Siglo XVIII (III) El resto del reinado de Felipe V (1713/1746): pequeñas cosas

Ya dijimos que Felipe V a pesar de su enfermedad mental no fue un mal rey. Creó las Secretarías de Estado y de Despacho (origen de los actuales ministerios), reformó la administración territorial, el ejército, la Armada, la Hacienda Pública e introdujo nuevas instituciones culturales como la Real Academia Española (1713) o la Real Academia de la Historia (1738). Acabada la Guerra de Sucesión la vida transcurrió sobresaltos, con relativa placidez y sin sobresaltos. Aquí, en Sierra de Gata no ocurrió nada notable. Nos limitaremos a exponer algunos sucesos puramente anecdóticos.
El castillo de Trevejo en el siglo XV.  Dibujo de Agustín Flores
El castillo de Trevejo en el siglo XV. Dibujo de Agustín Flores

El castillo de Trevejo, maltratado por los portugueses cuando tuvieron que abandonarlo fue reconstruido y en él se alojó nuevamente la compañía de inválidos que desde la Guerra de Independencia de Portugal tenía allí su sede. La tal compañía estaba integrada por un capitán, otros oficiales inferiores y unos cien soldados de los cuales únicamente la mitad eran realmente inválidos. El castillo de Eljas, que había sufrido grandes daños, quedó abandonado.

Se intentó revitalizar la ya decadente localidad de El Fresno (en el actual término de Gata), mas la tentativa resultó infructuosa. En vista de ello, en 1717, se ordenó que los ornamentos, vasos sagrados y demás objetos litúrgicos de su iglesia fuesen trasladados a Gata. Tal medida suponía el acta de defunción legal del pueblecito citado.

Para impulsar teóricamente el comercio con Portugal e impedir el contrabando, constante propósito éste y fracaso continuo de todos cuantos gobiernos que en España han sido, se creó la aduana de Valverde del Fresno, limitada al Norte y Sur por las de Navasfrías y Zarza la Mayor.

Recordemos que en 1614 se había creado en Gata una enfermería para atender a los frailes de los conventos del Hoyo, los Ángeles y Santispíritus. Recordemos también que en ella se había hecho una capilla a la que se aficionaron a ir los vecinos quienes dejaban allí sus limosnas o encargaban misas. Y demos por supuesto el enfado de los curas de Gata que por ello veían disminuir sus ingresos. Ese enfado de la clerecía local hizo que los curas recurrieron al obispo de Coria para que éste obligase a los frailes a derribar una torrecilla que tenían en su casa enfermería y en la que había una campana que avisaba a los fieles del comienzo de los oficios religiosos. Pedían también los curas que se clausurase la puerta que comunicaba la capilla con la calle. Es decir, no pedían que a los frailes se les impidiese celebrar públicamente oficios religiosos, pero sí que no los diesen a conocer entre los vecinos.

El obispo se puso muy contento por encontrar un motivo para inmiscuirse en un territorio y en unas cuestiones donde su jurisdicción era reconocida con dificultad por ser de la Orden de Alcántara e hizo caso a los curas. Los frailes negaron competencia al obispo. El obispo recurrió ante el Consejo de las Ordenes Militares. En Madrid se le dio la razón al prelado y el Consejo comisionó el 29 de octubre de 1721 al alcalde de San Martín de Trevejo por considerarlo neutral ya que no dependía ni de la Orden de Alcántara ni de la diócesis de Coria para que fuese a Gata, demoliese la torre y clausurase la puerta en cuestión.

El alcalde de San Martín, que debía ser muy bien mandado, cumplió la orden a rajatabla. Una única objeción a su conducta ejemplar: cumplió el mandato tres años después de haberlo recibido. Exactamente el día 3 de diciembre de 1724.

El 13 de noviembre de 1740 murió en Bogotá fray Juan Pérez Méndez, también conocido como fray Juan Pérez Galavís. Había nacido en Robledillo de Gata.

De clara inteligencia, los padres premonstratenses que como ya se dijo regían la iglesia parroquial lo llevaron en su niñez al convento de la Caridad en Ciudad Rodrigo. Terminados sus estudios profesó como sacerdote en él. Se hizo famoso por su sabiduría y elocuencia y llegó a ocupar, entre otros cargos, el de general de su Orden.

Ejercía esa misión cuando Felipe V lo promovió al arzobispado de Santo Domingo, que llevada implícito el título de Primado de las Indias. Gobernó aquella iglesia durante ocho años al cabo de los cuales se le trasladó al arzobispado de Santa Fe de Bogotá, ciudad donde falleció en la fecha antes indicada.

Algo que dio mucho que hablar y que divirtió a los vecinos de Gata fue el extraño caso de Martín Picado. Resulta que en 1743 había en esta villa una pareja de novios cuyos nombres eran Martín Picado y María Miguela. A través de las intimidades que se suponen, la novia llegó a darse cuenta de que su compañero era muy singular: macho y hembra a la vez, es decir, hermafrodita.

La María que debía estar un tanto confusa y acaso no muy satisfecha empezó a hacerse la remolona en lo del noviazgo. El rumor sobre la anomalía del Picado comenzó a extenderse por el pueblo. La cosa llegó a oídos del vicario capitular de Coria quien por aquello de los impedimentos del matrimonio mandó que el infortunado novio fuese examinado por el médico del pueblo y el cirujano de Acebo (¿con qué intenciones habría sido enviado el cirujano?) El examen confirmó los rumores. Se decretó que el Picado no era hábil para la procreación y por consiguiente tampoco para el matrimonio. El vicario le prohibió, bajo pena de excomunión, que volviese a tratar a la Miguela y ordenó que el cura anotase en el correspondiente registro parroquial la anormal característica anatómica del frustado novio no fuese a ocurrir que éste intentase casarse en otro lugar donde se desconociese su condición. Prohibiciones y amenazas de las que se colige que el Picado, a quien se lo pusieron harto difícil, podía ser ciertamente hermafrodita, pero con claras tendencias y hechos masculinos.