El siglo XX-5. Los ¿baldíos? Baldíos

Ya lo hemos dicho en alguna ocasión: los tíos (quiero decir los señores) que se dedican a las cuentas públicas tienen más imaginación para sacernos dinero que quienes se dedican a los cuentos, aunque en estos momentos tales señores parece que no tienen tanta imaginación y nos sangran por procedimientos antiguos. Un recurso al que con frecuencia han recurrido –y recurren- los hombres de la Hacienda pública es a privatizar, a vender, las propiedades del Reino, del Estado o como se quiera decir.  Un ejemplo de ello fue la venta de los Baldíos. 

 

Dehesa serrana. RAFAEL VELASCO
Dehesa serrana. RAFAEL VELASCO

Durante le Reconquista los reyes repartían el suelo útil (el que se podía aprovechar con fines agrarios) entre quienes iban a repoblar los territorios conquistados o lo adjudicaban a los concejos. Era prácticamente el mismo suelo que venían aprovechando los musulmanes. Pero, tanto . éstos como los nuevos pobladores cristianos en numerosas ocasiones dejaron sin repartir extensos territorios que por ser montañosos o muy boscosas tenían un difícil aprovechamiento. Los musulmanes los habían llamado baldíos (del árabe bâtil, que es el participio activo de un verbo que significa “ser inútil).

Estos terrenos sin un dueño concreto se adjudicaron en propiedad a la Corona. Como había más tierra que gente los reyes no tuvieron entonces, ni durante bastantes siglos después, ningún interés en ejercer esos derechos de propiedad sobre todas esas tierras. 

Pero a medida que aumentaba la población, para evitar los posibles conflictos que podían producirse si los terrenos baldíos pasasen a ser de propiedad privada por simple presura, esto es, por el simple hecho de que alguien se llamase dueño de ellos, los concejos comenzaron a regular su aprovechamiento, generalmente en beneficio de los vecinos aunque hubo numerosas ocasiones en las que esa regulación únicamente favoreció a los poderosos del lugar. Como defensa de esos baldíos que eran regulados por los concejos en ocasiones de les cercó y pasaron a llamarse dehesas (dehesa quiere decir defensa) boyales, comunales o con nombres similares. La Corona siguió sin mostrar ningún interés por ellos. 

Los baldíos generalmente se dedicaron al pastoreo o a la explotación forestal (madera para la construcción, leña para el hogar) e incluso para el cultivo en bancales tan abundantes en nuestra comarca.

Todo siguió así hasta el reinado de Felipe II. A éste, que siempre andaba sin un mal ducado a causa de su interés por defender los territorios de su familia en Europa (con harta frecuencia disimulado como defensa del catolicismo) los montoro de la época (quiere decirse los hacendistas de entonces) le aconsejaron que vendiese las dehesas y baldíos. (Recordemos que en esa época la villa de Gata le compró al rey la dehesa de El Fresno). 

Tanto la Mesta como muchos entendidos se opusieron a esas ventas, los arbitristas (los primeros que pusieron su imaginación al servicio de la creación de impuestos) e incluso las Cortes de Castilla se opusieron a esas ventas por entender que perjudicaban a la agricultura en general y al pequeño campesino en particular o lo que era lo mismo a la economía del reino. Pero, no hubo nada que hacer: el rey necesitaba dinero en forma acuciante.

Se vendieron las mejores dehesas comunales y muchos baldíos pero aún quedaron bastantes.  

En el siglo XVII los ilustrados, entre ellos Jovellanos, defensores a ultranza –y a veces por ello sin sentido- de la libre iniciativa volvieron a proponer que se vendieran los baldíos y los montes comunales (también que se anularan los mayorazgos y la amortización eclesiástica). Se les hizo caso a medias. Aún quedaron baldíos y tierras comunales.

Para no cansar: en el siglo XIX la desamortización civil acabó con la mayor parte de tales propiedades. En numerosos pueblos la gente se quedó sin la leña y el pasto de los que habían venido disfrutando tradicionalmente los vecinos. 

En Villamiel los baldíos no eran una finca susceptible de cerramiento ya que los formaban una especie de corona circular que circunda el término municipal (salvo por el Oeste, que es llano) por lo que su aprovechamiento era problemático, pero así y todo fueron vendidos. En 1889 las casi mil doscientas hectáreas de los baldíos de este pueblo fueron vueltos a adquirir, a título particular, por un vecino con el dinero aportado por casi todos ellos. Se había elegido esa fórmula legal para evitar que futuros gobiernos volvieran a llevar a cabo un proceso similar al de la desamortización y se volviese a privar al pueblo de unos bienes tan necesarios. 

Los Baldíos de Villamiel fueron inscritos, siempre a título particular, en el Registro de la Propiedad en 1911 y en 1913 fueron transformados por don Juan Pérez en Sociedad Anónima, que aún subsiste, al objeto de que real y legalmente todos los vecinos fuesen propietarios y beneficiarios de ellos. (Algo similar ocurrió en San Martín de Trevejo y en Cadalso). 

Como con el paso del tiempo la gente común dejó de tener su vaca o sus cabras porque le era más fácil comprar la leche o la carne y como ya no usaba leña porque le era más cómoda la bombona de gas butano, los Baldíos de Villamiel quedaron semiabandonados y el ayuntamiento se encargó de su administración. Viendo el mal estado de ellos nuestro hermano político el coronel don Pedro Rodríguez Martín (prematuramente desaparecido) procedió a una reconversión de las acciones y a una nueva redacción de los estatutos de la sociedad dándole el carácter eminentemente ganadero y rentable que tienen en la actualidad, conjugado todo ello con una protección ecológica adecuada. Prácticamente todas las familias del pueblo son accionistas de la Sociedad.