Sierra de Gata en la Baja Edad Media. Reinados de Enrique III y Juan II

En el siglo XIV los reyes de Castilla morían excesivamente jóvenes. Fernando IV lo hizo a los veintisiete años, Alfonso XI a los treinta y nueve, Pedro I fue asesinado cuando tenía treinta y cinco, su hermano y asesino Enrique II duró algo más: hasta los cuarenta y cinco, a Juan I lo quitó del medio un caballo recién cumplidos los treinta y dos. Esas muertes prematuras obligaron a regencias, casi siempre nefastas, que debilitaron el reino y que, como es lógico, tuvieron su influencia en nuestra comarca.

Juan II de Castilla
Juan II de Castilla

A Juan I le sucedió su hijo Enrique III (1390-1406) quien tenía once añitos. La regencia fue caótica: masacre de judíos, desórdenes provocados por las diferencias entre los regentes, etc., etc. Al cumplir los catorce años fue declarado mayor de edad.

A pesar de su siempre mala salud (la Historia lo conoce por ello con el apelativo de “el Doliente”) hizo lo que pudo y no lo hizo mal del todo: la casi tradicional guerrita con Portugal que acabó sin consecuencias, neutralización de la nobleza y de las burguesías urbanas con el nombramiento de corregidores o delegados regios en las principales ciudades, desarrollo del comercio castellano en el Atlántico, comienzo de la conquista de Canarias e incluso algo tan original como el intento de alianza frente a los turcos con Tamerlán, el emperador de los tártaros ante quien envió como embajador a Ruy González de Clavijo; el relato que éste dejó de su viaje es mucho más interesante y verosímil que el del famoso Marco Polo. Pero, el doliente Enrique III falleció cuando tenía veintisiete años. De los líos que hubo tras su muerte hablamos líneas abajo.

-Bueno, y de Sierra de Gata ¿qué?-, puede que pregunte alguno de nuestros paisanos-. ¿qué pasó aquí durante la época de Enrique III.

Pues la verdad es que poco. La Historia suele ser con harta frecuencia un relato de desgracias y afortunadamente durante ese reinado aquí, en nuestra tierra, no hubo demasiadas.

Por aquello de cubrir el expediente y rellenar páginas hablemos del raro ermitaño que fue Alonso Rodríguez, natural de Ciudad Rodrigo.

Todos tenemos la imagen de que los ermitaños eran pobres de solemnidad, sin embargo, éste era un ermitaño rico y por eso era raro. A finales de siglo para mitigar la paupérrima situación de las monjas del convento de Sancti Spiritus de Valdárrago (aquel que había fundado el canónigo Pedro, compañero de San Francisco de Asís) les donó una buena hacienda que poseía en la Ciudad, esto es en Ciudad Rodrigo.

Pero no fue eso lo más notable que hizo. Este raro, por rico, ermitaño tenía su eremitorio en el Hoyo, el lugar escabroso y casi inaccesible del término de Gata en el cual, según la tradición, había pensado fundar san Francisco de Asís un convento. Durante casi doscientos años no se pudo cumplir la la intención del santo en todos sus términos y allí lo más que había podido hacerse era una ermita en la que se había establecido el citado Alonso Rodríguez.

Cuando sintió que su muerte estaba próxima el armitaño marchó a Ciudad Rodrigo para hacer testamento. Dejaba todos sus bienes a los franciscanos para que éstos -con licencia de la Orden de Alcántara- erigieran un convento en el mismo paraje donde estaba la ermita. Los franciscanos cumplieron la última voluntad del rico ermitaño y en muy poco tiempo levantaron el que después sería famoso convento de Monte Coeli o Monteceli, del que tendremos ocasión de volver a hablar.

Cuando Enrique III el Doliente dejó de ser doliente y pasó a ser cadáver le sucedió su hijo Juan II (1406-1454) quien tenía un año de edad. Como es natural hubo de nombrarse un regente, cargo que se disputaron su madre Catalina de Lancáster y su tío Fernando (hermano de su padre). Hubo un reparto de poderes entre ambos.

El rey portugués, que seguía siendo Juan I aprovechó el lío de la regencia de Castilla y reivindicó por enésima vez Salvaleón, Navasfrías, Genestrosa y Valverde del Fresno, es decir prácticamente toda la encomienda de Salvaleón. El regente castellano don Fernando, llamado el de Antequera, se negó.

Ese don Fernando era un buen padre y era consciente que por su propia condición de segundón no tendría una gran fortuna y que por ello sus hijos serían unos entre tantos nobles con escasos recursos. Pero, no estaba decidido a que fuera así. Aprovechó su condición de regente del reino para que el año 1409 fuera elegido maestre de Alcántara don Sancho, quinto de sus hijos (tuvo siete) quien contaba ocho años de edad. Numerosos caballeros de la Orden se opusieron al capricho del regente y quisieron elegir a otro maestre, pero don Fernando recurrió al papa y Su Santidad dio por bueno el nombramiento del niño.

Por muy hijo del regente que fuera era evidente que dada su edad don Sancho no podía gobernar la Orden; en su nombre lo hizo don Juan de Sotomayor, hasta entonces maestresala del regente don Fernando. El gobernador mandó celebrar Capítulo General en Gata, en la iglesia de san Pedro, que posiblemente estuviese ubicada en el mismo lugar que la iglesia actual pero que no era la que hoy conocemos.

En 1412, como consecuencia del famoso compromiso de Caspe, el regente de Castilla, don Fernando de Antequera accedió al trono de Aragón con el nombre de Fernando I sin renunciar por ello a la regencia de Castilla. Como las dificultades para dotar a sus hijos de un buen patrimonio eran mayores en Aragón que en Castilla (aquí el rey tenía mayor poder) les procuró en este último reino pingües beneficios. A Juan, el segundogénito, alejado teóricamente del acceso al trono (aunque después llegara a ser rey de Aragón donde se le conoce como Juan II) le había hecho duque de Peñafiel; a Enrique, conde de Alburquerque y maestre de Santiago; a Sancho -ya citado- y a Pedro, maestres de Alcántara y Santiago, respectivamente.

No vamos a relatar aquí los hechos que tuvieron lugar en Castilla a causa de la codicia e intrigas de los infantes de Aragón, sino únicamente lo relacionado con nuestra comarca.

En 1416 fallecieron don Sancho, el jovencísimo maestre de Alcántara, y su padre el rey Fernando I de Aragón. Como Juan II de Castilla aún no había alcanzado la mayoría de edad el nuevo monarca aragonés, Alfonso V, encargó los asuntos de Castilla a su hermano el infante don Juan, duque de Peñafiel, quien pasó a ejercer la regencia junto a la reina madre doña Catalina de Lancáster. Poco después don Juan sería rey de Navarra por su matrimonio con doña Blanca sin renunciar por ello a la regencia de Castilla ni al ducado de Peñafiel. Consiguió que fuera elegido maestre de Alcántara don Juan de Sotomayor quien hasta el momento había venido siendo gobernador de ella.

Aceleremos el relato. Llegado a su mayoría de edad, don Juan II de Castilla entregó el poder al condestable don Álvaro de Luna. Uno de los propósitos más firmemente mantenidos por éste fue eliminar del poder a los ambiciosos infantes de Aragón. Año clave en ese propósito fue el de 1429. Ese año se decretó la expulsión de Castilla de los infantes don Enrique (conde de Alburquerque) y don Pedro (maestre de Santiago). Ninguno de los dos abandonó el reino porque fueron apoyados por su sobrino Alfonso V de Aragón, su hermano Juan de Navarra (también duque de Peñafiel) e incluso por Portugal donde se hallaba su hermana Leonor, casada desde el año anterior con don Duarte, heredero del trono.

Con el apoyo tácito de Portugal los reyes de Aragón y Navarra invadieron Castilla en defensa de los intereses de sus parientes los infantes expulsados. Don Juan de Sotomayor, maestre de Alcántara se puso al lado de los infantes de Aragón; otro tanto hizo el obispo de Coria don Martín Galos.

En el otoño de ese mismo año don Álvaro de Luna comenzó su campaña militar contra el infante don Enrique (conde de Alburquerque) y sus aliados. El maestre de Alcántara se sometió teóricamente, pero no así los infantes; don Pedro fue desposeído del maestrazgo de Santiago que pasó a administrar el mismísimo don Álvaro de Luna.

En 1430 y por presiones de Juan I de Portugal se firmó una tregua entre los contendientes, que fue aceptada por los reyes de Aragón y Navarra pero no por los infantes, refugiados en Alburquerque y Segura de la Sierra, quienes esperaban la ayuda de su cuñado don Duarte. Sabedor de ello don Álvaro de Luna se apresuró a firmar en Medina del Campo una paz con Portugal (,30 de octubre de 1431).

Entonces los infantes decidieron encabezar a todos los descontentos que había en Castilla con el gobierno de don Álvaro de Luna perjudicados por el intento de éste de reforzar la autoridad del rey. Para afianzar su dominio sobre la Orden de Santiago, don Álvaro de Luna depuso al maestre (el infante don Pedro). El maestre de Alcántara don Juan de Sotomayor recibió en Ceclavín a dos emisarios regios quienes le conminaron a mantenerse fiel. Como garantía le exigieron la entrega en condición de rehenes de sus sobrinos don Gutierre y hermanos, aunque solamente uno, el más joven, hubo de ir a servir a la Corte.

Aprovechando que gran parte del ejército real estaba atacando, una vez más, las tierras del reino de Granada, en 1432 los infantes se lanzaron a la rebeldía abierta. El maestre dom Juan de Sotomayor, en contra de su promesa del año anterior, se puso abiertamente al lado de los rebeldes a quienes entregó las fortalezas del maestrazgo. Don Gutierre, el sobrino del maestre entregado como rehén por su tío el maestre, viendo que la ventajosa situación lograda por su familia a la sombra de dom Juan estaba a punto de perderse por la equivocada política de su tío, lo abandonó y puso a Alcántara a disposición del rey, cuyas tropas entraron en la villa el 1 de julio de 1432. El infante don Pedro que estaba en ella fue hecho prisionero. Don Gutierre fue elegido maestre de Alcántara por un dócil Capítulo General reunido en la capital de la Orden mientras patrullaban por sus calles las tropas de don Álvaro de Luna.

La mayor parte de la Sierra, perteneciente en gran parte a la Orden de Alcántara, había sufrido las malas consecuencias de los disturbios citados. Tal vez por ello, en 1434 el maestre don Gutierre de Sotomayor (de quien se dice había pasado su juventud en Torre de don Miguel dedicado a la viticultura) decidiera liberar a esta villa y a la de Santibáñez del pedido que solían pagar al maestre.

A partir de entonces la Sierra estuvo en paz. Hubo, no obstante, pequeños sucesos que por problemas de espacio dejamos para otro artículo.