Sierra de Gata en la plena Edad Media (siglos XI a XIII). El final del período: guerras civiles

Con este artículo terminamos de exponer la situación de Sierra de Gata durante la Plena Edad Media de la que hemos venido hablando en semanas anteriores. Hablamos de las guerras civiles que sufrió el reino y por derivación nuestra comarca

Torre Campanario de San Martín
Torre Campanario de San Martín

Durante el reinado de Fernando III el Santo (1217 en Castilla, 1230 en León-1252) no ocurrió nada notable en la Sierra porque la Reconquista de Extremadura se había terminado y las relaciones con Portugal eran amistosas.

En el de su hijo y sucesor Alfonso X (1230-1284) inicialmente parecía que todo iba a seguir igual. En ese período inicial no hubo nada notable que reseñar, salvo cuestiones que podríamos calificar como de trámite: la ya sabida concesión de fuero a Villasbuenas (1256), el enésimo acuerdo obispo de Coria-Orden de Alcántara (1257), exenciones tributarias como la de pedido a Cadalso, Gata y Salvaleón (1257) o la de montazgo a las villas de Valdárrago (1257), la concesión hecha por el maestre de Alcántara a los vecinos de Cilleros (1266) para que toda la tierra que roturasen la pudieran considerar como de su propiedad, el intento de la Orden de San Juan de hacerse con Eljas mediante permuta con el rey por Serpa, Moura y Mourao (1271), la confirmación de la existencia (1281) del priorato de Santibáñez, la cesión de la Genestrosa a la Orden de Alcántara (1283).

Pero las cosas cambiaron al final del reinado. Don Alfonso X el Sabio era lo que su sobrenombre indica y como todos los sabios un tanto idealista. Imbuido del espíritu legal del Derecho romano, que entonces empezaba a enseñarse en las universidades, según el cual el hombre ha de estar sometido a la ley y no a las personas quiso hacer una reforma jurídica en ese sentido. Se encontró con la abierta oposición de la nobleza que rápidamente había entendido que las reformas regias le quitaban poder; el rey transigió pero siguió con sus ideales reformistas.

Como en la tradición jurídica goda (de la cual los reyes se consideraban herederos) la monarquía era, teóricamente, electiva, Alfonso X se empeñó en establecer de una vez y para siempre las normas de sucesión en el trono. Según las Siete Partidas (que en principio no tenían carácter legal) redactadas por orden del rey la sucesión debía ser por línea directa, por primogenitura y con preferencia del hombre sobre la mujer. En virtud de ello fue jurado como heredero su hijo mayor, don Fernando a quien por tener un pelo muy duro (una cerda) no se sabe bien si en el pecho o en la espalda se le conoce como Fernando de la Cerda. Mas éste, murió repentinamente (1275) y el rey en contra de sus propias teorías pero de acuerdo con la costumbre del reino proclamó heredero al segundo de sus propios hijos, don Sancho (el Sancho IV el Bravo de los libros de historia) en perjuicio del primogénito del muerto. Después de unos años de dimes y diretes para compensar a ese nieto postergado el monarca pensó nombrarlo rey de Jaén, aunque con dependencia de Castilla. No era una decisión muy sabia, sino más bien torpe- La opinión mayoritaria de quienes tenían algún poder estaba en contra de una nueva división por entender que la unidad del reino estaba por encima de la voluntad y potestad del monarca. Alfonso X se mantuvo en sus propósitos. Sancho no estuvo de acuerdo y se levantó en 1282 contra su padre, que se vio abandonado por gran parte de la nobleza. Únicamente sus hijos tercero, cuarto y quinto, los infantes don Pedro, don Juan y don Jaime, le permanecieron fieles, más por cálculo que por devoción filial.

Se inició entonces una guerra civil entre los partidarios del padre y los del hijo. El obispo de Coria y la Orden del Hospital se pusieron de parte del hijo, la de Alcántara se dividió y mientras el maestre apoyaba a Alfonso X, el comendador de Alcántara se inclinaba hacia el bando de Sancho.

Y aquí comienza otra parte de nuestra historia comarcal. El infante don Pedro, que era señor de Sabugal y Castel Rodrigo, aprovechando el río revuelto de la rebelión de su hermano y en presunta defensa de la legitimidad de su padre ordenó a uno de sus caballeros, don Fernando Gómez de Roa, que tomara las tierras próximas a las suyas. Y así lo intentó. Sitió Ciudad Rodrigo y Coria sin éxito alguno, pero asoló la Sierra de Gata “haciendo guerra a fuego y sangre como si fuera de moros”; el castillo de Salvaleón, por ejemplo, sufrió grandes daños. El maestre de Alcántara frey dom García Fernández Ambia, fiel al rey, encolerizado por la mala actuación de las tropas del infante, se enfrentó a ellas, liberó la Sierra y las hizo huir hasta refugiarse en Galisteo.

En 1284 murió el infante don Pedro, poco después el rey Alfonso X y unos días más tarde el maestre García Fernández. En su testamento, el rey desheredaba a su hijo Sancho y nombraba rey de Castilla y León a su nieto Alfonso de la Cerda; a los infantes sobrevivientes les hacía reyes: a don Juan (el de la futura indignidad en Tarifa) de Sevilla y Badajoz, a don Jaime de Murcia.

Mas, el nuevo rey Sancho IV (1284-1295) no estaba dispuesto a respetar la últimas voluntades de su padre.

Don Sancho arrebató a sus hermanos y sobrinos, en muy poco tiempo, todo cuanto les había concedido el rey Sabio. Pero entretanto, su cuñada doña Margarita de Narbona, la viuda de don Pedro (el que se había refugiado en Galisteo), apoyada por el infante don Juan pretendió apoderarse del valle del Coa y de Sierra de Gata. El maestre de Alcántara, Hernán Pérez, no sólo frenó la ambición de la viuda sino que privó a ésta de su villa de Sabugal.

Si la condición fronteriza de la Sierra durante la época de dominio musulmán había condicionado su historia, la condición de frontera con el reino de Portugal seguiría condicionando su futuro. Aprovechando el presunto vacío de poder en la frontera lusoleonesa derivado de las luchas entre el rey Sancho IV y su cuñada Margarita de Narbona, el infante Alfonso de Portugal, hermano del rey don Dionís, quiso ampliar sus dominios a costa de los territorios que en esa zona habían sido del fallecido infante don Pedro. Hizo correrías por Ciudad Rodrigo, la Sierra y la Transierra. El maestre de Alcántara frey dom Hernán Pérez impidió que el infante portugués consiguiera sus objetivos, pero para lograr que se éste se quedara tranquilo fue precisa la intervención directa de Sancho IV ante don Dionís, con quien se entrevistó el año 1287 en Sabugal.

A frey Hernán Pérez, como agradecimiento por la ayuda prestada, el rey le concedió (1293) diez mil maravedises de renta vitalicia a cobrar, en parte, de las décimas reales de Salvaleón.

En 1288 don Lope Díaz V de Haro (cuñado de Sancho IV y futuro fundador de Bilbao) quien en trance de perder su privanza con el rey estaba en camino hacia la abierta rebeldía, intentó realizar alguna acción de fuerza en tierra de Ciudad Rodrigo. Una vez más, el esforzado Hernán Pérez tuvo que poner freno a un presunto enemigo del reino.

Aunque las relaciones con Portugal habían mejorado notablemente, sobre todo por la inteligencia y buena voluntad de don Dionís, quien ya había advertido a Sancho IV sobre la peligrosa actitud de don Lope Díaz de Haro, era preciso darles un mayor realce. Ambos monarcas volvieron a entrevistarse en 1291 en Ciudad Rodrigo y acordaron un doble enlace matrimonial. Los infantes castellanos Fernando (el heredero) y Beatriz casarían con los portugueses Constanza y Alfonso (también heredero de su reino). Se establecía el intercambio de varias ciudades como garantía para el cumplimiento de esos acuerdos matrimoniales. En poder de don Dionís quedaba el valle del Coa.

Por entonces, la Orden de Alcántara procedió a organizar sus territorios. Entre los años 1284 y 1292 el maestre Hernán Pérez fundó el pueblo del mismo nombre y el obispo de Coria, protegido por el rey a quien había apoyado cuando éste se rebeló contra su padre, exigió la jurisdicción espiritual; fue preciso firmar una nueva concordia (1294). Por ella sabemos que además de en Santibáñez ya había comendador en Navasfrías y Moraleja. Al año siguiente, con fecha de 17 de abril y por documento firmado en la villa de Gata, el maestre hizo merced “al Concejo de la Torre de Don Miguel que sus ganados pudieran andar salvos y seguros por el término de Santibáñez y pacer las hierbas y beber las aguas como los de la tierra de Santibáñez, no haciendo daño en viñas ni en mieses ni en prados adehesados” con lo que se ponía fin, momentáneamente, a un largo enfrentamiento entre las dos localidades.

El año 1295 moría Sancho IV el Bravo, el irascible hubiera sido más correcto llamarle por lo dado que era a la ira. Le sucedía su hijo Fernando IV (12951312) quien como hemos dicho líneas arriba estaba prometido con la infanta portuguesa doña Constanza. El nuevo rey tenía nueve años y hubo de hacerse cargo de la regencia, su madre doña María de Molina. Su tío, el enredador infante don Juan (el de Tarifa y Guzmán el Bueno) hizo acto de presencia en las tierras de Coria; los infantes de la Cerda, primos del rey, le disputaban el trono. Castilla casi se hundió en la anarquía.

El rey don Dionís viendo que a través de las plazas portuguesas ocupadas por los castellanos como garantía de los acuerdos matrimoniales antedichos podía desestabilizarse su reino exigió la devolución de tales plazas. Doña María de Molina se negó a hacerlo mientras don Dionís no obrase de la misma forma. El rey portugués entró en guerra con Castilla. Y como no hay mal que cien años dure al final se firmó la previsible paz. En 1297, en virtud del tratado de Alcañices, CastillaLeón cedió a Portugal (además de Olivenza) toda la comarca del valle del Coa, cuna de la Orden de Alcántara, y con poblaciones de tanta raigambre leonesa y con tantas afinidades históricas y culturales con la Sierra de Gata, como Castel Rodrigo, Almeida, Vilar Maior, Alfayates y Sabugal. La tradición dice que el maestre Hernán Pérez, el gran perdedor según el tratado, llevó al pueblo que había fundado y dado su nombre a los criados que guardaban el convento de San Julián (donde había nacido la Orden) y que no querían servir al rey portugués

Con la pérdida del valle del Coa la parte más occidental de la Sierra quedaba un tanto desprotegida. La Corona, la reina regente doña María de Molina, sin dinero y con una fuerte oposición interna no estaba en condiciones de defenderla; a la ciudad de Coria propietaria de parte de la Sierra le pasaba lo mismo. La única autoridad con una cierta fuerza en la zona era la Orden de Alcántara; así lo entendió la reina doña María y en 1302 cedió a la Orden la fronteriza localidad de Eljas que hasta entonces había pertenecido a la ciudad de Coria.

El cambio de jurisdicción, de condición realenga a tierra de señorío, no fue bien acogido ni en Eljas ni en Coria y hubo una fuerte resistencia a la toma de posesión por los alcantarinos. Para congraciarse con los vecinos de Eljas el maestre frey dom Gonzalo Pérez Gallego pidió al rey (1304) que los vecinos de esta villa quedasen exentos de todo pecho y pedido señorial a lo que el rey accedió; pero la ciudad de Coria seguía mostrándose renuente. Había que acallar tal oposición y como la Corona estaba endeudada con la Orden el citado maestre consiguió que para cobrarse la deuda el rey le entregase en tenencia o gobierno (no en propiedad) la misma ciudad de Coria (1304) que así perdía su independencia jurisdiccional; en esa tenencia entraban también las aldeas de Perales, Hoyos y Acebo. Ni aun así la sometida ciudad se mostró conforme con la pérdida de Eljas; fue preciso que cuatro años después (16 octubre de 1308) el rey confirmase la donación e insinuase a los caurienses que en caso de resistencia podrían sobrevenirles males mayores; únicamente entonces se avino la ciudad de Coria a dar por válida la perdida de Eljas.

También hubo un intento de segregación de Acebo. Durante las guerras civiles ocurridas en la minoridad de Fernando IV se apoderó de esta villa don Alfonso de Molina (hijo de un primo del rey). Recuperada la paz, el rey hubo de hubo de confirmar (1310) la pertenencia de Acebo a la ciudad de Coria lo que equivalía a decir que Acebo debía ser administrado también por la Orden de Alcántara. (A estas alturas tal vez convenga dejar claro para evitar equívocos que ni la ciudad de Coria ni sus aldeas, Perales, Hoyos y Acebo, jamás fueron propiedad de la Orden de Alcántara, que ésta únicamente tuvo sobre ellas una tenencia, es decir, algo similar a una administración).

Caso aparte es el de Cilleros. Propiedad de Alcántara desde tiempo atrás, posiblemente desde 1219, y a pesar de que le era extensivo el fuero de Salvaleón, no debía tener una vida próspera. Ya hemos visto que para favorecer el asentamiento de la gente la Orden entregó la propiedad de la tierra a sus cultivadores (1266). Esa medida tampoco debió ser suficiente y el maestre le dio un nuevo fuero (1306) para que esta villa se “poblase y avecindase más”.

La tranquila encomienda de Trevejo de la Orden del Hospital gozó de un repentino acrecentamiento cuando en el reino de León se suprimió la Orden del Temple (1310). Los bienes que la desaparecida Orden poseía en la tierra de Ciudad Rodrigo se integraron en dicha encomienda; eran: la iglesia del Santo Sepulcro y el territorio conocido como el abadengo (las actuales dehesas de Valdespino de Arriba y de Abajo, próximas a Pastores). La encomienda de Trevejo quedaba, así, formada por: Trevejo, Villamiel, San Martín, Villasrubias, los dos Valdespino y las iglesias mirobrigenses de San Juan y el Santo Sepulcro.

Las cosas siguieron tranquilas por aquí durante bastante tiempo. Se torcieron un tanto cuando bastantes años después Alfonso XI tejió una hermosa telenovela de amores prohibidos. Pero esa historia pertenece a otra época y merece capítulo especial.