El siglo XVII (III). Carlos II (1665/1700): La independencia de Portugal

Carlos II, enfermizo, retrasado mental y físico, tenía cinco años cuando falleció su padre. Inicialmente asumió la regencia su madre doña Mariana de Austria quien encargó el gobierno del jesuita alemán padre Nithard. Éste tuvo la extraña habilidad de enemistarse con todos, tanto con el pueblo llano como con la aristocracia y por si fuera poco tuvo que firmar el Tratado de Lisboa (1668) en el que la Monarquía (o España si se quiere decir así) reconocía la independencia de Portugal
Carlos II
Carlos II

Después de la gran derrota española en Montesclaros (1665) que causara la muerte de disgusto al buen vividor que fue Felipe IV y recién llegado al trono el pequeño e infeliz Carlos II ocupó la gobernación de la provincia de la Beira don Alfonso Hurtado de Castro Río y Mendoza, el cual había fijado su cuartel general en Penamacor. Una de las mayores desgracias que les podía ocurrir a nuestros antepasados, en la época que estamos estudiando, era que la provincia portuguesa de la Beira cambiase de gobernador. El nuevo jerifalte para justificar su nombramiento, enaltecer su amor patrio y poner a prueba la valentía y preparación de sus soldados se creía obligado a dañarnos cuanto pudiese.

Siguiendo la tradición, el nuevo gobernador ordenó que 100 hombres fueran a reconocer las fortificaciones de Cilleros y de paso ver si se encontraban con algo útil. Los cilleranos que dormían con la mosca en la oreja no se dejaron sorprender y los portugueses tuvieron que marcharse cariacontecidos. Pero tuvieron alguna suerte. En su retirada toparon con el clásico pastor despistado y le aliviaron del trabajo de guardar las 300 ovejas que tenía a su cuidado.

Simultáneamente, otro grupo intentó hacer lo mismo en Valverde. Bien fuera porque los valverdanos dormían en las mismas condiciones que los cilleranos, bien porque en Valverde estaba de guarnición parte del tercio de mercenarios extranjeros (casi todos alemanes y protestantes) que se había traído para reforzar la frontera y que tenía su cuartel en Coria, lo cierto es que los portugueses aquí no encontraron ni al pastor despistado y tuvieron que volver ante sus jefes llevándoles únicamente el mal humor.

Pero el gobernador de nombre kilométrico debía ser un hombre de ideas fijas y pensó que si ni por un extremo ni por el otro de la parte occidental de la Sierra había tenido éxito, lo mejor sería tirar por el medio. En medio de Cilleros y Valverde está el campo de Villamiel. El general reunió los 2.300 hombres de casi siempre de los cuales 600 iban a caballo y 400 eran mercenarios reclutados por uno de sus ayudantes, don Antonio Soares da Costa se puso al frente de ellos y entró en el campo de Villamiel (o campo de Trevejo, que viene a ser lo mismo) y aprovechando la noche subió hasta el pueblo más alto de la Sierra. Era la noche del 15 al 16 de diciembre de 1665.

Los villamelanos de entonces eran unos 1500. Los atacantes 2300. A pesar de que el pueblo estaba defendido por una compañía de caballería que tenía su sede en el reacondicionado fuerte, no había nada que hacer. En el próximo castillo de Trevejo había otra compañía de inválidos (soldados no aptos para las campañas militares) de la que poco o nada cabía esperar. Los de caballería abandonaron el fuerte que después del abandono fue volado por los portugueses y se refugiaron en el castillo. La gente se guareció en la iglesia y en la torre de ésta; ello no sirvió más que para aguantar unas horas. Al final no hubo más remedio que rendirse. Lo peor fue que mientras se decidía la rendición los portugueses entraron en las casas e hicieron acopio de cuanto tenía algún valor. Del escaso encarnizamiento de la lucha nos habla el número de bajas: un capitán portugués herido...al caerse de su espantadizo caballo.

Estando en Villamiel, el general portugués se enteró de que hacía dos días Valverde había sido abandonado por el tercio de extranjeros y que aún no había llegado su relevo, no quedando en la guarnición más que 300 soldados. Decidió no desperdiciar el viaje de retorno. Con sus 2300 hombres se presentó ante Valverde, dejando a un lado San Martín y Eljas que de momento consideraba piezas menores. El gobernador de Valverde viendo lo que se le venía encima trató de pactar una rendición honrosa. El portugués abusando de su superioridad exigió una rendición sin condiciones y así se hizo. Los portugueses registraron concienzudamente las casas, con la intención que cabe suponer. Únicamente la iglesia y las ermitas se libraron del saqueo porque el general, que presumía de ser buen católico, lo había prohibido. Por la noche minaron el fuerte que fue volado al amanecer al llegarles noticia de la próxima llegada del tercio de extranjeros tan inoportunamente relevado. Cuando los 1000 jinetes y 2000 infantes del relevo llegaron a Valverde los portugueses estaban ya felices en Penamacor.

Por cierto que entre el susodicho tercio de extranjeros, que tenía su cuartel general en Coria, trabajó bastante el famoso padre Cuneo, al cual dedicaremos unas líneas más adelante.

Tras las hazañas de don Alfonso Hurtado de Castro Río y Mendoza el ímpetu bélico perdió ardor en ambos bandos tanto por agotamiento como porque en ninguno de los dos países había una clara cabeza dirigente. Nuestro Carlos II además de corta edad tenía poca inteligencia; su Alfonso VI tenía más años pero no mayor capacidad mental. En España, la reina madre doña Mariana de Austria estaba más preocupada por afianzarse en la regencia que por la guerra; y en Portugal, el príncipe don Pedro dedicaba todos sus afanes a quitarle el trono y la mujer a su hermano Alfonso VI. La primera no conseguiría su objetivo; el segundo, sí.

Por el Tratado de Lisboa de 1668, España reconocía la independencia de Portugal. Con él se ponía fin a una larga guerra y todos, a uno y otro lado de la frontera, se pudieron dedicar a sus actividades de siempre, entre ellas el contrabando, sin sobresaltos añadidos.