Siglo XVIII (V) Reinado de Carlos III (1759/1788): El regalismo

A Fernando VI que murió sin hijos le sucedió Carlos III, su hermano de padre, quien en aquel momento era rey de las Dos Sicilias. Dejaba el trono de estos territorios a Fernando, el tercero de sus hijos varones (el primero era retrasado mental y el segundo (futuro Carlos IV) fue declarado Príncipe de Asturias. Fue una buena persona, sencillo y afable, serio y ecuánime, muy consciente de su alta misión; fue por ello también un buen rey. No sucedieron grandes cosas en nuestra comarca durante su reinado. Veamos las más interesantes, algunas relacionadas con su ilustrado intento de modernizar la iglesia.
Carlos III. Goya. Museo del Prado
Carlos III. Goya. Museo del Prado

Retrocedamos unos años antes de la llegada el trono de Carlos III. Un gran problema para Villamiel, como para casi todos los pueblos de Sierra de Gata, era el abastecimiento de trigo, que aquí no se cultivaba –ni se cultiva- en cantidades suficientes y tenía que traerse de lo que vagamente se llamaba Castilla.

A Villamiel generalmente llegaba a través del puerto de Santa Clara y San Martín de Trevejo, donde solía haber problemas de portazgo. El 13 de enero de 1731 los villamelanos pidieron permiso al rey (Felipe V) para hacer un camino de carros que desde su villa condujese a El Payo para desde allí ir a Fuenteguinaldo, que solía ser el lugar usual de abastecimiento del mencionado cereal. Alegaban que les era preciso evitar el paso por San Martín donde los mañegos se quedaban con el trigo y se lo revendían a los villamelanos cuatro reales más caro por fanega; pretendían convertir en camino real una vereda existente al sur de Jálama.

Se aprobó el proyecto y se sacó a información pública. El presupuesto era de veinte mil reales de vellón y el ingeniero decía que dicho camino no sólo no perjudicaba a nadie sino que facilitaba el tránsito de tropas desde Ciudad Rodrigo a Alcántara por ser de pendiente más suave que el paso por Santa Clara y San Martín.

Se aprobó definitivamente el 27 de agosto de 1733, pero los de Acebo dijeron que ellos serían perjudicados por el nuevo camino en caso de guerra. Dos años después (8-agosto-1735) se ordenó suspender las obras y que el capitán general de Extremadura informase al respecto. Éste nombró una comisión que dictaminó que el camino no perjudicaba a nadie. Los de Acebo dijeron entonces que ellos perdían terreno si se construía el camino y que para compensarles se les debían pagar 4.500 reales. Los de Villamiel aceptaron y el camino se construyó. Como el ayuntamiento carecía de bienes propios tuvo que pedir varios préstamos por un importe de 13.298 reales y 32 maravedíes por los que en 1751 seguían pagando unos intereses de 80 reales y 12 maravedíes. No obstante, no debió quedar muy bien porque en 1758 se modificó su trazado.

Ese es el camino al que en 1776 en el volumen VIII de su “Viaje de España” aludía don Antonio Ponz hablando de la Sierra de Jálama “...y en cuya aspereza ha mandado S.M. hacer un buen camino de comunicación con algunos pueblos que están al otro lado de la sierra, todavía pertenecientes a España, y son las Serjas (sic), Trevejo, San Martín de Trevejo, Valverde, Navasfrías y Navamiel (sic) que da nombre al camino”.

Es evidente que don Antonio Ponz hablaba de oído puesto que ni el camino había sido mandado construir por Carlos III, ni las Serjas y Navamiel se llamaban así, sino Eljas y Villamiel. El camino en cuestión es el que hoy va desde Villamiel a la Madre del Agua y desde allí al puerto de Acebo; transcurre después a media ladera de Jálama para terminar en El Payo.

Los primeros reyes Borbones españoles heredaron de sus antepasados franceses las tendencias regalistas; esto es, la afición a gobernar los asuntos de la iglesia que no tuviesen un matiz dogmático. Las representaciones teatrales dentro de la iglesia, de origen medieval, habían ido degenerando y el espíritu religioso de ellas se había perdido. El rey, tan regalista como creyente, quiso poner orden en el asunto. En 1756 prohibió la representación de autos sacramentales en el interior de los templos. Con la prohibición se perdieron muchas costumbres algunas de las cuales encerraban un indudable interés cultural y de las que hoy quedan escasas muestras en España: El Misterio de Elche, La Loa en La Alberca, provincia de Salamanca,... Con esa prohibición terminó el tradicional concurso de autos sacramentales que convocaba la cofradía del Santísimo de Villamiel y posiblemente bastantes otras de la comarca.

El regalismo también se hizo sentir en cuestiones puramente económicas. Veamos. La gente seguía pagando el diezmo a la iglesia parte del cual percibían los párrocos; pero las rentas de capellanías, vínculos, memorias, etc., es decir el dinero que recibían los sacerdotes que no eran párrocos o no se pagaba o se hacía en cantidades fijadas desde tiempo atrás y en consecuencia desfasadas. Además, la gente encargaba cada vez menos funciones religiosas, misas especialmente. Es decir, que los ingresos del clero estaban disminuyendo sensiblemente.

A causa de esa disminución, los numerosos sacerdotes existentes no podían vivir de su trabajo religioso. No era infrecuente el ver como algunos de ellos, ordenados a título de beneficio (es decir, para gozar de las rentas dejadas por algún pariente, antepasado o simplemente alma piadosa) que al no poder vivir del presunto beneficio se dedicaban a menesteres no muy en consonancia con su condición religiosa y la moral cristiana: prestamistas, tratantes de ganado, fueron algunas de esas ocupaciones. El escándalo provocado por estos curas sin vocación, aseglarados, debió ser grande e influyó en el proceso desacralizador que se inició en este siglo.

El regalismo borbónico trató de poner remedios a tan equívocas situaciones. El año 1763 se prohibió la fundación de nuevas memorias y capellanías tanto para impedir el acceso al estado eclesiástico que seguía manteniendo su propio fuero privilegiado de personas sin vocación, como para impedir el aumento de tierras de “manos muertas”, esto es: alejadas del normal proceso de compra y venta de bienes.

Mas, como ello no fue suficiente en 1769 se procedió por Real Orden a la unión de las capellanías incongruas (las que no producían rentas suficientes para que de ellas pudiera vivir un sacerdote) para convertirlas en congruas. En Villamiel único pueblo del que hemos investigado algo al respecto sólo había una de esas capellanías congruas: la fundada poco antes por don José de Jerez; de la unión de todas las demás se hizo otra. Resultado: de los nueve sacerdotes que había a mediados del siglo XVII, ahora quedaron dos. El mismo número que en San Martín de Trevejo.

Posteriormente Pío VI autorizaría a Carlos III para que se quedase con la tercera parte de algunas de estas prebendas.

Y en la misma línea regalista en 1773 el rey reguló el derecho de asilo eclesiástico o lo que es lo mismo el privilegio que tenían los lugares de la iglesia de poder acoger a perseguidos por la justicia que así quedaban fuera de la jurisdicción civil. Ese derecho hacía que muchos edificios religiosos (templos parroquiales, ermitas, conventos, etc.) se convirtieran en refugio de delincuentes. En virtud de la voluntad regia, y con la aprobación pontificia, se limitó el número de lugares sagrados que podían disfrutar de tal prerrogativa. La iglesia de Gata recibió un escrito en el cual se le confirmaba el susodicho privilegio.

No tenemos muy claro si fue por el regalismo o por la creciente desacralización de la sociedad, pero el hecho cierto es que algunas devociones y lugares religiosos desaparecieron en este época. Veamos un ejemplo.

Desde hacia mucho tiempo existía en San Martín de Trevejo una gran devoción a san Amaro, como protector de todo tipo de enfermedades; incluso tenía ermita propia. Esa devoción debió aumentar durante los ciclos epidémicos menores que se produjeron a lo largo del siglo XVII. La fama del san Amaro mañego como santo curalotodo se extendió por la diócesis de Ciudad Rodrigo y un historiador mirobrigense de la época cita la ermita correspondiente entre los santuarios de mayor devoción de la comarca.

Según la tradición San Amaro, o san Amario, había sido uno de los numerosos santos de tendencias místicas que extasiados en una visión momentánea del Paraíso parecían estar fuera de este mundo pero que al regresar a la realidad se habían dado que su éxtasis había durado varios siglos.

Bien sea porque san Amaro en una de sus breves marchas al mundo de lo celeste decidiera no volver, bien porque una epidemia se lo llevase, o bien porque formase parte de la primera poda de santos de existencia histórica dudosa llevada a cabo por la iglesia en el siglo XVIII que tal vez sea lo cierto el caso es que de san Amaro desapareció y nunca más se supo de él. Ni del santo ni de la ermita. Cabe sospechar que ésta se encontrase en el paraje hoy conocido como San Mauro.

Y ya que estamos hablando de asuntos eclesiásticos hablemos de un eclesiástico. Don José de Jerez, fundador de una dinastía clerical. Don José de Jerez y Baile tal vez sea el hijo más preclaro de Villamiel y sin lugar a dudas ha sido, de todos los nacidos en este pueblo, el que más hizo por él a lo largo de la historia.

Era miembro del Gremio y Claustro de la Universidad de Salamanca por ser algo de nombre tan complicado como catedrático de Primaria de Leyes en Constituciones de Preámbulo (que en honor a la verdad no sabemos a que asignatura corresponde), canónigodeán de la catedral de Ciudad Rodrigo, Teniente Vicario General de los Ejércitos Reales y ello se da por supuesto después de tanto título miembro del Consejo de Su Majestad.

Perfectamente integrado en su pueblo, en 1760 ingresó en la Cofradía del Santísimo de la cual sería cofradeapoderado seis años más tarde.

A pesar de sus cargos y ocupaciones que lógicamente habrían de mantenerlo fuera del pueblo grandes temporadas, nunca se desvinculó de él. Tras construirse una magnífica casa (el hoy llamado Palacio) fundó en 1755 una capellanía. Esa capellanía estaba tan bien dotada que años después resultó ser la única con la cual podía mantenerse un sacerdote.

No contento con ello edificó a sus expensas y dotó con las rentas suficientes la primera escuela y casa de maestro que existió en Villamiel. El primer maestro seglar de dicha escuela fue don Rafael Hernández Cano, quien es también el primer maestro conocido que hubo en ese pueblo.

Y si don José siempre protegió a su pueblo, otro tanto hizo con sus paisanos. En 1776 y en su condición de Teniente Vicario General bendijo el fuerte de la Concepción, en Aldea del Obispo (actual provincia de Salamanca) que era como una base militar de la época. Se nombró capellán de dicho fuerte a otro hijo de la Sierra, don Lino Godínez de Paz, no sabemos si natural de Hoyos o de Villamiel; villamelano era también el capellán del regimiento de Ciudad Rodrigo, don Joaquín Mateos. Dado su alto cargo religioso en el ejército cabe suponer que la influencia de don José en ambos nombramientos estuviese por medio.

Y si protegió a sus paisanos otro tanto hizo con sus familiares. Debido a la amistad que le unió con los sucesivos obispos de Ciudad Rodrigo, a dos de los cuales representó en su toma de posesión, logró que su sobrino Andrés Jerez fuese nombrado canónigo de dicha catedral; a otro, Vicente Jerez lo mandó a estudiar a Salamanca donde tuvo problemas años con la Inquisición; y un tercero, Vicente Campos Jerez, también sacerdote, llegó a ser confesor de Fernando VII.

Don José de Jerez y Baile falleció y fue enterrado en su pueblo natal el año 1789. Ese mismo año le era otorgado el título de conde de La Cañada a otro de sus protegidos de quien se hablará en otro artículo.