Sierra de Gata en la baja Edad Media (siglos XIV y XV). El reinado de Pedro I (1350-1369)

En el artículo de la semana pasada el autor hablaba del hermoso y prohibido amor entre Alfonso XI y Leonor de Guzmán. En éste, vuelve a las andadas y habla –casi con regodeo-- de lo mucho que se quisieron, también contra las normas, Pedro I y María de Padilla. Para justificar el título de esta serie de artículos dice algo, no demasiado, de lo que aconteció en Sierra de Gata donde, por otra parte, tampoco ocurrieron sucesos notables. Habrá que perdonarle porque como dijo hace siete días en lo único que cree es en la libertad y el amor, o acaso ¿en la libertad de amar?

 

Pedro I
Pedro I

A Alfonso XI le sucedió Pedro I, su único hijo legítimo, un personaje controvertido a quien los cronistas han llamado el Justiciero (los defensores de lo que hoy llamaríamos el pueblo) y el Cruel (los nobles). Ambos apelativos parecen estar justificados.

Tenía quince años cuando accedió al trono. Su inexperiencia y dudas facilitaron la creación de bandos nobiliarios y de ciudades a favor y en contra del rey. En esos bandos tuvieron una importancia decisiva sus hermanos bastardos (6 varones y una hembra) nacidos de Alfonso XI y Leonor de Guzmán, a tres de los cuales Pedro I mandó asesinar.

Cuando llevaba un año en el trono reunió Cortes en Valladolid (otoño de 1351 a la primavera de 1352). A alguna de sus sesiones acudió en persona y dijo una frase tan lapidario como: “Los reyes y los príncipes viven é regnan por la justicia, en la cual son tenudos de mantener é gobernar los sus pueblos, é la deben cumplir é guardar”. En esas Cortes se dieron leyes muy favorables para el pueblo llano muy agobiado por la peste negra y se reafirmó la alianza del pueblo con el rey que había iniciado su padre. Los nobles entendieron esa alianza como un ataque a sus privilegios y se alejaron de él o se pusieron abiertamente en contra suya, como hizo su medio hermano Enrique de Trastámara.

En 1352, cuando se dirigía a Asturias para luchar contra ese mal hermano conoció a María de Padilla, quien sería el gran y único amor de su vida. Pedro tenía diez y ocho años y María uno menos, Según las crónicas, María era “pequeña de cuerpo, pero grande en la hermosura, dotada de potencias y de genio agradable y compasivo”; en numerosas ocasiones a lo largo de sus nueve años de convivencia influyó en Pedro para que perdonase a nobles rebeldes. Pero, las normas tradicionales de la monarquía impedían que se casara con ella por no ser de estirpe regia.

Pedro I optó por hacer lo mismo que había hecho su padre: casarse con una princesa a la que no se ama para asegurar la sucesión el trono y vivir con la mujer amada a pesar de que no pueda casarse con ella. En 1353, el mismo año en el que María de Padilla lo hacía padre por primera vez, casó en Valladolid con Blanca de Borbón, sobrina del rey de Francia. La boda había sido concertada por su madre María de Portugal sin el permiso de Pedro. A los tres días de la boda el rey abandonó a su esposa y no volvió a verla jamás. ¿Qué había pasado? Se hicieron –y se siguen haciendo- conjeturas para todos los gustos. La más creíble: la nueva reina, un tanto insensata y casquivana total, había mantenido relaciones sexuales con Fadrique, hermano bastardo del rey, mientras éste la acompañaba en su viaje desde la frontera francesa a Valladolid. Puede ser cierto porque Pedro I siempre sintió una especial animadversión por este hermano a quien se dice asesinó personalmente en 1358.

Tras abandonar a Blanca, Pedro I volvió con su amada María de Padilla y Beatriz, la hija de ambos. Entonces, gran parte de la nobleza -incitada incluso por la reina madre María de Portugal- inició un movimiento de rebeldía encabezado por los hermanastros del rey: Enrique, conde de Trastámara (futuro Enrique II) y Fadrique, maestre de Santiago (el que según se decía había mantenido relaciones con Blanca de Borbón). A ellos se unió don Juan Alfonso de Alburquerque quien ese mismo año había caído en desgracia tras haber sido el árbitro de la corte como privado del rey. En una de sus múltiples acciones, estos tres últimos que venían de las tierras badajocenses de don Juan, otro hermano bastardo del rey, decidieron atacar Ciudad Rodrigo. Pasaron por la Sierra a través del puerto de Perales y llegaron hasta Robleda. Allí fueron detenidos y obligados a retroceder por el maestre alcantarino dom Pedro Alfonso de Pantoja. Los males no fueron demasiados.

Un año después (1354) de casarse y descasarse con Blanca de Borbón, Pedro volvió a contraer matrimonio. La nueva esposa era Juana de Castro, miembro de la nobleza gallega. Este matrimonio también fue fugaz e incluso declarado nulo; de él nació un hijo.

Pedro volvió con María quien le haría padre de otros tres hijos: Constanza, Isabel y Alfonso. Cuando Blanca de Borbón murió (1361) acaso asesinada por orden del rey, éste se casó con María de Padilla, su amor de siempre; pero, desgraciadamente para ambos la ¡por fin! reina falleció ese mismo año posiblemente a causa de la pesta. Acababa de cumplir los 27. Pedro I quedó desconsolado.

Un año después, en las Cortes de Sevilla declaró que su única y verdadera esposa había sido María. Las Cortes la reconocieron como reina y sus hijas fueron declaradas legítimas y por tanto con derecho a la sucesión. Ambos, el rey Pedro I y su amada esposa María de Padilla esperan juntos la resurrección en la capilla de los Reyes de la catedral de Sevilla. (Al quedarse viudo, Pedro I, de 28 años de edad, tuvo relaciones con, al menos, otras tres mujeres, pero ninguna logró borrar de su corazón el recuerdo de María).

Llevaba ya siete años reinando en Castilla Pedro I cuando accedió al trono de Portugal su tío, llamado también Pedro I. Como además del nombre, ambos tenían temperamentos muy similares a los dos los recuerda la historia con el apelativo de El Cruel decidieron entregarse mutuamente los enemigos de uno y otro refugiados en sus respectivos reinos, y que no eran pocos. Pedro I de Portugal tenía especial interés en sentar su real mano sobre los asesinos de su muy amada Inés de Castro (la historia de amor entre Pedro I de Portugal e Inés de Castro, hermanastra de Juana, la segunda esposa de Pedro I de Castilla, ha dado mucho juego en la literatura; se recomienda la lectura de la obra dramática “Reinar después de morir” de Luis Vélez de Guevara). Pedro I de Castilla se los entregó sin dilación. Únicamente pudo escapar, disfrazado de mendigo un tal Diego López Pacheco del que volveremos a oír hablar, años después, enredando en nuestra comarca. Por el momento dejémosle irse a tierras de Aragón, para ponerse a las órdenes de Enrique de Trastámara.

En 1362 fue elegido maestre de Alcántara dom Gutierre Gómez de Toledo, quien era prior en Castilla de la Orden del Hospital de San Juan. A este le sucedió en el maestrazgo y en el priorato dom Martín López de Córdoba.

Dada esa doble titulación: prior de San Juan y maestre de Alcántara cabe pensar que fuese entonces cuando la encomienda hospitalaria de Trevejo quedó vinculada como tenencia al maestrazgo de Alcántara, estado en el que se mantuvo hasta el siglo XV. Los escudos del castillo de Trevejo que además de la cruz de Malta (propia del Hospital) llevan el peral y las trabas de Alcántara nos recuerdan esa administración alcantarina de la encomienda hospitalaria.

Todos hemos oído hablar mil veces de la muerte a traición de Pedro I en los campos de Montiel. Tenía 35 años. Enrique de Trastámara, su hermano bastardo y asesino vejó su cadáver de forma harto indigna.

Según el testamento del rey asesinado el orden de sucesión recaía en Constanza e Isabel (hijas de María de Padilla) y en ausencia de éstas en Juan de Castilla y Castro (hijo de Pedro I y su fugaz esposa Juana de Castro). Pero, no ocurrió así. Enrique de Trastámara, el asesino usurpó el trono; la Historia lo conoce como Enrique II. Las dos hijas de Pedro estuvieron asediadas en un castillo hasta que lograron autorización para marchar a Inglaterra, donde casaron con príncipes ingleses. El otro presunto heredero, Juan de Castilla y Castro, tuvo menos suerte. El rey usurpador ordenó su prisión en el castillo de Soria donde permaneció hasta su muerte en 1405.