Siglo XVIII. La personalidad de Felipe V

El día 1 de noviembre del año 1700 moría el infortunado Carlos II y cinco días después el jovencísimo duque de Anjou era proclamado en París rey de España en presencia de su abuelo Luis XIV, con el nombre de Felipe V. Con él se iniciaba en España la dinastía de Borbón que después de tres destronamientos sigue en el trono de nuestro país. Por una vez, sin que sirva de precedente y por pura diversión dejamos a un lado la Historia de Sierra de Gata, y vamos a dedicar un artículo a la historia cotilla o lo que es lo mismo a la extraña personalidad del nuevo rey.
Felipe V en 1701
Felipe V en 1701

Tres meses después de su proclamación el nuevo rey llegó a Madrid rodeado del entusiasmo de todo el país y sin sensibles manifestaciones de descontento en ninguna de las posesiones de la Monarquía en Europa. Algunos nostálgicos recordaban que hacía casi doscientos años Carlos I, otro monarca de su misma edad diecisiete años y que tampoco sabía una palabra de castellano llegaba para inaugurar dinastía y llevar a España al primer puesto de la política europea. Los españoles pensaban que esta otra nueva dinastía podía devolverles el preeminente lugar perdido.

.El joven rey parecía bien dispuesto a todo. Como estaba en la edad en la que el cuerpo pide solazarse era necesario buscarle novia. Su abuelo la encontró en Saboya. Se llamaba María Luisa Gabriela y tenía trece años; los casaron el 2 de noviembre de 1701.

La noche de bodas resultó una catástrofe. La recién casada reina, una niña, tenía pánico a acostarse por primera vez con un hombre que para mayor inquietud le era plenamente desconocido. Cuando se retiraba a la alcoba nupcial vio la cantidad de mirones que estaban dispuestos a ver como se consumaba el matrimonio y se asustó aún más. Entró, cerró la puerta, comenzó a llorar, a despotricar contra los “salvajes españoles” y a decir que quería volver a casa con mamá. Y así estuvo tres días.

Al cuarto día, la reina niña María Luisa comprobó que su actitud no le servía de nada y se rindió. Se consumó el matrimonio, sin mirones. La cosa fue tan bien que una cotilla de la época, la princesa de los Ursinos, escribía a Luis XIV y le decía: “no hay manera alguna de que el Rey abandone la alcoba y por su gusto estaría todo el día en la cama con la Reina”.

Los recién casados se tomaron tanta afición que cualquier hora y lugar les parecían adecuados. Por ejemplo: todos hemos sido adolescentes; entonces nos gustaba jugar al escondite con las mocitas de nuestra edad; cuando ellas dejaban que descubriéramos donde estaban les robábamos un beso y nos ganábamos una bofetada (dada por ellas sin mucho convencimiento) que nos sabía a gloria; pero, la cosa no pasaba a mayores. Los recién casados reyes, al fin y al cabo otros adolescentes, hacían lo mismo en cualquier lugar de palacio, con la diferencia de que cuando el joven rey Felipe encontraba a la reina niña María Luisa la cosa pasaba a mayores y a menores allí mismo. Las mojigatas damas españolas, tan acostumbradas a la aburrida corte de los Austrias, estaban escandalizadas. Los aguafiestas confesores reales le decían al rey que eso era pecado, que el matrimonio era para la procreación pero no para la diversión. Resultado: el rey, que era un católico ferviente, sentía problemas de conciencia. Acabó acostumbrándose a ir de la cama (o del escondite) al confesionario y al revés.

La dependencia de Felipe V de la reina María Luisa era total y la voluntad de ésta se impuso en todos los asuntos, tanto los privados como los públicos.

Llevaban dos meses casados, es decir, estaban en las dulzuras de la luna de miel cuando Felipe V se vio obligado por su abuelo Luis XVI a marchar a Nápoles, que se había sublevado. El 8 de enero de 1702 embarcó en Barcelona. Dejaba como regente a María Luisa quien a pesar del dolor por la soledad en la que quedaba y de su poca edad gobernó muy sensatamente. El rey pacificó Nápoles. Después marchó al ducado de Milán (territorio de la Monarquía atacado por los austriacos). En las diversas batallas en las que participó se comportó con tintes casi temerarios (por ello se le llamó el Animoso); pero, añoraba a su María Luisa, cayó en una profunda depresión y decidió regresar a Madrid donde entraba entre los vítores de los madrileños el 13 de enero de 1703. Había estado un año sin ver a su amada esposa y sin mantener relaciones sexuales con nadie. El reencuentro fue apoteósico (en el sentido exacto del término: de intensidad divina) y el amable lector puede imaginárselo como quiera, pero seguro que se queda corto.

Lo malo fue que el rey comenzó a pasar de cortos períodos de euforia y alegría a otros más largos de tristeza y depresión (los psiquiatras llaman a esto trastorno bipolar). Su afición por la reina seguía constante y se encerraba con ella en la alcoba durante meses (los entendidos en lo de la psique, psiquiatras y psicológos, llaman a esa desmedida afición por la mujer o las mujeres satirismo y algunos historiadores dicen que es una característica de los Borbones). Durante los períodos que pasaba encerrado ni se aseaba ni se vestía. En resumen: el rey era un enfermo mental.

Se ha dicho que el príncipe don Juan, el heredero de los Reyes Católicos, murió de agotamiento seis meses después de su boda. Alguien pensaba que a Felipe V podía ocurrirle lo mismo; pero, no; quien murió (14 de febrero de 1714) agotada, cuando tenía 25 años de edad fue la reina María Luisa. Quedaban tres hijos del matrimonio: Luis, de siete años de edad (futuro rey Luis I), Felipe que estaba a punto de cumplir dos y Fernando de cinco meses (futuro Fernando VI).

Felipe V cayó en un profundo abatimiento y se temía que su mala salud mental empeorase. Por otra parte, el no poder desahogarse sexualmente le provocaba fuertes dolores de cabeza. Como entonces no había aspirina ni paracetamol algunos bienintencionados buscaron mujeres dispuestas a aliviar el dolor de cabeza del rey; mas, como éste era un beato santurrón tenía pánico al pecado y a la condenación eterna. Había que buscarle a toda prisa una nueva esposa. La elegida fue otra italiana, Isabel de Farnesio, hija de los herederos del ducado de Parma. El matrimonio se celebró el día de nochebuena de 1214. El rey había estado viudo durante, para él, diez largos meses.

El rey pasó a ser más dependiente de Isabel de Farnesio, una mujer alta y bien formada, que lo había sido de María Luisa de Saboya. Y fue Isabel de Farnesio quien desde su cama rigió los asuntos del trono.

Pero Felipe V seguía con su trastorno bipolar. Y en un momento de depresión el 10 de enero de 1724 abdicó a favor de su hijo Luis I. El nuevo rey tenía diez y siete años. Hacía dos que se había casado con Luisa Isabel de Orleans que ahora tenía catorce. La afición al matrimonio y una inoportuna viruela se lo llevaron al otro mundo el 31 de agosto de ese mismo año. Había reinado durante siete meses, por eso algunos cronistas lo llaman Luis I el Sietemesino.

Según la ley quien debiera hacer accedido al trono era Fernando, el único hijo superviviente del primer matrimonio del rey; pero tenía diez años. Todos pensaron que lo mejor era que Felipe V volviera a asumir la Corona. Y así se hizo. La reina Isabel de Farnesio prohibió que nadie le facilitase el rey papel y pluma para impedir que, en otro momento de depresión, volviese a abdicar.

Y para aliviar los cada vez más frecuentes estados depresivos de Felipe V la reina Isabel trasladó la corte a Sevilla con la esperanza de que con el viaje el rey mejorase. Estuvieron allí dos años durante los cuales hicieron viajes por las grandes ciudades andaluzas. Como el rey no mejoraba regresaron. Lo único que aparentemente hacía salir al rey de su postración eran los cánticos de Farinelli, un castrato italiano, es decir un cantante que había sido castrado en la niñez para que conservara su voz de soprano.

Ya no estaban en condiciones de jugar al escondite entre los cortinones y salones de palacio pero cuando el rey estaba algo mejor con el pretexto de la caza jugaban al escondite en los cotos reales de los bosques del Pardo,  la Zarzuela, la Casa de Campo o el Buen Retiro. El rey también se aburrió de esas distracciones y al final iba la reina sola.

El rey empeoraba cada vez más, no sabía si era de noche o de día, pensaba que lo querían envenenar, no se cambiaba de ropa y cuando ésta se hacía jirones únicamente la reina la podía remendar. Falleció en su querido palacio de La Granja el 9 de julio de 1746 en brazos de su amada esposa la reina Isabel.

El matrimonio dejaba siete hijos. De ellos los más conocidos son Carlos (1716-1788) futuro Carlos III y Luis Antonio Jaime (1727-1785). Éste que fue nombrado arzobispo de Toledo y Sevilla pero que como buen Borbón no soportaba la castidad, se secularizó en 1754 y se casó; su padre le otorgó el título de conde de Chinchón; tanto él como su esposa fueron inmortalizados por Goya.

Tras la muerte de Felipe V la reina Isabel de Farnesio que había sido una mala madrastra para los hijos del primer matrimonio del rey fue desterrada por su hijastro Fernando VI. Se retiró al palacio de la Granja. Allí estuvo hasta que subió el trono su hijo Carlos (Carlos III) pero como no se entendía con su nuera se tuvo que retirar al palacio de Aranjuez, donde murió (1766).

A pesar de que por lo que se acaba de decir pudiera parecer que Felipe V fue un mal rey no fue así. El reino se modernizó en todos los aspectos. Mas, esa explicación ya no cabe en estas páginas.