Sierra de Gata en la plena Edad Media (siglos XI a XIII). Sierra de Gata se santifica

Hemos hablado en artículos anteriores de la reconquista y del régimen jurídico de los pueblos de nuestra comarca, de cómo vivía la gente, de los restos arquitectónicos del románico e incluso de las obras singulares que son la Mujer Panzuda, en Villasbuenas de Gata y la Escarrapachá del Teso, en Villamiel. Hablaremos hoy de los primeros conventos e iglesias de los que tenemos constancia documental o simplemente tradicional o lo que es lo mismo de cómo Sierra de Gata se fue santificando.

 

Monasterio de Hoyos
Monasterio de Hoyos

Estas tierras tan agrestes, pero a la vez tan acogedoras e incluso protectoras, de valles recónditos con agua abundante y propio microclima en los que son posibles los más variados cultivos, han sido siempre un lugar ideal para quienes gustan de retirarse del mundo y dedicarse a la oración o al estudio. No es, pues, extraño que nada más ser reconquistadas definitivamente del poder del Islam se fuesen poblando de conventos.

Y tampoco es nada de extrañar que fuesen los franciscanos, los más unidos a Dios y a la madre Naturaleza, quienes encontrasen en la Sierra un ambiente adecuado para su unión con el Creador a través de las criaturas. Sierra de Gata no presume, pero debiera hacerlo, de haber sido una de las comarcas de más densidad y raigambre franciscana de España. La desamortización y el tiempo que refuerza el olvido hacen que vaya desapareciendo de nuestra memoria colectiva el recuerdo de aquellos beneméritos religiosos que tanto hicieron por nuestros antepasados. Sirvan estas líneas como propósito de enmienda. Recordemos los primeros conventos que se crearon aquí.

San Miguel, en San Martín. Sabemos que san Francisco de Asís peregrinó a Santiago de Compostela y que su estancia en la península puede datarse entre los días posteriores a Pentecostés del año 1214 y finales de 1215. En el viaje de retorno desde la ciudad del Apóstol, san Francisco se internó por tierras portuguesas de donde pasó a Ciudad Rodrigo. Desde allí, y acompañado por un canónigo compostelano –llamado cardenal en las crónicas por su vestimenta roja de nombre Pedro, quien había decidido imitar al pobre de Asís, recorrió la Sierra en búsqueda de un lugar adecuado para fundar un convento, si ello fuera posible.

El lugar en cuestión debía ser apartado, casi inaccesible y con agua abundante para que los frailes o las monjas pudieran bastarse a sí mismos mediante sus trabajos en la huerta.

La tradición dice que llegó hasta el hoy llamado puerto de Santa Clara (no olvidemos que Santa Clara de Asís es la fundadora de la rama femenina de la orden franciscana) entre San Martín de Trevejo y El Payo y que desde dicho lugar aconsejó fundar el eremitorio que después sería el convento de san Miguel en San Martín de Trevejo; pero, no hay constancia documental. Nos queda la duda, por el nombre del puerto, de si ese hipotético primer convento fue de monjas o de frailes.

2. Monte Coeli, el Águila y Sancti Spíritus de Valdárrago. Ambos siguieron caminando y el santo fundador recomendó hacer otro tanto en el Hoyo, en el corazón y término de Gata. Nacía el convento que se llamaría de Monte Coeli. El difícil caminar continuó y junto al río Árrago, en un paraje perteneciente en la actualidad a Descargamaría, el santo peregrino encontró el que creyó mejor emplazamiento. “Allí, al chorro del Aguila arderá siempre un hacha encendida, allí se servirá a Dios siempre”, fueron sus palabras según un cronista franciscano.

Cuando el santo de Asís regresó a Italia el canónigo Pedro edificó una ermita dedicada al Espíritu Santo y algunas mujeres comenzaron a vivir allí en “modo de beatas”, es decir dedicadas a la oración. Nacía el convento que después sería llamado Sancti Spíritus (Santispíritus en el habla popular) de Valdárrago.

Nuestra Señora de los Ángeles en Torrecilla. Poco después el canónigo Pedro dejó a las monjas y se trasladó como a una legua, junto al arroyo de la Meacera, (Meancera dicen algunos), al otro lado del Árrago, en término de Torrecilla, donde fundó el convento de Nuestra Señora de los Ángeles, para varones y en el cual fue enterrado cuando murió pocos años después.

Todos esos conventos tuvieron una vida gloriosa y un triste final. De ellos, y de los que se fundaron más tarde, hablaremos en otro momento.

Pero a esos conventos no tenía acceso la gente y la gente necesitaba iglesias para poder dirigirse a Dios. Las órdenes militares, y en especial la de Alcántara, a la vez que iban poblando o repoblando la Sierra y con la repoblación surgían nuevos pueblos o resurgían los antiguos los iban dotando de iglesias parroquiales. Con ellas renacieron también los viejos problemas de jurisdicción. ¿Quién había de dirigir la vida espiritual en esas nuevas iglesias: la Orden o el obispo diocesano? Hubo numerosos acuerdos y el resultado casi siempre fue el mismo: la orden construía la iglesia y el obispo nombraba al cura. Los ingresos que proporcionaba el culto se repartían entre ambas partes.

Ya hemos hablado de un primer acuerdo o concordia alcanzado en 1231 entre el obispo de Coria y el maestre alcantarino. Merced a ese documento y a una bula otorgada por Gregorio IX en 1235, sabemos que las posesiones de Alcántara en la Sierra eran, en la fecha indicada, las siguientes:

- Iglesias: San Pedro, en Santibáñez de Mascoras; Santa María, en Moraleja; Santa María, en Milana; San Juan, en Navasfrías (en la vertiento hoy salmantina de Sierra de Gata).

- Villas y castillos: villa de Moraleja, castillo de Santibáñez de Mascoras, villa de Navasfrías.

Y otras posesiones sin especificar en Penamacor y Sabugal, localidades actualmente portuguesas.

Prosiguió la repoblación, se hicieron nuevas iglesias y fueron necesarias nuevas concordias. Gracias a ellas podemos saber que localidades iban incorporándose a la historia. En 1251 se firmó la segunda. Otorgaron el documento el maestre de Alcántara Pedro Yáñez Novoa y el obispo de Coria don Sancho. Tres nuevas iglesias y con ellas tres pueblos se añaden a las anteriores: la de Malladas, la de Villasbuenas y la de la Moheda, cuyas fechas de nacimiento pueden datarse en los años inmediatamente anteriores.

En 1257 se repitió la ceremonia. Los interlocutores fueron ahora: por parte de Coria su obispo Pedro Fernández y por Alcántara el maestre Garci Fernández. Aparecen citadas las iglesias de Salvaleón, Cadalso y Gata, entre otras que no son de la Sierra. Por esa concordia vemos que Cadalso había cambiado de dueño espiritual al menos y pasado de la jurisdicción de la diócesis a la de la Orden y que Salvaleón como ya hemos dado a entender con anterioridad debía haber sido repoblado poco después de que recibiera su segundo fuero. Otro tanto ocurría con Gata, a la que apenas hacía cuatro años Alfonso X había llamado Hispania y los moros Albarranes aunque el resto del mundo ya la denominaba con su nombre actual.

En 1294 se firmará una nueva concordia. Iglesias en litigio: la sempiterna Salvaleón y Hernán Pérez, pueblo este último de recentísima fundación.

La otra orden que estaba presente en la Sierra era la del Hospital de San Juan de Jerusalén (hoy conocida como Orden de Malta) que regía la encomienda de Trevejo formada por el mismo Trevejo, Villamiel, San Martín y Villasrubias (esta última localidad está a ocho leguas de aquí y forma parte de la provincia de Salamanca). Cuando en 1235 los hospitalarios cedieron el despoblado de Villamiel a treinta vecinos lógicamente no había iglesia ni cura. La Orden se comprometía a nombrar un sacerdote antes de tres años y en caso de no hacerlo se facultaba a los vecinos para elegirlo ellos mismos, o lo que es equivalente, se otorgaba a los vecinos la capacidad de elegir a que diócesis, por qué obispo (puesto que el obispo era, y es, quien nombra a los sacerdotes para las respectivas parroquias) querían ser regidos espiritualmente. No sabemos si fue la Orden o fueron los vecinos lo cierto es que el cura vino de la diócesis de Ciudad Rodrigo a cuya jurisdicción pertenecieron tanto Villamiel como Trevejo y San Martín hasta 1958.

Y por hoy ya está bien. Dejemos a monjes y monjas, a curas y frailes con sus huertos y sus oraciones. Amén.