EL SIGLO XVII (II). Felipe IV (1621-1665): La guerra de la independencia de Portugal

Felipe IV tenía diez y seis años cuando accedió al trono. Era más inteligente que su padre, pero el nuevo valido, el mal llamado conde-duque de Olivares (realmente era conde de Olivares y duque de Sanlúcar) hizo todo lo posible, y lo consiguió, para que el joven monarca se dedicase más a la juerga y los placeres que a los asuntos de Estado. Y así nos fue

 

Felipe IV a caballo, por Velázquez. Museo del Prado
Felipe IV a caballo, por Velázquez. Museo del Prado

El mismo año en el que Felipe IV accedió al trono (1621) finalizó la Tregua de los Doce Años. Pero como durante este período los holandeses se habían apoderado de posesiones portuguesas en lo que hoy son Indonesia y Brasil y algunas españolas en Centroamérica y Venezuela y como había comenzado la llamada Guerra de los Treinta Años (media Europa frente a los Habsburgo austro-alemanes, primos de los Habsburgo españoles) la tregua no se renovó y recomenzó la guerra de Flandes. De poco sirvieron victorias tan resonantes como la de Ambrosio de Spínola en Breda (inmortalizada por Velázquez).

A pesar de la guerra de Flandes, que provocaba gastos innecesarios, los vecinos de Cadalso lograron reunir (1626) 1500 ducados de oro para conseguir la ansiada independencia respecto del marqués de Villena, heredero de los Pachecos, quien como ya se dijo era señor de Valdárrago; y los de Acebo, por su parte fueron capaces de hacer un último esfuerzo y con la ayuda de su señor, el duque de Alba, terminar su iglesia en 1635. Para unos y otros el sacrificio económico debió ser grande porque la acuñación de moneda de vellón (moneda de cobre con mayor valor facial que real) decretada por el gobierno había provocado una inflación galopante. Pero, en fin, la libertad y a veces la vanidad no tiene precio y todo sacrificio por conseguirla siempre será poco.

La entrada de Suecia y Francia en la guerra de los Treinta Años y sus victorias contra los Habsburgo alemanes más la elección de un papa profrancés dejaron indefensos a los Países Bajos pertenecientes a la Monarquía (o para simplificar al rey de España). En Castilla se entendió que era preciso acudir en su defensa pero como originaba excesivos el conde-duque pretendió que todos los reinos de la Monarquía contribuyeran por igual a los gastos de la guerra. Esa pretensión unida a un excesivo impulso centralizador, hizo que en 1640 la unidad ibérica, tan duramente conseguida, estallase en pedazos: Cataluña, Portugal, tal vez Andalucía y Aragón y más a lo lejos Nápoles quisieron romper los lazos con la Monarquía Hispánica.

La guerra con Portugal –que es la que a Sierra de Gata más afectó- al comienzo tuvo escasa incidencia en nuestra comarca. Y cuando las cosas empezaron a ponerse mal para nuestros antepasados no fue precisamente por culpa de los portugueses.

En la cuaresma del año 1642 unos cuantos vecinos de San Martín de Trevejo, Eljas y Valverde del Fresno para sacudirse el aburrimiento penitencial de la época y aprovechando las ventajas que su idioma materno les proporcionaba (el cual y como se sabe es más parecido al portugués que al castellano) decidieron internarse en Portugal, bastante lejos de la raya para no ser reconocidos por los de los pueblos vecinos y no perjudicarles ya que muchos eran amigos suyos, y apañar lo que pudiesen. Confiaban en no ser sorprendidos y que el latrocinio se cargase en el debe de los militares de guarnición en la frontera. Se llegaron hasta Alfaiates y tuvieron un gran éxito apoderándose de bastante ganado. En el camino de regreso se les descubrió y tuvieron que escapar apresuradamente, pero sin abandonar su botín.

Sabedor del suceso el gobernador portugués de la provincia de la Beira, general Francisco Téllez de Meneses, decidió dar un escarmiento a los españoles. Por sus espías supo del lamentable estado de defensa en el que se encontraban nuestros pueblos. Reunió un aceptable ejército y estudió los posibles planes de ataque. Su primera intención fue dirigirse a los pueblos de origen de quienes habían robado en Alfaiates, y a Trevejo, por haber allí una guarnición de cierta importancia. Pero consideró que no tenía fuerzas para tanto y decidió reducir el ataque a Valverde y Eljas.

Encomendó a su maestre de campo, don Sancho Manuel, que desde Sabugal cayese sobre Eljas donde según las informes de sus espías no había más que cuatro hombres para defender el castillo y un rebaño de cabras que compensaría a los de Alfaiates del expolio sufrido. El mismo, el gobernador, se dirigiría con el grueso del ejército a Valverde. Así se hizo.

Después de la que hemos de suponer heroica resistencia de esta última localidad, los valverdanos se rindieron ante el invasor. No se dio cuartel a sus moradores algunos de los cuales fueron muertos en sus propias casas. La villa fue metódicamente saqueada y destruida en parte, tal como ocurrió, por ejemplo, con el fuerte que fue demolido. El general Téllez de Meneses declaró la anexión de Valverde a Portugal e hizo jurar a sus vecinos fidelidad al nuevo monarca portugués, Juan IV. Por si acaso, y para evitar futuras rebeliones tomó como rehenes a treinta de los más señalados personajes del pueblo, siete de ellos mujeres. Consiguió también un botín de telas, vino, aceite y 300 fanegas de trigo que había en el pósito. Todo ello fue valorado tiempo después en 1500 ducados.

Mientras, el maestre don Sancho Manuel había llegado a Eljas. Encontró en el castillo no los cuatro soldados que habían dicho los espías, sino ocho al mando de un alférez, quienes con muy buen sentido dejaron a un lado todo tipo de heroicidad y se rindieron a discreción. Aquí no hubo tropelías porque los eljanos habían abandonado previamente el pueblo y si habían refugiado en San Martín. Los portugueses se apoderaron de 100 carneros y 100 cabritos, 400 fanegas de trigo y 150 de cebada que, por las prisas, no habían podido llevarse los huidos. El general Téllez de Meneses llegó desde Valverde y a la vista de lo requisado decidió darle un buen agasajo a sus tropas. Mandó improvisar dos hornos y obligó a cuatro de las mujeres tomadas como rehenes en Valverde a preparar pan y asar carne para los soldados. Después de la pitanza dejó en el castillo una guarnición de 300 hombres y con el resto de la tropa regresó a Portugal. El día no se había dado mal. Era la cuarta feria de la Semana Santa, es decir el Miércoles Santo, el aciago 17 de abril de 1642.

La noticia de la pérdida de estos dos pueblos serranos corrió con la velocidad habitual por la comarca y el miedo se hizo dueño del sentimiento colectivo. Con toda urgencia se comunicó el nuevo estado de cosas a don Juan de Garay gobernador de Badajoz de quien dependía la frontera extremeña con Portugal y al duque de Alba, capitán general de toda la frontera, cuyo cuartel general estaba en Ciudad Rodrigo.

El duque se apresuró en enviar una columna de caballería mandada por el maestre de campo don Nicolás de Arnalte, que se dirigió a Eljas. A ella se unieron dos mil voluntarios de la Sierra, quienes por su falta de preparación militar resultaron más ruidosos que eficaces.

El gobernador de Badajoz también envió tropas de refuerzo; al frente de ellas estaba otro maestre, don Guillermo del Burgo. Este demoró su llegada porque en su viaje hacia la Sierra fue ordenando las defensas de Alcántara, Zarza la Mayor y Cilleros.

Las tropas enviadas por el duque tomaron posiciones frente al castillo de Eljas e impidieron que los portugueses que lo defendían se aprovisionasen de agua. En una ocasión salieron doce de ellos con la intención de abastecerse de tan vital elemento, pero los hombres de don Nicolás de Arnalte estaban vigilantes y mataron a seis. El jefe portugués, para evitar nuevas emboscadas y tener más facilidad de maniobra, prendió fuego a las viviendas próximas al castillo.

Enterado de la angustiosa situación en la que se encontraban sus soldados el general Téllez de Meneses se presentó en Eljas, hizo levantar el cerco y retroceder hasta San Martín al maestre Arnalte quien quedó sitiado por el general portugués. El maestre sitiado pidió más refuerzos al duque de Alba.

Al día siguiente, 24 de abril, estando en Cilleros don Guillermo del Burgo recibió un aviso urgente desde Villamiel en el que se le decía que ésta localidad también temía ser atacada. Sin concederse más descanso don Guillermo salió por la noche de Cilleros con dirección a Villamiel seguido de un pequeño grupo pero ordenando que al amanecer le siguiera el resto de sus tropas.

Tras tranquilizar a los villamelanos y tomar medidas para la mejor defensa de la villa, el maestre don Guillermo del Burgo sin dejar descansar a los soldados que acababan de llegar de Cilleros se encaminó hacia San Martín.

Como ya hemos dicho, en el interior de esta localidad se encontraba don Nicolás de Arnalte. Estaba a mando de 500 soldados, la gente del lugar, unos cuantos de los huidos de Eljas y los pocos voluntarios de la Sierra que aún le quedaban, puesto que muchos de ellos habían regresado a sus pueblos de origen para defenderlos en caso de un hipotético ataque portugués.

Frente a él, el general Téllez de Meneses con 2500 infantes y 150 caballos. Tenía su puesto de mando en el convento, y entre éste y el pueblo había desplegado dos batallones de infantería; otro, de caballería ocupaba el camino del puerto de Santa Clara para tratar de impedir la llegada de los nuevos refuerzos que desde Ciudad Rodrigo se esperaba enviase el duque de Alba; le quedaban aún dos batallones de reserva uno de infantería y otro de caballería- preparados para lanzarse al asalto de San Martín en el momento oportuno.

Llegado a las proximidades de este pueblo, don Guillermo del Burgo desplegó sus 500 hombres entre caballeros e infantes en torno al altozano donde hoy se halla la ermita de San Cristóbal con la intención de dificultar las comunicaciones entre el general portugués y su retaguardia situada en Eljas y Valverde. Don Guillermo dispuso tan bien sus tropas y estas armaban tal alboroto que parecían ser más numerosas de lo que en realidad eran.

Ante ello y temiendo la llegada de los refuerzos que don Nicolás de Arnalte había pedido al duque de Alba, el general portugués decidió acelerar los hechos. A las diez de la mañana dio la orden de ataque. Tras una descarga de artillería ligera, los primeros infantes portugueses llegaron tanto desde la zona del convento como de la del camino de Santa Clara ante los muros de San Martín y prendieron fuego a las casas próximas.

Los defensores del pueblo taparon las brechas abiertas por la artillería y el fuego de la mejor manera que pudieron; lograron frenar a los atacantes.

Simultáneamente don Guillermo del Burgo ordenó que unos cuarenta mosqueteros trabaran combate con el batallón portugués de infantería que aún se hallaba en el convento para impedir que fuera a reforzar a quienes atacaban San Mrtín.

Al mediodía, cuando los combatientes de ambos bandos iban estando cansados los portugueses se tomaron un descanso para comer, lo que no deja de ser razonable: puestos a morir, mejor hacerlo con la panza llena. Los de San Martín no pudieron seguir su ejemplo porque el fuego estaba destruyendo la mayor parte de las casas y había que atajarlo, reforzar la muralla para ponerles difíciles las cosas a los portugueses y tener más margen de espera para recibir los refuerzos pedidos al duque de Alba.

Tras la pitanza, Téllez de Meneses ordenó que los escuadrones de infantería volviesen a atacar por donde lo habían hecho anteriormente, y que la caballería que hasta entonces había estado en la reserva lo hiciese por donde entonces estaba la iglesia (lo que hoy se llama San Pedro). Don Nicolás de Arnalte y los mañegos se defendían como mejor podían; es decir: malamente.

A las siete de la tarde, viendo don Guillermo del Burgo que desde el exterior nada podía hacerse dada la superioridad numérica de los portugueses, decidió recurrir a la astucia, a lo insólito: marchar hacia Valverde, es decir alejarse del escenario de la lucha e internarse en campo enemigo con la intención de confundir al adversario haciéndole creer que intentaba cortarle la retirada porque las tropas del duque de Alba estaban próximas a llegar. El sitiado don Nicolás de Arnalte no entendía la actitud de su compañero y temía un final desgraciado. Un valiente soldado natural de Zarza la Mayor, Juan Martín Garrido, logró pasar por entre las filas enemigas y comunicar a los sitiados la idea de don Guillermo, con lo cual don Nicolás no sólo se tranquilizó, sino que ordenó a sus hombres que arreciasen en el ataque al enemigo.

Los portugueses creyeron todo tal como lo había pensado el hábil maestre don Guillermo del Burgo, y después de enterrar a sus muertos y recoger a los heridos se retiraron con prisa, pero con orden hacia la mitad del camino que va de San Martín a Eljas. El convento fue rápidamente ocupado por los españoles y en él se encontró el bastón de mando del general portugués que lo había dejado olvidado. (Después se le regalaría al duque de Alba, como agradecimiento por el tardío envío de refuerzos). Era el 25 de abril. San Martín estaba prácticamente destruido.

En la posición indicada estuvieron los portugueses toda la noche esperando el ataque que nunca llegó. Al amanecer se metieron en Eljas y aunque se dieron cuenta del error que habían cometido pensaron que un nuevo enfrentamiento no lograría resolver nada. El general Téllez de Meneses marchó a Portugal en busca de nuevos soldados. Su maestre de campo, don Sancho Manuel, siguió en el castillo.

Un día después, el 27, llegaron las ansiadas tropas enviadas por el duque de Alba. Don Sancho Manuel no quiso esperarlas, desmanteló el castillo y huyó hacia Portugal perseguido por los españoles quienes le causaron bastantes bajas. En el río Torto le esperaba su general, que encontraba bastantes dificultades para alistar a los comarcanos porque estos se negaban a combatir contra sus vecinos españoles, a los cuales les unían como ahora unas buenas relaciones.

La victoria, como vemos, no fue de nadie, pero tres de nuestros pueblos Valverde, Eljas y San Martín, sobre todo este último quedaban reducidos a escombros y cenizas.

San Martín comenzó su reconstrucción en un próximo y nuevo emplazamiento. De estar a la derecha y a la mitad del camino que hoy le une con el convento pasó a estar a la izquierda y por encima del viejo solar. La iglesia fue levantada sobre el terreno de la ermita de Santa María de Cima de Villa, o lo que es igual sobre la ermita que estaba por encima del pueblo destruido. Pero no pudo volver a ser la localidad más grande de la Sierra. Valverde y Eljas, que habían sufrido bastante menos, se reconstruyeron básicamente sobre el mismo emplazamiento en el que estaban antes.

La guerra, que no cesó jamás, entró en un período en el que no hubo grandes movimientos de tropas, pero sí pequeños y casi continuos golpes de mano a uno y otro lado de la raya, golpes de mano que llevaron la ruina a los de aquende y a los de allende.

Uno de los que más daño hicieron, no solamente en Sierra de Gata, sino en toda la frontera española limítrofe con la provincia portuguesa de la Beira, es decir en las actuales provincias de Salamanca y Cáceres, fue el gobernador portugués don Álvaro de Abrantes da Cámara.

Por orden de dicho gobernador, el 16 de septiembre de 1643 se presentó en Moraleja, entonces un pequeño villorrio, don Lorenzo da Costa al frente de una lucida tropa de 500 caballos y 200 infantes. Su objetivo: prender fuego a la villa. Lo consiguió sin encontrar ninguna oposición seria. De allí, en rápida acción se dirigió sobre otros pequeños poblados, tales como Puñonrostro y El Fresno (término de Gata) que quedaron destruidos y despoblados para el resto de los siglos. En los pueblos próximos a Ciudad Rodrigo hizo lo mismo.

El daño causado por el belicoso don Álvaro de Abrantes fue tal que el cabildo catedralicio de Ciudad Rodrigo, que estaba en la más absoluta de las miserias porque los portugueses habían robado o matado a numerosos renteros de la catedral, estudió la posibilidad de tomar en préstamo 2.000 ducados de plata que le ofrecía el vecino de Acebo, don Andrés Morán, al objeto de poder seguir manteniendo el culto y pagar a los capitulares.

En 1644, y para mantenerse en forma, los de Salvaterra do Extremo intentaron darse una vuelta por Valverde del Fresno a ver que se caía. Los vecinos de Zarza la Mayor que siempre estaban vigilantes lograron impedir que los portugueses hicieran una de las suyas.

Como la Sierra estaba bastante dejada de la mano del gobierno (¿cómo hoy?), para vigilar la frontera y devolver a los envalentonados portugueses sus golpes se constituyeron diversos grupos de montados, esto es: de paisanos voluntarios que a caballo vigilaban a los del otro lado de la raya. Los más numerosos y mejor organizados eran los de Zarza y Cilleros. En febrero de 1646 un grupo de portugueses de Monsanto logró burlar a los montados y llegar hasta Torre la Mata (que al estar en término de San Martín no era defendida ni por unos ni por otros) y se apoderaron de un crecido número de bueyes. Los montados de los dos pueblos españoles citados se pusieron de acuerdo y para lavar el honor patrio, manchado por lo de los bueyes, cayeron sobre Penagarçía donde, ante la impotente mirada de sus dueños se apoderaron de un buen hato de ganado, aunque en contra de la costumbre habitual de los portugueses no hicieron daño ni a las personas ni a las cosas.

Tanto por la acción de los montados como por estar ya todos bastante cansados de la guerra, hubo unos años de relativa tranquilidad que en nuestra comarca fue aprovechada para fortificar los pueblos: reconstrucción de los fuertes de Valverde del Fresno y San Martín, reacondicionamiento del de Villamiel, reparaciones en los castillos de Eljas, Trevejo y Santibáñez, reconstrucción de los fortines de Robledillo, Descargamaría,...La diferencia de nombres, fuerte y fortín, indican claramente algo por otra parte lógico: a mayor distancia de la frontera menores sistemas defensivos. Se decidió no fortificar nuevamente Salvaleón por considerar que su defensa sería muy difícil dado su relativo aislamiento y porque estaba ya totalmente despoblado.

Esa relativa tranquilidad se acabó pronto. En 1649 y para forzar a España a reconocer la independencia portuguesa, convalidada a nivel europeo el año anterior en la paz de Westfalia, los portugueses lanzaron una fuerte ofensiva sobre todos los territorios españoles fronterizos. El 15 de junio de 1649 estando en Moraleja el gobernador de la Caballería de la frontera, el general don Pedro Díaz de Quintanar Pacheco, le llegaron avisos de los gobernadores militares de Valverde, Eljas y Cilleros de que los portugueses estaban acantonados el Norte –en Sabugal y Alfaiates-, que temían un ataque desde allí y que ellos se encontraban prácticamente indefensos. El general dio orden al capitán don Andrés de Rada que se encontraba en Gata para que acudiese presto a socorrerlos con sus propias fuerzas y las de las milicias concejiles de esa parte de la Sierra. Al día siguiente llegaron nuevos avisos de que los portugueses estaban en el río Torto, dispuestos a atacar Valverde del Fresno. El capitán don Andrés de Rada mandó correos a las villas próximas a Gata para que se le enviaran las milicias, pero nadie pensaba salir mientras no lo hiciesen los de los pueblos vecinos.

Bastante enfadado, el capitán, acompañado por un alférez, dos soldados y un criado negro, cabalgó hasta Torre donde topó con uno de los alcaldes de Cadalso quien le dijo que los vecinos no acudían porque entendían que antes debían hacerlo los soldados de Torre y no lo habían hecho. El capitán siguió caminando y se encontró con un soldado al que recriminó por no estar junto al resto de su compañía. El soldado, algo levantado de cascos, contestó de mala manera al capitán y éste que debía ser impulsivo le dio en la cabeza con la culata de la pistola. El capitán siguió por las calles llamando traidores a los vecinos de Torre, hasta que llegó a casa del cura -don Pedro Manzano-quien estaba acompañado de otros sacerdotes, y al que pidió papel para escribir a los de Cadalso conminándoles a acudir y ponerse a sus órdenes. Cuando estaba escribiendo el mencionado papel llegó un cuñado del soldado herido y sin pensarlo dos veces disparó contra el capitán. Se conoce que ese cuñado vengador no era experto en armas de fuego porque del disparo no le dio al capitán pero mató a uno de los curas, el cual casualmente era tío de la mujer del agresor y sustento de su propia familia. Con la confusión la gente pensó que el cura había sido muerto por el capitán y decidieron ir a por él. El párroco tuvo que meterlo en su casa donde permaneció varias horas hasta que el gobernador de Gata logró rescatarlo; pero en los incidentes murió el alférez, Tomé Hernández, que era vecino de Cilleros.

Ni que decir tiene que después hubo el correspondiente proceso en el que se produjeron numerosas condenas, aunque todos los condenados fueron perdonados por el rey merced a la intercesión del cura Manzano.

Pese a todas las medidas de precaución y la movilización casi general al final llegaron los portugueses, y no lo hicieron ni por el Norte ni por Valverde, sino a través del valle del Árrago. Tomaron Descargamaría y destruyeron cuanto encontraron a su paso. Todos los pueblos de la Sierra se unieron para atacar al invasor (en Descargamaría murieron los vecinos de Villamiel, Juan y Francisco Baile) al que causaron pérdidas notables, pero que no obstante logró retirarse a su país.

Nuestros paisanos decidieron pasar a la contraofensiva y los de Cilleros y Zarza, que como ya se dijo eran los mejor organizados, devolvieron con creces los golpes recibidos. E imitando al gato escaldado, nuestros entonces poco amables vecinos del otro lado de la raya dejaron de visitarnos por un tiempo; dedicaron sus molestos afanes a las tierras del Sur de la actual provincia de Salamanca, bastante más indefensas y por consiguiente más rentables para ellos.

Esa relativa paz animó a alguno de nuestros antepasados a poner en cultivo nuevas tierras. Así, en 1651 la Orden del Hospital concedió al vecino de Hoyos, Francisco Montero, permiso para plantar un olivar en terrenos de la dehesa de San Pedro. Uno de los motivos aducidos para justificar el permiso era precisamente la guerra con Portugal: “...y convenía no tan solamente se plantase lo que pide dicho Francisco Montero sino dicha toda dehesa, por estar por la guerra de Portugal de poco valor y no haber quien la paste ni arriende por la cercanía que tiene a Portugal, que de dicha dehesa a Portugal habrá cosa de dos leguas, y no se encuentra lugar alguno poblado en medio”, dice uno de los testigos llamados a declarar, de lo que cabe deducir que el campo de Trevejo, al que pertenecía San Pedro, estaba casi abandonado, y que tanto Torre Susana, Villalba y Casablanca estaban ya despoblados.

En esos intervalos de semipaz los vecinos de San Martín lograron terminar su iglesia parroquial, en la que se puso la última piedra el año 1653. Contribuyeron a ese buen fin las numerosas limosnas y donaciones de los habitantes de la villa. Ingresos no desdeñables fueron los aportados por las rentas de las fundaciones instituidas por el párroco don Juan García y el familiar del Santo Oficio don Juan Domínguez, junto a su esposa doña Catalina Hernández. La iglesia de San Martín fue, y es, una iglesia atípica, de dos naves y sin torre. Para suplir a ésta se aprovechó la de del fuerte destruido años antes por los portugueses distante de la nueva iglesia unos cien metros, y que tuvo que ser adaptada para instalar en ella las campanas. En sus sótanos, y hasta no hace mucho tiempo, siguieron estando los calabozos.

La paz volvió a quebrarse y una vez más por gente ajena a la Sierra. Ocurrió que unos ochenta jinetes de la zona Oeste de Ciudad Rodrigo se presentaron en Valverde del Fresno a finales del verano septiembre de 1656. Su intención era pasar a Portugal por esa parte de la Sierra, ya que la relativa paz había relajado la vigilancia a uno y otro lado del río Torto, y apoderarse de cuanto pudieran, recuperándose así de las pérdidas que les habían ocasionado los portugueses al quemarles sus cosechas durante el verano que estaba terminando.

Se encontraba entonces por casualidad en nuestra villa y en visita de inspección el sargento mayor comandante, diríamos hoy don Diego de Rueda, el cual trató de convencer a los salmantinos de lo arriesgado de sus propósitos. Pero los caballistas dieron al sargento mayor tales razones que lograron de éste no sólo la autorización sino el apoyo de un destacamento de cincuenta soldados mandados por un capitán. Los soldados debían adelantarse a los presuntos saqueadores, prepararles el terreno y poder así coger entre dos fuegos a los portugueses que, con seguridad, saldrían en persecución de los ladrones.

Esos preparativos a medio camino entre la expedición militar y el puro y simple abigeato llegaron a oídos de los portugueses, quienes además tuvieron la fortuna de apoderarse de un muchachuelo que imprudentemente se había adentrado con su rebaño más allá del Torto, lo que indica que la cosa estaba bastante pacífica por aquí. Por los expeditivos procedimientos de la época le hicieron confesar lo que sabía y hasta lo que imaginaba, que si bien no era mucho si era lo suficiente como para ponerse en guardia. La pretendida y secreta expedición sorpresa de saqueo resultó un fracaso que se saldó con numerosas bajas.

Triste hubiera sido si todo hubiera acabado ahí, pero ello no ocurrió. Los portugueses tomaron el incidente como una provocación y decidieron devolver nuestras malas intenciones con peores hechos suyos. Entraron en la Sierra con el casi usual número de 2.500 soldados e hicieron la metódica y usual requisa de ganado y víveres. La Sierra, siempre tan lejos y siempre tan abandonada, volvía a pagar las consecuencias de una acción en la que sus vecinos no habían tenido arte ni parte.

Dos años más tarde en 1658 don Sancho Manuel, nuestro viejo conocido de la toma y destrucción de Eljas, que había ascendido por indiscutibles méritos al cargo de gobernador de la Beira, decidió saber de la parte de la Sierra que aún no conocía. Con una pequeña tropa pequeña para el número de otras veces compuesta por 500 jinetes y 25 infantes entró por la abandonada Salvaleón, subió hasta Cilleros, pasó por Perales, Hoyos, Acebo, Villasbuenas, Gata, Torre, Robledillo y Descargamaría, es decir por los lugares peor fortificados y más indefensos de la comarca. Para no aburrirse fue quemándolos, y en forma especial los ayuntamientos, con el ánimo no confesado de que al destruir los archivos municipales crear después de su marcha múltiples problemas de gobernabilidad; se convirtió además en un rico ganadero ya que se llevó toda clase de bicho viviente. Satisfecha su curiosidad turísticodepredadora decidió no volver a poner los pies por aquí. En el futuro se dedicaría a visitar la zona de Zarza la Mayor y Alcántara, donde tampoco le fue mal.

Los problemas logísticos del ejército español que guarnecía la frontera con Portugal debían ser grandes y los problemas de alimentación de los altos y distinguidos nobles que lo comandaban insufribles. Tal vez fuese ese el motivo por el cual ninguno de ellos se dio jamás una vuelta por la Sierra. Pero bien que se acordaron de ella para aliviar sus penalidades.

El cuartel general de dicho ejército estaba en el hermoso y capaz fuerte de la Concepción, en Aldea del Obispo, pueblo próximo a Ciudad Rodrigo. Los alimentos frescos que llegaban al fuerte duraban poco en buenas condiciones. El duque de Osuna, que en 1662 era el capitán general de la frontera, pensó poner remedio a la cosa y para ello decidió proveerse de hielo en abundancia. La fábrica natural de hielo que le quedaba más a mano era la sierra de Jálama, así que ordenó a las tropas acantonadas en sus estribaciones que procedieran a la construcción del correspondiente nevero. Y como lo ordenó se hizo. Un pozo octogonal de cinco metros de diámetro y siete de profundidad, revestido en el interior con piedras de granito bien labradas y terminado en el fondo en forma de pirámide invertida sirvió para los exquisitos fines del señor duque. Es lo que los comarcanos conocen con el nombre de “nevera de Jálama”. (Acabada la guerra terminó también la misión culinariomilitar de la Nevera, pero los industriosos de la zona la aprovecharon para fabricar helados. Hoy es un montón de ruinas).

Las buenas comilonas a las que debió dedicarse el señor duque después del invento de la nevera de Jálama le hicieron perder destreza y por ello dos años después, julio de 1664, fue estrepitosamente derrotado por el general portugués Pedro Jacobo de Magalhaes.