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Ensabanaos

Jesús Carlos Rodríguez Arroyo | 31 de enero de 2012

Oculta su personalidad bajo una gran sábana blanca, y guiados en la oscuridad de la noche por la luz de un pequeño farol a la vez que se protegían con un gran bastón o porra, estos personajes anónimos se dedicaban a recorrer las calles de los núcleos urbanos evitando encontrarse con sus convecinos hasta llegar al destino fijado en su penitencia.

Nadie, o casi nadie los ha visto y sin embargo forman parte de la tradición oral de algunas localidades de nuestra comarca.

Según lo que ha llegado hasta nuestros días los Ensabanaos eran personas que en un momento dado habrían realizado alguna promesa de carácter religiosa por algún motivo desconocido. Oculta la personalidad de estos bajo una gran sábana blanca, y guiados en la oscuridad de la noche por la luz de un pequeño farol, a la vez que se protegían con un gran bastón o porra, estos personajes anónimos se dedicaban a recorrer algunas calles de los núcleos urbanos evitando encontrarse con sus convecinos, hasta llegar al destino fijado en su penitencia.

Si en algún momento alguien intentaba identificarles ellos defendían su anonimato con todos los medios a su alcance; por este motivo, y por el secretismo que les envolvía, la mala fama pronto se cebó en ellos.

Por lo general solían aparecer en épocas de grandes celebraciones religiosas o en fechas de gran exacerbación católica.

Esta figura de un gran valor antropológico está muy cercana a todos esos ritos y rituales que se viven durante la Semana Santa por lo que se podría decir que el Ensabanao es un personaje de transición cercano a los Nazarenos de las procesiones religiosas de Semana Santa.   

Su figura también sirvió para atemorizar a mujeres y niños, al igual que se hacía con otros seres de nuestra mitología serragatina. 

Se cuenta la anécdota de un tabernero de una población de la comarca que en un momento de descanso, en una noche estival de las fiestas patronales de agosto, fue interrumpido su estancia en el mundo de Morfeo por la aparición en su local de dos Ensabanaos. Debió ser tal el susto que se llevó este trabajador del Dios Baco que estuvo a punto de caerse de la silla en la que dormitaba; una vez recuperado de tan traumática visión desempolvó su escopeta de caza y salió como un poseso por las calles de la localidad para dar caza a uno de esos ejemplares de esa mítica especie serragatina, que a buen seguro sería digno de estar en su sala de trofeos. 

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