El siglo XVII (I). Felipe III (1598/1621). La expulsión de los moriscos

A Felipe II le sucedió su hijo Felipe III, un hombre inteligente pero débil de voluntad que odiaba los asuntos de Estado y se refugiaba en una religiosidad más cultual que ética. Su odio a los asuntos de Estado le llevó a entregar el gobierno a validos (duque de Lerma y su hijo el duque de Uceda) quienes tanto por temperamento como por la escasez de recursos renunciaron a meter a Castilla en más líos Durante ese reinado se decretó la expulsión de los moriscos que aquí, en Sierra de Gata, también tuvo su incidencia.
Estatua ecuestre de Felipe III en la Plaza Mayor de Madrid
Estatua ecuestre de Felipe III en la Plaza Mayor de Madrid

Para entender el problema de los moriscos nos permitimos hacer antes una ligera aclaración histórica.

En 1491 los Reyes Católicos firmaron con Boabdil el pacto de rendición del reino de Granada. En él se decía que a todos los habitantes del reino se les dejaría seguir practicando el Islam. Pocos años después el cardenal Cisneros trató de “convencerlos” mediante la represión para que se convirtieran al catolicismo. Muchos de ellos lo hicieron, pero la mayoría dijeron que el acuerdo firmado con los Reyes Católicos estaba siendo incumplido y se sublevaron. El levantamiento se extendió por las Alpujarras. Fue duramente reprimido por el conde de Tendilla. Con el pretexto de que con ese levantamiento los musulmanes habían roto el pacto anterior a la entrega de Granada los Reyes Católicos dictaron una pragmática en 1502 en la que ordenaban la conversión o lo expulsión de todos los musulmanes granadinos. La forzada conversión fue general, aunque muchos de ellos siguieron practicando el Islam en forma discreta. A éstos bautizados forzosos se les comenzó a llamar, en tono despectivo, moriscos.

A pesar de la Inquisición hubo con ellos bastante tolerancia, tanta que en 1526 el recién casado Carlos V durante su larga luna de miel en Granada les permitió que conservaran sus costumbres, aunque les dio un plazo de cuarenta años para que se integraran plenamente con los cristianos viejos. Pero no fue así y los moriscos se mantuvieron como una comunidad diferente. Su simpatía con los piratas berberiscos que solían atacar las costas andaluzas y levantinas era evidente.

En 1566 se acabaron los cuarenta años que les había dado Carlos V para que se integrasen. Como no lo habían hecho Felipe II, que llevaba un año en el trono, les prohibió que siguieran hablando en árabe e incluso que usasen la lengua árabe, los trajes y ceremonias de origen musulmán. Se produjo la rebelión de las Alpujarras (1568-1571. Cuando se dominó la revuelta (aproximadamente en la misma fecha de la batalla de Lepanto) y como se consideró que los moriscos eran espías de los piratas berberiscos, de los turcos e incluso de los franceses los moriscos granadinos fueron deportados hacia La Mancha, Extremadura y Castilla la Vieja.

A Sierra de Gata también llegaron. Su presencia en nuestra tierra está bien contrastada. Muchos de ellos procedían de la comarca de la Hoya de Málaga; éstos se establecieron en Torre de don Miguel, donde tal vez ocuparan parte del barrio conocido como El Cancillo, y en Villamiel donde actualmente hay un paraje conocido precisamente como Hoya de Málaga; en esta localidad se les puede atribuir la capilla del Cordero en la ermita de la Piedad, hecha de ladrillo, en un lugar donde todo es de piedra.

Su presencia también cabe establecerla en Santibáñez, Villasbuenas, Gata y El Fresno. Sus quehaceres: alfarería, albañilería y sobre todo, elaboración de seda. Según los curas del momento si no eran cristianos ejemplares, al menos lo parecían: “ hazen obras de christianos y saben la doctrina christiana y frecuentan los oficios divinos[...] y en todo lo esterior dan muestras de buenos christianos “.

Si los moriscos de Sierra de Gata aparentemente estaban integrados en la sociedad cristiana no parece ser que ocurriera lo mismo con los que vivían en Levante. Éstos conspiraban con los piratas argelinos (apoyados, en ocasiones, por la cristianísima Francia). La idea de su expulsión se iba imponiendo entre las autoridades de la Corte. A finales de 1604 se descubrió una nueva conspiración instigada por un agente francés. Las peticiones de expulsión aumentaron. A ella se oponían algunos eclesiásticos (por caridad cristiana) y gran parte de la nobleza aragonesa y valenciana, que tenía como vasallos a una minoría sumisa y disciplinada de moriscos. En 1605 hubo un conato de rebelión. Era el final. Para soslayar la resistencia de la nobleza valenciana -él mismo lo era- el duque de Lerma pensó que lo mejor era cederle a los nobles la propiedad de los bienes muebles y raíces de quienes iban a ser desterrados.

El 4 de abril de 1609 Felipe III decretaba la expulsión de todos los moriscos que vivieran tanto en el reino de Castilla como en el de Aragón. A finales de 1610 gran parte de la operación había sido realizada, pero así y todo quedaron lugares donde la expulsión no se llevó con tanta celeridad, tanto porque los moriscos estaban perfectamente integrados con los cristianos viejos (incluso éstos les ayudaron a ocultarse) como porque era difícil su localización. La nuestra fue una de esas comarcas donde la expulsión se realizó tardíamente, como lo prueba el hecho de que hasta finales de agosto del año 1614 no se empezó el expediente para vender los bienes de los moriscos expulsados del partido de Gata. Hoy de ellos apenas si nos queda el recuerdo en numerosos topónimos: la Hoya de Málaga, la fuente del Moro o de la Mora, Valdemoro, etc.

La expulsión de los moriscos tuvo en Sierra de Gata un resultado bastante curioso. La Sierra no tiene un clima tan frío como el no avisado pudiere pensar (“En la sierra o a cien leguas de ella”, dice un viejo refrán que quiere dar a entender que aquí el clima no es demasiado riguroso).

Aprovechando la benignidad del clima, algunos de nuestros antepasados se dedicaron a la crianza del gusano de seda, introducido en España por los árabes. Pero, la ignorancia a veces complica las cosas. Debía haber una plaga, casi endémica, de lagarta en los olivares, plaga que se aminoraba cuando las condiciones ambientales le eran adversas.

Una de las principales ocupaciones de los moriscos de la comarca, como ya se dijo, era la explotación de la seda. Decretada su expulsión esa actividad decayó. Coincidió que simultáneamente la lagarta del olivo se aminoró. Se relacionaron ambos factores (menos gusanos de seda y menos lagarta) como causaefecto, y algunos ayuntamientos, como el de Gata en 1613, decretaron la prohibición de la cría de gusanos bajo la multa de 600 maravedís. La lagarta no desapareció, pero los gusanos sí. Aunque años después, 1625, el condeduque de Olivares dictase una serie de disposiciones en favor de los abandonados y denostados gusanos de seda, la protección llegó tarde.

El mismo año (1609) en el que se decretó la expulsión de los moriscos se firmó con los rebeldes de Flandes la llamada Tregua de los Doce Años que permitió que entre 1610 y 1618 hubiese paz en todos los territorios europeos de la Monarquía (o del mal llamado imperio español en Europa). Ese período de paz, llamado por algunos historiadores pax Hispánica permitió hacer ahorros que en lo que a Sierra de Gata concierte sirvieron para terminar parte de las cuantiosas obras iniciadas anteriormente. Los villamelanos, por ejemplo, decidieron terminar la torre de su iglesia; los de Acebo, casi terminaron la suya, y las demás se fueron rematando como mejor se pudo.

Durante este reinado siguieron los enfrentamientos entre curas y frailes por motivos casi nunca santos. Veamos. Los frailes del convento del Hoyo, los de los Ángeles, los de Santispíritus como vivían bastante retirados de las poblaciones, tenían dificultades para lograr el necesario cuidado médico en caso de enfermedad grave. Un matrimonio caritativo, el formado por don Francisco Durán Moscoso y doña Ana Cid, ambos de Gata, se compadecieron de ellos. En su testamento les dejaron 500 ducados para que se comprasen una casaenfermería en la villa y otros 500 para que con sus rentas pudiesen sostenerla. Como era natural, en dicha enfermería se instaló una capilla. Era el año 1614. La gente se fue aficionando poco a poco a acudir tanto a misa como a confesarse en dicha capilla y dejar buenas limosnas a los frailes. Los ánimos del párroco se Gata se fueron encrespando, también poco a poco, porque perdía influencia y…dinero, pero inicialmente no le quedó más remedio que aguantarse. Pero pasados unos años habría un curioso pleito originado por esos celos clericales; hablaremos de él en otro artículo.

Y también en estos años tuvo lugar el enjuiciamiento de fray Juan Bautista de Cáceres del cual hemos hablado hace un tiempo en el artículo “La divertida historia de un fraile pecador”.