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La casa encantada

Sara Fontán | 05 de agosto de 2012

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Llevaban dos horas en una de las orillas del regato del Carrobispo esperando el poder entrar por la zona del huerto a una de las casas de la calle del Palacio en Acebo. Era una casa especial, se rumoreaba que se encontraba encantada y que el espíritu de una mujer que fue ajusticiada por la Inquisición merodeaba por sus estancias

Llevaban dos horas en una de las orillas del regato del Carrobispo esperando el poder entrar por la zona del huerto a una de las casas de la calle del Palacio en Acebo. Era una casa especial, se rumoreaba que se encontraba encantada y que el espíritu de una mujer que fue ajusticiada por la Inquisición merodeaba por sus estancias.

La pandilla de Bárbara estaba intrigada desde hacía bastante tiempo por dicha historia; por eso habían decidido comprobar si ese rumor era cierto. En total los que se habían animado a entrar en la casa eran cinco; a última hora se habían rajado Montse y Nacho quienes no veían claro el allanamiento de morada para comprobar la existencia de un fantasma en el que no creían.

Una vez dentro de la casa recorrieron todas las estancias de la misma iluminándolas con sus potentes linternas. Finalmente decidieron instalarse en lo que parecía ser el salón de la casa; allí depositaron sus cámaras de fotos, algo de comida, varias botellas de whisky y de Coca Cola que habían llevado para pasar la velada.

Mientras las horas pasaban y todo permanecía en una calma absoluta, Curro introdujo su mano en una de las mochilas y sacó una extraña tabla de madera.

- ¿Qué os parece si jugamos a la Ouija para darle más emoción a todo esto?- preguntó un Curro siempre dispuesto a tomarse a sorna cualquier cosa por muy seria que ésta fuese.

Ninguno de sus amigos respondió pero todos admitieron con su pasividad el que Curro instalase la Ouija en medio de todos ellos y comenzase con las tradicionales preguntas. Mientras todos los presentes, como manda la tradición, presionaban son sus dedos la parte superior de un vaso invertido sobre un tablero lleno de letras, Curro iba mascullando, una tras otra, las típicas preguntas que haría que dicho artilugio los pusiese en contacto con los seres del más Allá, pero el vaso después de cada pregunta nunca hacía amago de moverse.

-¡Oye vamos a dejar esta chorrada de una vez!- soltó exasperada Mónica, a quién el jueguecito le estaba empezando a comer la moral. ¿Por qué no nos tomas unas copas?, para eso hemos traído el whisky, ¿no?.

Borja se levantó de un brinco, era lo que llevaba horas esperando oír, y en un instante abrió la botella de Johnnie Walker, cogió un vaso de litro de plástico lo llenó de hielo y vertió un cuarto de la botella en el vaso, rellenado el resto con Coca Cola. En menos de cinco minutos el vaso de litro se encontraba vacío; acto seguido alguien decidió poner algo de música en un viejo cassette que habían traído, mientras José liaba un peta con maría de la zona.

Al poco rato comenzaron las risas, los besos entre las parejas, y las charlas filosóficas; al tiempo que Borja se levantaba de nuevo, después de darle la última calada al peta, y rellenaba una vez más el vaso de whisky-cola, la noche prometía; pero esta vez decidió hacer una combinación especial; se metió una mano en el bolsillo y extrajo una pequeña bolsa con unos diminutos papeles, partió uno de ellos que llevaba impresa la imagen de la Pantera Rosa y lo introdujo en el vaso, lo movió bien y les dio de beber a todos sus colegas. Pasada una hora y mientras todos ellos se reían de una manera escandalosa comenzaron a oírse portazos y unas escalofriantes pisadas en el piso superior; todos ellos se pusieron en pie como pudieron o, mejor dicho, como los vapores etílicos y las drogas les permitieron. Uno tras otro se decidieron a subir al piso de arriba mientras una voz agónica emitía desde lo más alto del edificio unos dolorosos gritos de dolor.

Cuando estaban llegando al rellano de la escalera, un golpe de aire gélido les abofeteo las mejillas, al tiempo que las puertas de las habitaciones de los pisos inferiores comenzaban a cerrarse y a abrirse sin motivo aparente. Borja giró el pomo de la puerta y sigilosamente la abrió, la imagen que vieron fue dantesca y cuando ésta se desplazaba lentamente hacia ellos todos echaron a correr escaleras abajo. La última de todos ellos, Mónica, tropezó con un bidón que anteriormente no se encontraba en las escaleras, mientras algo, según creía ella, la sujetaba por el pelo. Al fin Borja tuvo que subir a buscarla; pero ya era tarde el estado delirante en el que se encontraba por lo que ella vio esa noche, real o no, la acompañaría a lo largo toda su vida.

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