender el retablo del altar mayor y la campana de su iglesia. Como consecuencia del abandono, dos curas de Villamiel, Juan de Alcántara y Pedro Guerrero, consiguieron hacer de Santa María un beneficio simple, es decir, una iglesia atendida por el clero secular.

Hacia 1587 llegaron los frailes observantes para hacerse cargo de las dos casas abandonadas que la orden franciscana tenía en Villamiel. Se encontraron con que el de Moncalvo estaba prácticamente desmantelado y con que la iglesia del de Santa María de los Llanos era regida por el clero secular, que se opuso a los recién llegados en quienes veían unos potenciales enemigos, ya que era previsible que les reclamasen Santa María, como sucedió, en efecto. La vida de los frailes, en esa situación de enfrentamiento con los curas, no era nada placentera.

Los vecinos de Acebo desde siempre se habían llevado bien primero con las monjas y después con los frailes de Santiago de Moncalvo. Conscientes de que un convento era además de un lugar de santificación podía ser un centro de enseñanza aprovecharon la mala situación de los frailes en Villamiel y pidieron al provincial de los franciscanos que trasladase este convento a Acebo, donde sería bien recibido. Además del solasr le ofrecieron toda la madera necesaria, albañiles, 400 ducados para comenzar las obras y ayuda jurídica en el pleito por Santa María.

Con el permiso del obispo de Coria (a cuya diócesis pertenecía Acebo, mientras que Villamiel era de la de Ciudad Rodrigo) y con el del duque de Alba se hizo el traslado el día 4 de noviembre de 1595. “Trájose en su custodia al Santísimo Sacramento, los vasos sagrados, imágenes y ornamentos con solemne procesión y festejo de todo el pueblo”. Se tuvo como prodigioso y vaya si lo fue que ninguna vela de las que alumbraban en la procesión se apagase durante el trayecto de Moncalvo a Acebo. Inicialmente los frailes se aposentaron en la ermita del Espíritu Santo.

Se empezó a edificar el convento un poco desviado de la ermita, la cual se demolió por pequeña; parte de sus materiales se emplearon en la nueva construcción. En 1599 se acabó el pleito de los Llanos, que había durado doce años, y que ganaron los frailes. Éstos, no obstante, prefirieron seguir en Acebo. Por cierto que el cura de esta villa, en contra de la opinión de los vecinos, imitó al de Hoyos con sus reclamaciones jurisdiccionales y pecuniarias sobre los frailes.

Esta Sierra de Gata tan apta para el retiro espiritual como lo demuestran los conventos de los que acabamos de hablar fue también teatro de raras confrontaciones religiosas. Además de las de los párrocos con los frailes destacó la de los obispos de Ciudad Rodrigo con los frailes premonstratenses.

Los premonstratenses se habían establecido siglos atrás en las afueras de Ciudad Rodrigo (en 1174 ya tenían casa en la ciudad) en un convento cuyas ruinas todavía se conservan, el de la Caridad, y hacia el cual se han dirigido desde entonces en romería numerosos mirobrigenses el día de san Blas. (Todavía hoy siguen haciéndolo).

En 1516 el obispo don Juan Tavera, años después famoso cardenal primado de Toledo, donó a los premonstratenses de la Caridad la iglesia de Robledillo, que le caía un tanto a trasmano de la capital de la diócesis y que además no reportaba grandes ingresos, donación que fue confirmada por el papa el mismo año.

Durante un tiempo no ocurrió nada notable. Pero he aquí que bastante después, en 1550, accedió a la sede de Ciudad Rodrigo un obispo que tenía en alta estima el alcance de su autoridad y que quería cumplir al pie de la letra con el precepto tridentino que obligaba a todos los obispos a visitar las parroquias de su diócesis cada cierto tiempo. El nuevo obispo se llamaba don Pedro Ponce de León.

Cuando el obispo quiso visitar la Caridad los frailes le negaron la entrada haciendo valer sus derechos de nullius diocesis, es decir, su no dependencia de ningún obispo. Don Pedro Ponce de León decidió visitar entonces la iglesia de Robledillo, creyendo que al no ser ésta un convento formalmente erigido tendría menos dificultades, pero le ocurrió lo mismo. Si inició entonces un reñidísimo pleito que inicialmente ganaron los frailes ayudados por el Concejo de la ciudad e incluso lograron que el obispo fuera trasladado a Plasencia.

En 1591 otro prelado, don Martín de Salvatierra, reinició el contencioso. El obispo perdió ante al arzobispo de Santiago, nombrado juez de la contienda, e incluso ante el mismo papa al cual había elevado recurso. Pero los tiempos estaban cambiando y don Martín sabía muy bien que el rey en España mandaba en ocasiones más que el papa. Se dirigió al Consejo de Castilla. Y ganó. Y así, en contra de lo dicho en Roma, pudo visitar finalmente sospechamos que no con todas las bendiciones la iglesia de Robledillo en 1601.

Este combativo y tenaz obispo había convocado en 1592 el primer sínodo diocesano civitatente al que asistió, entre otros, el prior de San Juan, quien como sabemos nombraba a los curas de Trevejo, Villasrubias, San Martín, Torre de la Mata (hoy en término de San Martín), Villamiel y San Pedro (en el actual término de Villamiel) y el beneficiado de las Helges, Eljas que decimos hoy.

Es decir, parte de Sierra de Gata seguía siendo algo importante tanto del corregimiento como de la diócesis de Ciudad Rodrigo.

1. Ib. pág. 93 vuelta.

DIBUJOS DE AGUSTÍN FLORES