Sierra de Gata en la Baja Edad Media. El conflictivo reinado de Enrique IV ((1454--1474)

De Enrique IV últimamente sabemos mucho, no siempre acertado, merced a Isabel, la serie de televisión que tanto y merecido éxito tiene. Como podemos ver en dicha serie fue el suyo un reinado conflictivo que afectó a todos los territorios de Castilla. Como es natural Sierra de Gata no iba a ser una excepción. Trataremos de ver lo relacionado con ella

Enrique IV
Enrique IV

A Enrique IV a quien la Historia llama el Impotente, las crónicas no lo dejan en muy buen lugar, entre otros motivos porque las principales de dichas crónicas fueron escritas durante el reinado de su hermana y sucesora Isabel I, Isabel la Católica, y había que tratar de justificar el acceso de ésta al trono que desde el punto de vista puramente legal era muy discutible.

Antes de entrar en materia, y como algo menor, digamos que nada más comenzar el reinado de Enrique IV parece ser que el comendador de Salvaleón se aburría. Dada su proximidad a la frontera y los continuos conflictos entre Portugal y Castilla, Salvaleón estaba prácticamente despoblado a pesar de los muchos privilegios que se le habían concedido. Como no es bueno que el hombre esté solo, el comendador decidió (1455) establecerse definitivamente en Eljas, villa donde debía haber bastante más marcha. A partir de esta fecha el susodicho quien desde 1428 se titulaba con el nombre de las dos villas pasó a hacerlo únicamente con el de Eljas.

El reinado de aquel hombre grandón (aunque en la serie de tv no lo parezca) y pusilánime que fue Enrique IV comenzó con sobresaltos y terminó igual o peor. El rey se empeño en una inútil y costosa guerra (14561458) contra el reino de Granada. Consecuencias: hambre y subida de impuestos.

Lo del hambre cual lo resolvió como mejor pudo, es decir: mal. En 1458, recién acabada la susodicha guerra el ayuntamiento de Ciudad Rodrigo autorizó a los vecinos de San Martín, Villamiel y Trevejo para que pudieran comprar en la ciudad y su tierra mil fanegas de trigo. Los motivos por los cuales se autorizaba la concesión eran tres, dos muy claros y el otro a lo mejor también: 1º. Ser año “abundoso de pan”; 2º.”Por la buena vecindad e cargos que tienen los dichos concejos”; 3º.”E por otras razones”, lo cual tal vez signifique: “porque nos da... la buena voluntad”. Vemos pues, que pese a la metedura de pata del comendador de Trevejo cuando lo de la torre de Villasrubias, en la cual nada tuvieron que ver los concejos de la encomienda, las buenas relaciones con Ciudad Rodrigo continuaban en el estado de siempre.

En lo de los impuestos la cosa fue peor. Para compensarse de los gastos de la guerra de Granada, al año de finalizar el rey pidió dinero a todos en concepto de moneda forera y pedidos. La moneda forera era un impuesto que se pagaba al rey cada siete años, y el pedido era un impuesto extraordinario que se exigía a todos los pueblos en caso de necesidad. A Ciudad Rodrigo y sus pueblos tuvieron que pagar:

Ciudad Rodrigo, 58.200 maravedises. Fuenteguinaldo, 5.690 maravedises. Valdárrago con Robledillo, Descargamaría y Puñonrostro que son de Lope Fernández Pacheco, 1.220 maravedises. San Martín de Trevejo, Villamiel y Trevejo, 9.480 maravedises. Eljas, 1.290 maravedises. Valdespino y Parra, 428 maravedises. (El Lope Fernández Pacheco, señor de Valdárrago del que habla el documento había muerto sin hijos; por sucesivas herencias Valdárrago había pasado a su sobrino nieto el veleidoso y taimado Juan Pacheco que tan importante papel tuvo durante el reinado de Enrique IV y tiene en la serie televisiva).

Este documento resulta interesante porque nos viene a decir, que:

1º. La encomienda de Trevejo debía ser bastante rentable, ya que sus pueblos eran, después de Ciudad Rodrigo, los que más pagaban.

2º. Que si alguna vez San Martín se había apellidado oficialmente de los Vinos, como se dice por algunos, ya había perdido el apelativo.

3º. Que el señorío sobre Valdárrago vinculado desde los tiempos de Enrique II a la familia Monroy, había pasado por el matrimonio del que se habló en su momento a los Pacheco mirobrigenses. 

En la segunda mitad del siglo XV se desarrollaron en Extremadura dos guerras civiles a veces tres en muchas ocasiones simultáneas. 1ª. Entre los Solís y los Monroy; 2ª. Entre todo el mundo y Enrique IV; 3ª. Entre Isabel (futura Isabel la Católica) y la Beltraneja. Hablemos sucintamente de ellas.

Don García Gómez (de Cáceres) y Solís era un joven, agraciado y pinturero hidalgo, natural de Cáceres, que fue introducido en la corte de Enrique IV por don Alonso de Sotomayor, hijo del maestre don Gutierre, a quien el rey había otorgado el título de marqués de Belalcázar. Un día, estando la corte en Valladolid corriendo toros salió uno tan bravo que nadie se atrevía a matarlo. Entonces saltó al ruedo el de Cáceres y entre fanfarrón e insensato se enfrentó al bicho. Logró acabar con él de un certero bajonazo. El valiente cacereño le cayó en gracia al rey quien según las malas leguas gustaba más de los donceles que de las doncellas, y sobre todo a don Beltrán de la Cueva, su favorito, quien según esas mismas lenguas gustaba de todo, incluida la esposa del rey, la hermosa doña Juana de Portugal. (Fruto de ese hipotético amor adulterino fue la infanta Juana motejada como la Beltraneja; esa misma reina tuvo con Pedro de Castilla y Fonseca, biznieto bastardo de Pedro I de Castilla, dos hijos gemelos que sí eran claramente adulterinos, como se ve en la serie de tv).

Cuando murió el célibe y a pesar de ello padre prolífico maestre de Alcántara don Gutierre, el rey pidió al papa, el valenciano Calixto III, que le concediera la administración de la Orden de Alcántara por un período de diez años para reponerse de los gastos que le acarreaba la guerra de Granada. El papa accedió. Acabada la guerra antes y peor de lo previsto, a petición de don Beltrán el rey nombró maestre de dicha Orden al pésimo torero pero buen matador que había sido don Garci Gómez (de Cáceres) y Solís, quien se convertía así en protagonista de una carrera política meteórica. Era el año 1458. El pinturero nuevo maestrecomo prueba de agradecimiento decidió llamarse únicamente Gómez de Cáceres, porque así lo llamaba el rey, con lo cual perdió nombre y apellido. Pero la pérdida bien valía la ganancia. También aspiraba al maestrazgo don Alonso de Monroy, clavero de Alcántara y sobrino del fallecido don Gutierre, quien poco después daría mucho que hablar.

El maestre Gómez de Cáceres, un ser perfectamente inútil, fue colocando a su familia lo mejor que pudo y sus más allegados se convirtieron en magníficos partidos matrimoniales. En 1464 tuvo que casar de prisa y corriendo a una hermana porque el trujillano Francisco de Hinojosa, un cazadotes, la había dejado embarazada. En el transcurso de la fiesta el novio fue herido por el citado clavero de Alcántara don Alonso de Monroy, su paisano, con el cual se llevaba cordialmente mal desde la más tierna infancia. Los hermanos y deudos de los novios quisieron matar al clavero a lo que se opuso el maestre temiendo, con razón, que los Monroy y sus parientes los Sotomayor y los Pachecos le hicieran frente a él tanto con las armas como en la corte. El presunto agresor fue encarcelado en Alcántara, pero logró escapar, dirigiéndose a Robledillo de Gata, donde encontró acogida por parte de sus primos los Pachecos; poco después pasó a Descargamaría.

Desde allí trató de hacer las paces y lo consiguió con otro primo, Rodrigo de Monroy, señor de la localidad de este nombre, al que en sus años mozos le había dado más de un disgusto con la aficaz ayuda tanto de la gente de Valdárrago como de su propio hermano Alonso, señor de Belvís y La Deleitosa. En resumen: todos los Monroy estaban unidos por primera vez desde hacía bastantes años, y los Monroy unidos, eran de lo más temible.

Al año siguiente, el maestre Gómez de Cáceres se unió a los rebeldes que habían proclamado rey al joven infante don Alfonso, frente a Enrique IV. El comendador de Trevejo también estaba entre los rebeldes. Este comendador de Trevejo se llamaba frey Diego Bernal y había sucedido en la encomienda a frey Rui Gonzalo de Sotomayor, el hijo del prolífico con Gutierre. Parece ser que fue Diego Bernal quien comenzó el acondicionamiento del castillo en la forma que hoy sus ruinas permiten entrever. En esas obras de acondicionamiento tomó parte del primer hidalgo conocido de Villamiel, de nombre Juan de Obregón, y de profesión, pues eso: obregón, maestro de obras.

Ciudad Rodrigo fue una de las pocas ciudades de importancia que permanecieron fieles al rey (era la tradición mirobrigense) frente al infante Alfonso y con Ciudad Rodrigo los pueblos de su tierra, salvo los de la encomienda de Trevejo. En premio a esa fidelidad el rey eximió perpetuamente a la ciudad (y presumiblemente a todos sus pueblos) del impuesto de moneda y pedido que tan caro les había costado pocos años antes.

Sabedor Enrique IV de la inquina existente entre el maestre Gómez de Cáceres y el clavero Alonso de Monroy y dada la proximidad de Valdárrago a Trevejo le mandó a don Alonso, quien estaba en Descargamaría, una carta desde Salamanca (5 de junio de 1465) ordenándole desalojase de Trevejo a frey Diego Bernal.

A pesar de que el rey había menospreciado con anterioridad a don Alonso, cuando éste pretendió suceder en el maestrazgo a su tío don Gutierre y en su lugar nombró a don Gómez, a pesar de que la mayor parte de Extremadura era hostil a la autoridad real, el clavero viendo en el mandato regio una magnífica oportunidad para perjudicar al clan de los Solís, abandonó su refugio de Descargamaría y puso sitio a Trevejo.

El comendador frey Diego Bernal se defendió bien aunque hubo algunos muertos, entre ellos el hidalgo y maestro de obras del castillo Juan de Obregón. Aprovechando la oscuridad de la noche, el de Monroy consiguió escalar las murallas y apoderarse de la fortaleza. Bien guarnecida ésta, don Alonso marchó a Belvís, donde en nombre del rey junto a su primo Fernando llamado el Bezudo (por tener los bezos o labios muy gruesos) preparó la próxima campaña contra el maestre.

Al año siguiente (1466) los primos Monroy atacaron Coria, en poder de un hermano del maestre, y tomaron la ciudad. Mas simultáneamente los Solís habían conquistado Trevejo. El 2 de enero de 1467 se llegó a un principio de acuerdo: los Monroy devolvían Coria y los prisioneros hechos en Trevejo (incluido el comendador Bernal) y el maestre Solís entregaba al clavero los castillos de Mayorga y Piedrabuena y le reconocía como comendador de Trevejo, aunque tendría que pasarle una pensión a frey Diego Bernal. Fin de la primera parte.

Hubo después una reconciliación entre el rey y dom Gómez, quien consiguió que el débil Enrique IV cediera Coria (1469) con el título de conde a Gutierre de Cáceres y Solís, hermano del maestre. Además de la ciudad entraban en la concesión todas sus tierras, entre ellas Perales, Hoyos y Acebo, esta última posible tenencia hasta ese momento de la Orden de Alcántara y que era así recuperada por la ciudad.

Los Monroy no vieron bien esa cesión y su guerra particular con los Solís se reactivó. El flamante conde de Coria se metió a causa de ella en gastos excesivos y tuvo que empeñar el condado y después venderlo a su tío, quien fue nombrado marqués de Coria y más tarde primer duque de Alba. Así fue como esos tres pueblos de la Sierra tuvieron nuevo señor.

En 1471 don Alonso de Monroy, dueño de hecho de toda la Sierra invernó en tierras de Santibáñez y en ellas se preparó concienzudamente para la próxima campaña contra los Solís, que pensaba había de ser la definitiva.

En efecto, al año siguiente, el rey depuso al ingrato maestre don Gómez, que se había vuelto a sublevar, y el clavero, de acuerdo con el antiguo y legal sistema de la Orden, se hizo elegir en su lugar. La elección fue ratificada cuando doce meses después murió el depuesto don Gómez.

Don Alonso de Monroy debía estar feliz con su ansiado maestrazgo. Pero la fortuna dura poco en casa del infortunado. Francisco Solís, sobrino del extinto don Gómez, le pidió a don Alonso la mano de una de sus hijas. (Don Alonso, como se ve, imitaba a su tío el desaparecido maestre dom Gutierre en lo del voto de castidad). El de Monroy, a pesar de su acreditado mal carácter debía ser un tanto padrazo, ya iba viejo y como consecuencia gustaba de la paz. Pensó que el enlace proyectado pondría fin a su guerra particular con la familia Solís. Accedió. Para ultimar los detalles acudió confiado a Magacela -a pesar a las advertencias que en sentido contrario le habían hecho sus amigos- donde se encontraba su futuro yerno,. El futuro yerno le recibió amablemente y le ofreció un espléndido banquete que a don Alonso no le sentó nada bien: se le sirvieron unos grilletes y fue reducido a prisión. Su primo Fernando de Monroy, el Bezuzo, que le había acompañado temió ser hecho prisionero y huyó. Frey Juan de Guerra, comendador de Villasbuenas y amigo de los Solís –quien por lo que dicen las crónicas era un bocazas- salió en su persecución; se enfrentaron cuerpo a cuerpo en Zalamea y el Bezuzo mató al presumido comendador. Pero, Francisco de Solís, el traidor y falso yerno del maestre don Alonso no perdió el tiempo: depuso a quien pudo ser su suegro y se hizo elegir maestre. Era el año 1474. Al depuesto maestre don Alonso de Monroy vamos a dejarlo momentáneamente en la prisión.

Tantas guerras, tantas calamidades, tenían como fruto lo de siempre: nuevos impuestos para nutrir las exhaustas arcas del Estado, y hambre por doquier.

Lo de los impuestos tuvo un reflejo en nuestra comarca cuando en 1474 el rey Enrique IV decidió sacar dinero de donde pudiera. Uno de los grupos sociales tradicionalmente expoliados en ocasiones similares eran los judíos. El rey, poco imaginativo, hizo un reparto de impuestos sobre las aljamas de éstos. A los de Gata les tocó pagar 2.500 maravedís, que visto lo pagado en 1459 por todo el Valdárrago parece una cantidad elevada, lo que nos lleva a pensar que o en Gata había muchos judíos o los que había eran ricos.

El hambre también se hizo notar. Los vecinos de Robledillo, bien dirigidos por sus señores, los Pacheco, y apoyados por las tropas fieles a don Alonso de Monroy, habían conseguido mantener relativamente tranquilo su término durante los pasados conflictos y habían impedido el paso por él de los combatientes de uno y otro bando; pero tenían problemas de abastecimiento. Tuvieron que recurrir, una vez más, como la mayor parte de los pueblos de la Sierra, al concejo de Ciudad Rodrigo. Este, en ese mismo año de 1474 acordó “que por cuanto el concejo y hombres buenos de Robledillo avyan(sic) buena vecindad e avyan resçibido grandes trabajos e fatigas en la guarda del puerto porque la dicha ciudad e su tierra no fuese robada” se les dejase sacar trigo de la ciudad. El puerto el que se refiere el concejo mirobrigense es el de Robledillo, en el que había un pequeño fuerte el Fortín que defendido por sus vecinos impidió la extensión de los problemas extremeños al Norte de la Sierra. Esa buena vecindad de la que habla el documento y que entonces proporcionó buenos beneficios a nuestros paisanos, al cabo de unos años les saldría bien costosa: pero, en fin, la buena vecindad es para las buenas y las malas ocasiones.

En diciembre de ese mismo año el rey murió en Madrid. Su cuerpo se trasladó, y allí sigue, a nuestro monasterio de Guadalupe. Cuando el bienintencionado lector vaya a ese monasterio que rece una oración por el pobre Enrique IV: fue un pésimo rey, pero como persona no fue malo del todo.

La Historia y la serie de televisión nos dicen que Isabel, hermana de padre del rey fallecido, se proclamó reina de Castilla después de variados dimes y diretes. Fue Isabel I a quien nadie conoce por ese nombre, sino por el de Isabel la Católica. Pero, esa es ya otra historia.