El siglo XVII (IV). Carlos II (1665/1700). Los años difíciles

Después de la independencia de Portugal era preciso restañar las heridas que la guerra había dejado en nuestra comarca. Bien. Ya estábamos en paz con los vecinos del otro lado de la raya. Había que empezar a vivir, a restañar las heridas; pero el cuerpo social no estaba demasiado boyante. A los desastres que había ocasionado la guerra había que unir la galopante crisis de precios, las malas cosechas y las epidemias. Menos mal que los ministros de Carlos II viendo la gravedad de la situación decidieron no subir los impuestos
Ernita del Cordero en Acebo. JESÚS CARLOS RODRÍGUEZ ARROYO
Ernita del Cordero en Acebo. JESÚS CARLOS RODRÍGUEZ ARROYO

Coincidiendo con el ataque final de los portugueses (ofensivas contra Villamiel y Valverde del Fresno) se inició un cuatrienio de malas cosechas (de 1665 a 1668) acompañadas de las endémicas plagas de langosta. La consecuencia más inmediata fue que la hambruna -consustancial con la esencia de la Castilla de la época aumentase, hecho que provocó además del natural aumento de las defunciones la también natural y desenfrenada subida de los precios que hasta entonces y a pesar de la guerra se habían mantenido relativamente estables. Lo que en 1662 costaba 69 unidades (maravedís, reales, etc.) en 1670 costaba ya 90 unidades y nueve años después el precio se había elevado hasta 113.

Si toda subida de precios es mala, ésta tuvo la agravante de que el precio del trigo, del cual la Sierra era y es deficitaria, se duplicó en las dos cosechas que median entre 16761678. Y por si fuera poco ese mismo año de 1676 se inició una serie de epidemias de peste que a lo largo de nueve años diezmó la población del centro peninsular.

Para combatir la brutal subida de los precios el gobierno inició en 1680 una severa política deflacionista que, si bien e inicialmente, tuvo efectos muy graves para los menos favorecidos económicamente, consiguió que hacia 1686 el índice de precios hubiese bajado de 100 a 57,7. En medio quedaban los diez años terribles, desde 1677 a 1687, la Década Trágica de Castilla ha sido llamada por algunos. Después se iniciaría un lento pero continuado despegue económico que permitió encarar el siglo XVIII con el cierto optimismo que acompañó el acceso al trono español de los Borbones.

¿Y qué era, entretanto, de la gente? La guerra en primer lugar, las epidemias, las malas cosechas, el hambre, la irracionalidad del sistema impositivo, todos ellos fueron factores que llevaron a la aparición de numerosos despoblados: Puñonrostro, El Fresno (término de Gata), San Pedro, Torre la Mata, Villalba, Salvaleón,...son buenas muestras de ello.

Sobre el sistema impositivo conviene decir unas palabras.

El campesino tenía que pagar sus tributos al señor, bien fuera éste la Orden correspondiente o un noble. Únicamente Cadalso, que como ya hemos dicho había comprado su libertad, y tal vez Villamiel, estaban exentos de esa obligación. Sabemos que por ese concepto en la encomienda de Trevejo se pagaba por cada vecino a la Orden del Hospital una gallina (la “gallina foral”) o en su lugar, cien maravedís al año. Después venía el diezmo, que se pagaba a la iglesia, cuyo importe venía a ser por término medio entre diez y veinte veces más alto que el impuesto señorial. En la Sierra únicamente pagaban el diezmo a la iglesia diocesana Perales, Hoyos y Acebo del duque de Alba que pagaban a la de Coria, y Descargamaría que lo hacía a la de Ciudad Rodrigo; Robledillo entregaba su aportación a los premonstratenses, y los demás pueblos lo entregaban a las órdenes de Alcántara o del Hospital, como con bastante acritud dirían en repetidas ocasiones los curas.

A los impuestos anteriores había que agregar los de la Corona y los derivados de los consumos. De estos el más oneroso era el de los “millones”. Gravaba tres productos básicos: carne, vino y aceite. A la mayor parte de los pueblos se les asignaba por el gobierno una cantidad global, y el ayuntamiento, hacía el correspondiente reparto entre las familias. Como los ayuntamientos estaban dominados por las oligarquías locales y éstas no se gravaban a sí mismas se cargaba proporcionalmente más sobre los más indefensos. Si alguien escapaba de las garras del recaudador los hidalgos, por ejemplo su cuota se repartía entre el resto del vecindario, por lo que una vez fijada la cuota global del municipio a la existencia de menos vecinos correspondían más impuestos personales, y viceversa. Esa cuota únicamente se revisaba en el caso de que la población disminuyese entre el tercio y la mitad. Por ello, en numerosas ocasiones, cuando los vecinos eran pocos y al no poder demostrar la disminución de la población por carecer de un empadronamiento eficaz, los que quedaban preferían marcharse en grupo a otro pueblo donde con frecuencia pasaban a engrosar el cuantioso número de los pordioseros y pedigüeños. Así se despoblaron definitivamente los lugares que hemos citado líneas más arriba.

Lo notable del caso es que esos despoblados seguían manteniendo su existencia legal y fiscal durante bastantes años, con lo cual la Hacienda Pública iba acumulando impuestos impagados, que además imposibilitaban la repoblación, ya que los hipotéticos e incautos repobladores caso de que los hubiese tendrían que pechar con la deuda fiscal del pueblo abandonado.

Había una forma original de librarse de los impuestos estatales. Era la de criar ocho o más hijos, empeño no baladí habida cuenta de la alta mortalidad infantil. Desde los tiempos de Felipe IV el heroico padre que se arriesgase a mantener tamaña prole estaba exento de impuestos. Al igualarse así, fiscalmente a los hidalgos, el pueblo llamó a estos paladines de la paternidad “hidalgos de bragueta”.

A consecuencia de la guerra con Portugal, los pueblos estaban destruidos en gran parte. La expedición de don Sancho Manuel en 1658 había sido realmente devastadora. Muchos ayuntamientos con sus archivos, y todo lo que ello significaba, habían sido incendiados. La reorganización de la vida civil, sin unas normas bien definidas que regulasen los derechos y costumbres tradicionales no siempre era fácil. Ese debió ser el caso de Hoyos.

Acabada la guerra no se estableció de forma inmediata una normativa que sustituyera a los antiguos usos y costumbres, sobre todo en el aspecto fiscal, cuya documentación había desaparecido en la fecha y circunstancias indicadas. Para remediar los problemas que iban surgiendo el corregidor de Coria a cuya jurisdicción pertenecía Hoyos don Juan Pérez de Rivero hubo de dar unas nuevas ordenanzas. El duque de Alba, señor del pueblo, dio la aprobación a lo acordado por el corregidor.

La iglesia seguía siendo una institución fundamental. Hemos dicho con anterioridad que en la Sierra los diezmos eran cobrados en su mayor parte por las Ordenes Militares. ¿De qué vivían, pues, los sacerdotes? Fundamentalmente de los derechos de altar: misas, bodas, bautizos, entierros, etc.

En líneas generales puede decirse que cada párroco decía y cobraba una misa diariamente. Por cada misa solía abonarse entre real y medio y dos reales, es decir: el salario base de la época. Los sacerdotes que no eran párrocos no siempre cobraban una misa diaria porque bastantes de ellos se habían ordenado para disfrutar de algún vínculo o capellanía que les proporcionara casa o de la renta de fincas rústicas o urbanas que les permitían una vida llevadera; eran los sacerdotes ordenados a título de beneficio.

Mas con la crisis iniciada a comienzos de los años 70 dejaron de pagarse las rentas de las capellanías, vínculos y memorias. Ello colocó a los curas ordenados a título de beneficio en la misma situación de indigencia en la que se encontraban sus feligreses. Ante tal estado el obispo de Ciudad Rodrigo don Bernardo de los Ríos, por ejemplo, en una actitud que no le honra demasiado, ordenó en 1675 que se procediera judicialmente contra los morosos, quienes podrían llegar, incluso, a ser excomulgados.

Si la situación de los curas de la diócesis de Ciudad Rodrigo (a la que pertenecían algunos de nuestros pueblos) era realmente angustiosa no eran mucho mejores las de los demás del reino de Castilla. Ese mismo año (1675) el procurador del Estado eclesiástico se dirigió a la reina regente doña Mariana de Austria instándole a que tratase de solucionar el problema porque muchos párrocos “se hallaban obligados para sustentarse a ocuparse en ejercicios extraños y ajenos a su profesión, y a que los obispos usen del arbitrio de unir dos y tres lugares para que tengan congrua”, es decir: que algunos curas tenían que dedicarse a menesteres nada religiosos y los obispos tenían que conceder dos y tres parroquias a un mismo sacerdote para que éste pudiera obtener unos ingresos suficientes que aseguraran su sustento. Mas, si esa agrupación de parroquias aseguraba el sustento de los párrocos aquellos sacerdotes que no tenían esa condición tuvieron que seguir a esos ejercicios extraños y ajenos a su profesión de los que hablaba el procurador del Estado eclesiástico.

En aquella sociedad profundamente religiosa, uno de los cauces de participación de la gente en la vida colectiva eran las cofradías. Sus objetivos esenciales eran tanto la asistencia caritativa entre los cofrades como la ayuda al esplendor del culto en la festividad del titular de la cofradía.

Además de los domingos había al año unas 50 fiestas de precepto, muchas de ellas vinculadas a alguna cofradía. Éstas, pues, debían ser numerosas. En Villamiel hemos contado hasta once. La más notable de todas era la del Santísimo. Una de sus ordenanzas (la número 45) resulta hoy sorprendente aunque en la época debiera ser corriente: “Que ningún año se pase sin hacer comedia, auto y danzas el día de Corpus Christi...y...se trate de dar premio o premios a los que mejor fiesta hicieren o mejor invención sacaren”. Esa cofradía, que aún existe, había sido fundada en 1610 y tenía un cierto parecido con la del mismo nombre que había en Hoyos, y de la cual se habían tomado parte de los estatutos.

En Robledillo había otra cofradía del Santísimo fundada a comienzos del siglo XVI. No obstante la que tuvo –y tiene- mayor importancia fue la del Cristo. Esta cofradía le había encargado a Gregorio Fernández una imagen de Cristo yacente, que afortunadamente aún se conserva y venera.

Otra cofradía notable fue la de la Vera Cruz en San Martín de Trevejo, que era la administradora de la memoria pía fundada en 1576 por el sacerdote Miguel Hernández, y que había sido nuevamente regulada en 1603; entre sus cometidos más importantes estaba el reparto de paño a los pobres, dotación de ajuar a las huérfanas, gastos de cera en la iglesia y otros de menor importancia. Contaba con gran arraigo en la localidad y dados sus fines, con el apoyo de las autoridades.

Muchas de las cofradías tenían su propia ermita. Como quiera que entonces no había cementerios, y los enterramientos se hacían en el interior de las iglesias o ermitas o en un campo adyacente, algunas de ellas debieron servir para ese fin. Ese fue el caso de la de San Marcos y la del Espíritu Santo, ambas en Villamiel, y tal vez lo fuera también de la de San Amaro o San Mauro en San Martín de Trevejo e incluso la del Cordero en Acebo.

Si la crisis había hecho que muchos sacerdotes, sobre todo quienes no eran párrocos, tuvieran dificultades para sobrevivir porque se dejaban de pagar las rentas de beneficios y capellanías la proximidad de los conventos hizo que en numerosas ocasiones los ingresos del clero secular, los curas párrocos, también disminuyeran. Por eso, entre los conventos que estaban próximos al casco urbano y los párrocos respectivos surgieron con frecuencia lo que bien podríamos llamar conflictos de competencia e intereses.

Los frailes ponían más seriedad, menos rutina en las ceremonias religiosas y por si ello fuera poco cobraban menos que los curas por oficiar en ellas. Consecuencia: la gente encargaba a los frailes gran parte de los actos litúrgicos que devengaban un estipendio. Los párrocos, como era previsible y tal vez hasta natural, pasaron al ataque, y la guerra que en numerosas ocasiones alcanzó tintes pintorescos acabó cuando la buena voluntad de los frailes lo creyó conveniente. Veamos algunos casos.

En el convento de Hoyos. Poco después de que Pablo Pérez fundara el convento de Hoyos comenzaron en este lugar los conflictos entre el clero secular los curas y los frailes. El convento inicialmente había sido declarado exento, es decir, sin ningún tipo de dependencia respecto del párroco. Eso era lo normal, y generalmente no creaba problemas porque los conventos solían estar alejados de las poblaciones. En este caso no era así. La gente se aficionó a encargar al convento la celebración de aquellas ceremonias religiosas que a su vez no tenían carácter civil: misas, funerales, ofrendas en acción de gracias, etc. Las ceremonia que tenían efectos civiles y que habían de ser inscritas en el correspondiente libro registro, esto es: bautizos, matrimonios y entierros eran indefectiblemente realizados en la iglesia parroquial. El cura, que veía disminuidos sus ingresos se enfadó bastante y pidió a los frailes que le diesen la cuarta parte de cuanto cobrasen. Los frailes dijeron que no. El párroco se enfadó aún más y amenazó a sus poco fieles fieles con impedir el entierro en las dependencias parroquiales de aquellos difuntos por quienes él no hubiese celebrado previamente el correspondiente funeral. Ni así. Intentó entonces impedir la asistencia de la gente a los cultos que se celebraban en el convento. Tampoco. El pleito que se inició entre ambas partes fue largo. Lo perdió el cura; los ánimos se serenaron un tanto cuando los frailes accedieron, graciosamente a algunas de las peticiones del cura.

En el convento de Acebo. Sabemos que el convento de Acebo surgió del traslado del convento de Santiago de Villamiel, lugar este último donde los curas les hacían la vida imposible a los frailes. Pero si éstos se marcharon a Acebo fiados en las palabras de concordia del párroco de este lugar se llevaron una desagradable sorpresa. El párroco era del mismo estilo que los demás y siguió idéntico proceder: pedir a los frailes parte de sus beneficios. Ocurrió lo mismo que en Hoyos: pleito que ganaron los frailes en 1616 y cesión a alguna de las peticiones del párroco para lograr la concordia.

Uno de los religiosos más notables que vivió en este convento fue el lego fray Mateo Julián. Rezaba con tanto entusiasmo y devoción que a nada que se descuidaba vencía la ley de la gravedad y entraba en levitación. Como esto le ocurría en cualquier lugar, la cocina, la huerta,... daba lugar al consiguiente espectáculo. Sus hermanos de religión y la gente común, aunque sorprendidos, debían pasarlo en grande. De ahí le vino su justa y merecida fama.

En el convento de San Martín. No tenemos constancia de que en el convento de esta localidad hubiese rivalidades entre curas y frailes. Sí sabemos que en él vivió un fraile de fama notable: el padre Cuneo.

Marcos Cuneo era un alemán de Wertheim, nacido en 1618 en el seno de una noble y antigua familia católica. En el colegio jesuita de su ciudad natal recibió una esmerada educación humanística: cuando tenía veinte años dominaba el hebreo, griego y latín. Poco después murieron sus padres y el joven Marcos marchó a Roma para completar sus estudios. Estando en la Ciudad Eterna se alistó como voluntario, junto a otros compatriotas suyos, para venir a España como soldado en la guerra contra Portugal. Ya en nuestro país decidió cambiar de bando. Milicia por milicia prefirió la de Cristo. En 1650 profesó como franciscano en Ciudad Rodrigo.

Ocupó diversos cargos en los conventos de Trujillo, Plasencia ciudad ésta de la que cantaría sus glorias en 845 endecasílabos heroicos Cáceres y nuevamente Ciudad Rodrigo. Aquí se hizo amigo del canónigo don Frutos de Ayala, quien tiempo después fue promovido a la sede episcopal de Coria. El nuevo obispo rogó a su amigo Marcos Cuneo que se dedicase a evangelizar a sus antiguos compañeros de armas (los alemanes que guarnecían con el dudoso éxito que hemos visto nuestra frontera con Portugal) muchos de los cuales eran luteranos o unos descarados y descreídos. Sus éxitos fueron tan grandes que ganó fama de santo. Para huir de los fáciles aplausos mundanos se retiró al convento de San Martín de Trevejo donde pasó los últimos diez años de su vida agobiado por el sinfín de enfermedades con las que Dios suele probar a los elegidos. Como tantos otros de sus cualidades espirituales predijo la fecha y hora de su muerte, predicción que se cumplió a las dos de la mañana del día 15 de agosto de 1674. Murió en los naturales loor y olor de santidad, olor que se mantuvo varios años como pudo comprobarse cuando al levantar el sepulcro para enterrar a otro religioso se encontró su cuerpo incorrupto.