EL SIGLO XX-5. Villamiel y Trevejo: matrimonio de conveniencia

A consecuencia de las desamortizaciones civiles muchos ayuntamientos perdieron viabilidad económica. Eso es lo que le pasó al de Trevejo, el cual antes tampoco debía andar bien. Como consecuencia de ese mayor empobrecimiento, Trevejo que no podía mantener los escasos servicios mínimos que la legislación decimonónica exigía a los ayuntamientos, se vio forzado a pedir su supresión como municipio y a sus propias instancias se publicó la Real Orden de 30 de noviembre de 1859, en virtud de la cual quedó anexionado a Villamiel. Mas este matrimonio forzado no siempre funcionó bien

El castillo de Trevejo en el siglo XV.  Dibujo de Agustín Flores.jpg
El castillo de Trevejo en el siglo XV. Dibujo de Agustín Flores.jpg

Los vecinos de Trevejo nunca estuvieron conformes con la anexión de su pueblo al ayuntamiento de Villamiel porque eran ninguneados y sus intereses olvidados. Pero, aunque quisieran no podían recuperar su autonomía municipal.

En 1924 como consecuencia de las nuevas leyes dictadas por el gobierno del general Primo de Rivera sobre Haciendas Locales y por el descontento siempre latente en Trevejo desde su unión con Villamiel, los de Trevejo pidieron que su pueblo se constituyese en entidad menor de población, es decir, tener presupuesto propio aunque éste fuese administrado por el ayuntamiento de Villamiel, lo que más que nada era en ayuntamientos bien gobernados una complicación administrativa. 

Villamiel se opuso, pero el Tribunal Supremo, por sentencia dictada el día 12 de mayo de 1925, confirmó las aspiraciones trevejanas. 

El correspondiente deslinde de términos no se produjo hasta 1929; pero Trevejo no quedó conforme porque aspiraba a que se le reconociera como término propio el que anteriormente había tenido, indudablemente más extenso, y no el que se le atribuía ahora basado en criterios de proporcionalidad de población. 

Entre dimes y diretes pasaron cuatro años y Trevejo tuvo que recurrir nuevamente al Tribunal Supremo. El alto tribunal por sentencia del 17 de octubre de 1934 quitó la razón a los trevejanos. No les quedaba mas opción que vivir a sus cortas expensas o unirse, como barrio, y con los mismos derechos que los demás vecinos a Villamiel. Se optó por la última solución como mal menor. El acta correspondiente se firmó el día 29 de abril de 1935. 

En todo este lío jurídico había apoyado a los trevejanos su cura párroco, don Domingo Bazzarelli, a quien los de Villamiel acusaban de cazador furtivo y trabucaire, pero que en honor a la verdad no hacía más que defender a sus ovejas. Las ofensas e insultos de los villamelanos hacia el cura de Trevejo dieron bastante quehacer al juzgado de paz de la localidad. Cuando estalló la guerra civil, ese cura combativo hubo de ausentarse sin decir nada a nadie, porque en el incivil desconcierto de los primeros días de la contienda su vida estaba en peligro. 

Y así, con un Trevejo ignorado y aislado, sin más vía de comunicación entre los dos pueblos que la vieja e incómoda calzada medieval, siguieron las cosas hasta los años sesenta del siglo pasado. Entonces el alcalde José-Luis R. Berjano se esforzó porque se instalase en Trevejo una línea telefónica y en teleclub para que los sufridos trevejenos pudieran mandar avisos en casos de urgencia y tuvieran un lugar donde distraerse. 

Más tarde, en los setenta el alcalde José-Luis Guervós hizo el primer camino, de tierra y en medio del monte, a través del cual se podía acceder a Trevejo en coches todoterreno. También hizo un depósito de agua potable e instaló varias fuentes públicas.

Con el primer alcalde constitucional, cuyo nombre coincide con el del autor de este artículo, se construyó una buena carretera,  se hizo la red de distribución de agua a domicilio y la red de saneamiento, la localidad y el castillo fueron declarados bienes de interés cultural y la alcaldía se dio un Decreto,  que aún se sigue respetando, por el que se prohibía que en Trevejo se construyesen edificios con fachada de ladrillo y se encalasen las paredes exteriores de las casas. Los vecinos pudieron vivir así en las mismas condiciones que los de Villamiel y el pueblo pudo mantener su propio y singular carácter. Hoy es uno de los lugares más visitados de la Sierra.