Siglo XVI (III). Felipe II (1556-1598): La rutina interior

Aunque durante el reinado de Felipe II España (Castilla sobre todo) estuvo casi permanentemente liada en guerras exteriores por defender los intereses de la Casa de Habsburgo y por el afán del rey de que todos sus súbditos siguieran siendo católicos (conflictos en los Países Bajos) en Castilla fue un período de tranquilidad que no se quebró ni con la sublevación de los moriscos ni con la miniguerra para incorporar a la Corona el reino de Portugal. No hubo, pues, en Sierra de Gata ningún suceso de importancia. Sólo la feliz rutina. Hablaremos de unas cuantas cosas, rutinarias, sin ninguna relación entre sí.
El licenciado Vidriera durmiendo entre paja
El licenciado Vidriera durmiendo entre paja

La mayor parte de nuestros pueblos se gobernaban según los viejos usos y costumbres forales recogidos en documentos dispersos o transmitidos oralmente. Si ante una ley escrita surgen las naturales diferencias de interpretación que dan de comer a los abogados, es evidente que ante una ley, una norma, no escrita o mal escrita esas diferencias han de ser mayores.

Eso ocurría, por ejemplo, en Torre de don Miguel. En 1549 el Visitador general de la Orden de Alcántara frey Diego López de Toledo, comendador de Herrera, ordenó que las costumbres jurídicas, privilegios, mercedes, etc. de la villa -que estaban dispersas en múltiples documentos- se recogiesen en un texto único y se le presentase éste, a él o a otro visitador, para su aprobación.

Una comisión de las autoridades y vecinos de Torre, diez y seis personas en total, se dedicaron a la redacción de unas Ordenanzas -algo así como una Constitución local- con rigor y método, cuyo texto –por desgracia- hoy desconocemos.

Una situación similar, es decir: multiplicidad de leyes y normas, debía darse en los demás pueblos de Sierra de Gata pertenecientes a la Orden. Por eso, en 1562 el Capítulo General redactó unas Ordenanzas con la intención de ser puestas en vigor en todos los pueblos del partido que no tuvieran otras aprobadas por el rey, que como ya sabemos era el administrador de todas las órdenes militares españolas. Lo que pretendía dicho Capítulo General era regular los impuestos y exacciones que tenían que pagar los vasallos.

Los vecinos de Torre de don Miguel con ordenanzas casi recién redactadas y presumiblemente aprobadas, como acabamos de ver, se sintieron agraviados porque alguna de las nuevas disposiciones contradecía sus derechos tradicionales. Recurrieron al Rey; éste mandó hacer información sobre tales agravios; mientras se sustanciaba su reclamación y para ayudar a ella el concejo redactó unas nuevas Ordenanzas entre las que había algunas muy curiosas, tales como la que autorizaba a matar los perros que hiciesen daño en los viñedos. El Gobernador de la Orden con buen criterio, no autorizó tales muertes “atento que la gente desta tierra es aparejada a ruydos y que podría haber escándalos”. Corregidas esas anomalías las Ordenanzas alcanzaron la sanción real en 1564.

El vino debía ser la principal riqueza de San Martín de Trevejo que en los mapas de la época aparece como San Martinho dos Vinhos. A ese vino parece referirse Cristóbal de Castillejo, el poeta mirobrigense que fuera secretario del Rey de Romanos, más tarde Fernando I de Alemania (hermano de Carlos V), quien y aunque no era aficionado a hablar de su tierra en una ocasión refiriéndose a un borrachín, escribió:

Fue devoto en demasía
especial de San Martín
y de los valles del Rin
y valle de Malvasía.

Los vinos del Rin y el llamado de Malvasía son muy conocidos al menos a nivel literario; el parangonar con ellos el de San Martín posiblemente nuestro San Martín de los Vinos era una muestra de su indudable buena calidad.

De otro vino de la comarca, el Maestro Gonzalo Correas -natural de Jaraíz de la Vera- recogió un refrán muy curioso y gráfico: “El vino de las Eljas me escalienta las orejas”1.

Pero quien se lleva la fama en cuestión de citas literarias es el vino de Descargamaría. Cervantes, en las primeras páginas de El licenciado Vidriera, sitúa al protagonista en Génova. En una hostería de dicha ciudad se ofrece al buenazo de Tomás Rodaja, y acompañantes, toda una grandiosa carta de vinos. Entre ellos, el último de la relación, es el del pueblo citado.

Uno de los subproductos de la elaboración del vino es el aguardiente. En el siglo XVI con menos persecuciones por parte de la autoridad se elaboraba más y con menos riesgo que ahora, donde a nada que te descuides te cae un multón de los que te dejan temblando.

En esa escuela doméstica y clandestina de destiladores, donde hemos aprendido cuantos vivimos en la Sierra, debió formarse inicialmente Diego de Santiago, nacido en San Martín de Trevejo y uno de los pocos personajes de la comarca que figura con todo merecimiento en los diccionarios enciclopédicos y en los libros de historia de la ciencia.

Pocas cosas sabemos de él. Que nació en San Martín de Trevejo en la segunda mitad del siglo XVI, es indudable, puesto que él mismo lo afirma en uno de sus libros; que trabajó en su pueblo natal, en Zamora, El Escorial y Sevilla también lo sabemos por él. En esta última ciudad publicó (1598) la más conocida de sus obras “Arte separatoria y modo de apartar todos los licores que se sacan por destilación para que las medicinas obren con mayor virtud y presteza”. En esa obra nuestro paisano hace una exposición, bastante moderna, del proceso de destilación fraccionada y de la obtención de productos por procedimientos químicos (entonces llamados alquímicos) aspecto éste que también en la época cabía incluir dentro del concepto de “arte separatoria”.

Diego de Santiago fue uno de los destiladores de Su Majestad en El Escorial y gozó de la protección de Felipe II, tan dado a patrocinar aquellos aspectos de la ciencia y las humanidades que no rozasen el dogma ni remotamente.

Pero nuestro paisano demostró su valía no sólo en el campo de la Ciencia, sino que también fue un experto en el dominio del idioma. Ciento cincuenta años después de su muerte fue incluido en el Catálogo de Autoridades de la Lengua, publicado por la Real Academia Española.

 Desde que Gata consiguiera una relativa independencia del comendador de Santibáñez su afán por mejorar el nivel de vida fue incesante. Una muestra de ello puede ser la autorización que consiguió de Carlos V, en 1552, para gastar el importe de las alcabalas (el IVA de la época) sobre la carne, el pescado y el vino en la reparación del camino del puerto que comunicaba con Castilla. (Por cierto, ¿qué pescado y de dónde procedía el que se consumía entonces en Gata?).

Como las alcabalas debieron resultar insuficientes para tal fin el concejo consiguió de Felipe II, en 1577, que el importe de dicha obra fuese repartido entre los vecinos.

En la misma época Gata se vio envuelta en una serie de inversiones que a la vez que hablan del alto nivel económico conseguido nos reflejan también la presión fiscal a la que los gateños debieron estar sometidos.

Además de pechar con la construcción del templo parroquial, cuyas obras estaban en pleno apogeo, y el camino antedicho, los gateños tuvieron que entregar a Felipe II (1575) 5.000 ducados (1.875.000 maravedís) para evitar que el monarca vendiese la dehesa de El Fresno al omnipresente duque de Alba. Como el concejo no tenía tan elevada cantidad tuvo que pedir un préstamo. Le fue concedido por el capitán don Juan de Figueroa, doña Isabel de Paredes, y la iglesia local que tuvo que distraer fondos de su propia empresa, la construcción del templo parroquial, con el fin de evitar tan grave perjuicio para el vecindario. Con el objeto de que el concejo pudiese amortizar el cuantioso préstamo el rey le dio permiso para arrendar la mitad de la dehesa de La Moheda (la otra mitad pertenecía a Santibáñez, Cadalso, Torre y Hernán Pérez), la mitad de la dehesa boyal de la villa y El Fresno.

No sabemos si como precaución para evitar nuevas y desagradables sorpresas por parte del pedigüeño y siempre arruinado Felipe II, o si fue por pura y simple generosidad, el caso es que los gateños aún pudieron encontrar 50.000 maravedís que generosamente ofrecieron al rey como contribución a la guerra de Flandes, e incluso algunos vecinos se alistaron como voluntarios para tal empresa. El rey en agradecimiento dio a la villa parte de la dehesa de Jarallana.

Otra muestra más de esa boyanza de Gata la tenemos en la declaración de la villa como cabeza de partido. Felipe II, excelente funcionario, dividió el territorio de la Orden de Alcántara en cuatro partidos. Dada la prosperidad de Gata, que sin duda era el pueblo más boyante de la Sierra, se convirtió en la capital de uno de ellos y en la residencia del juez. Estaban sujetos a este partido Gata, Torre, Santibáñez, Cadalso, Hernán Pérez, El Campo, Moraleja, Cilleros, Eljas y Valverde del Fresno. Era la primera vez en siglos de historia en la cual la mayor parte de Sierra de Gata tenía un organismo común, formaba una unidad claramente diferenciada.

Por cuestiones de jurisdicción derivadas del nuevo partido fue preciso delimitar el territorio con el corregimiento de Ciudad Rodrigo, al que como ya hemos dicho en reiteradas ocasiones pertenecían los pueblos de Valdárrago y los de la encomienda de Trevejo. Al no llegarse a un acuerdo entre los diversos concejos, se propusieron como testigos a dos ancianos que conocían bien la Sierra. Uno de ellos era el ermitaño de Santa Clara (en el límite entre San Martín y El Payo). Los de Gata sospechaban que el testimonio del viejo no les iba a ser nada favorable pensaron que lo mejor era quitárselo de en medio. Y cuando los enviados judiciales fueron a buscarlo para llevarlo ante el juez y tomarle declaración el viejo ermitaño había desaparecido. Así y todo Gata, perdió el pleito.

La Hacienda de la España de Felipe II aquella en la que no se ponía el sol allá en los finales del siglo XVI no tenía casi un mal ducado y las posibilidades de obtenerlo eran escasas. Muchas de las rentas de la Corona estaban empeñadas y en pagar los intereses de los préstamos se iba una cantidad considerable del dinero recaudado por el Estado (es decir: pasaba algo parecido a lo de hoy). Pero los señores de la Hacienda Pública, los señores de las cuentas quienes para desgracia de los contribuyentes tienen más imaginación que quienes se dedican a los cuentos, se inventaron un nuevo impuesto: el de “millones”, así llamado por el número de ducados que habría de entregar el reino al monarca. Las Cortes de 1590 acordaron pagar 8 millones de ducados en el plazo de seis años. En principio, el nuevo impuesto debiera gravar el consumo, pero como ello podía resultar un tanto complicado se terminó pagando por familia, o por vecino, como se decía entonces. Por ese motivo se hizo el año siguiente un recuento de quienes vivían en cada localidad de Castilla; es el famoso Censo de la Corona de Castilla o Vecindario de 1591. Por él sabemos, o al menos nos damos una idea de cómo eran nuestros pueblos. Podemos ver que la localidad mayor de la Sierra era San Martín de Trevejo (que se aproximaba a Coria en cuanto a su población); figura también el número de hidalgos (que en esta ocasión sí tuvieron que pagar), el de sacerdotes seculares (clérigos) e incluso el de frailes, quienes no tenían derecho de vecindad y por ello no estaban sujetos al nuevo impuesto.

De la provincia de Salamanca eran: Acebo, Cilleros, Descargamaría, Eljas, Hoyos, Perales, Puñonrostro, Robledillo, San Martín, Trevejo, Valverde y Villamiel.

De la de Trujillo: Cadalso, Gata, Hernán Pérez, Santibáñez, Torrecilla, Torre de don Miguel y Villasbuenas.

La ciudad de Coria, o lo que es lo mismo, el duque de Alba ejercía el señorío sobre Perales, Hoyos y Acebo. El conde de Benavente y de Oropesa, a la vez marqués de Villena, era señor de Cadalso, Descargamaría, Puñonrostro y Robledillo. De la Orden del Hospital o de San Juan dependían San Martín, Trevejo y Villamiel además de Villasrubias, que como ya hemos dicho tantas veces era de la encomienda de Trevejo. Villasbuenas era un señorío particular; pero quien sin duda alguna tenía mayor influencia en la Sierra era la Orden de Alcántara, señora de las demás localidades.

 Hemos dicho en artículos anteriores que Villasbuenas era una localidad dependiente de la Orden de Alcántara a la que posiblemente había otorgado fuero en 1256.

En 1554 la princesa doña Juana, hermana y regente en nombre de Felipe II, con el permiso del papa separó de la Orden de Alcántara diversos bienes con la clara finalidad de ponerlos en venta o pagar con ellos las deudas contraídas por el rey. Uno de esos bienes era la encomienda de Villasbuenas cuyas rentas se valoraron en 211.999 maravedíes. Entre quienes habían prestado dinero al rey se encontraba don Rodrigo Messía y Carrillo (casado con doña Mayor de Fonseca y Toledo) quien en 1552 le había prestado 8.000 ducados o lo que es lo mismo 3 cuentos o millones de maravedíes los cuales devengaban una renta por intereses de 214.284 maravedíes. Como las rentas de la encomienda de Villasbuenas y las del préstamo hecho por don Rodrigo Messía eran prácticamente igual el rey decidió cedérsela con todos “sus términos e con otro cualquier derecho”. Fecha: 16 de mayo de 1556, y así nuestra villa dejó de ser señorío de la Orden de Alcántara para serlo de un particular.

Mientras Pedro de Ibarra, uno de los grandes arquitectos españoles del siglo XVI, fue Maestro Mayor de Obras de la Orden de Alcántara los castillos pertenecientes a ésta fueron parcheándose como mejor se pudo e incluso se levantaron nuevas torres en algunos de ellos, como en el de Eljas, por ejemplo. Consta que dicho arquitecto dirigió también obras de consolidación en el de Santibáñez; pero así y todo este castillo pronto fue abandonado.

Al terminar el siglo fue nombrado comendador de Santibáñez don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, virrey de Nápoles y gran canciller de las Indias. Si ya con anterioridad se daba un cierto absentismo entre los comendadores, ahora con mucho más motivo. Tan encopetado personaje, a quien sirvieron entre otros Lope de Vega y Cervantes, ni que decir tiene que jamás pensó en poner los pies por aquí. Lo único que le interesó fueron las rentas que puntualmente debía enviarle el administrador de turno. Después de él ningún otro comendador volvió a tener su residencia en la comarca. El más grande y fuerte castillo de la Sierra comenzó a declinar. Peor le había ido al de la Almenara que en 1581 estaba ya abandonado y ruinoso.

(1) HERNANDEZ VEGAS, op. cit., vol. II, pág. 120.