Nuestros antepasados los vetones

Cuando era niño e iba a lo que entonces se llamaba escuela tuve que aprender, al igual que los niños de hoy, el nombre de los sistemas montañosos de España. Y supe, por ejemplo, que vivía en la cordillera Carpetovetónica.

Cuando era niño e iba a lo que entonces se llamaba escuela tuve que aprender, al igual que los niños de hoy, el nombre de los sistemas montañosos de España. Y supe, por ejemplo, que vivía en la cordillera Carpetovetónica. Después cambiaron los nombres; la escuela pasó a llamarse colegio y la cordillera donde había nacido se llamó Sistema Central, denominación que me parecía más acertada por su ubicación dentro del mapa; pero nunca entendí que si le habían cambiado el nombre a mi cordillera porqué no se lo cambiaban a otras y las llamaban Cordilleras del Norte o Cordilleras del Sur. Incluso cuando estudiaba bachillerato me atreví a preguntarlo; el profesor me llamó impertinente y acertó, porque lo fui y lo sigo siendo.

Por ironías de la vida años después tuve que explicar estas cosas a alumnos de diversas edades e incluso escribir libros de texto sobre ellas. Me sometí a los dictados de la moda docente y aunque nunca me atreví a decirle a mis alumnos que lo que los libros, incluidos los míos, llamaban montes de Toledo debieran llamarse en realidad cordillera Oretana o que sería más correcto decir cordillera Mariánica que Sierra Morena, nunca renuncié a hacerles saber que el Sistema Central antes se había llamado cordillera Carpetovetónica y el motivo de ello. Y los hice aprender y situar en el mapa, una por una, sus principales estribaciones, entre ellas nuestra Sierra de Gata. Por supuesto que les dije que el abandono del nombre primitivo se debía a que el adjetivo carpetovetónico se había convertido, de forma despectiva, en sinónimo de español cerril y cerrado a todo influjo exterior.

No sé si quienes viven y aman Sierra de Gata se sienten “vetónicos” o vetones; pero, les guste o no, nuestros antepasados lo fueron.

¿Y quiénes eran los vetones? Sin meternos en honduras, que en estas páginas no tendrían lugar, digamos que eran uno de los pueblos que hacia el año 800 a.C. cruzó los Pirineos y se extendió poco a poco hacia el Sur. Sus áreas de asentamiento variaron mucho en el transcurso del tiempo. Hacia el siglo I a.C. ocupaban la comprendida entre las actuales sierras de Gredos y Gata.

Mucho me temo que después de lo dicho el paciente lector siga sin saber quienes eran los vetones. La opinión más extendida dice que eran una mezcla de protoindoeuropeos, pastores y con algo de la cultura celta que se mezclaron con los habitantes anteriores que había por aquí. (Aunque posiblemente no aclaremos nada o aclaremos poco digamos que la denominación de indoeuropeos es similar a la de virus; cuando el médico no sabe lo que tiene el enfermo dice que éste ha cogido un virus y se queda tan pancho; cuando un historiador no sabe como clasificar a uno de esos pueblos antiguos dice que era indoeuropeo y se queda igual que el médico; en ambos casos a nuestra ignorancia le hemos puesto un nombre rimbombante que queda muy bien y como muy erudito).

Sospecho que el paciente lector empieza a cabrearse porque sigue sin saber quienes eran los vetones; pero, es que tampoco se sabe mucho más. Lo que sí sabemos era donde, cómo y de qué vivían, en que creían. Y esto puede ser hasta divertido. Vamos a verlo.

Los vetones habitaban en centros fortificados situados en alguna elevación del terreno y entre dos ríos. Si esos centros eran poblados permanentes y con un régimen urbano más o menos organizado se llamaban citanias; si eran lugares de habitación temporal (fiestas, guarda de cosechas, refugio, etc.) se solían llamar castros. En la época de lucha contra la dominación romana surgirán unos nuevos centros de población, los oppida (singular oppidum) algo así como castros fortificados.

Haciendo abstracción de su cualidad de castros o citanias, en Sierra de Gata pudieron ser poblados vetones Interamnia (Salvaleón), Lancia Oppidana (El Payo-Navasfrías), Trebellium (Trevejo), ¿Cottaeobriga (Gata?) e incluso los actuales lugares de La Isla (pantano de Borbollón), Santibáñez el Alto y presumiblemente el Toiru Pelau (por encima de San Martín de Trevejo) y tal vez Eljas. .

Sus viviendas eran generalmente de forma circular, de piedra, con una única entrada orientada al mediodía, techumbre cónica a veces de falsa cúpula recubierta en el exterior por ramas y arbustos. Frecuentemente se asociaba a ellas un corral para el ganado. ¿Son de origen vetón los llamados
sagurdones (Villamiel), chafurdones (Valverde, Eljas y San Martín de Trevejo) o zahurdones (en el resto de la comarca)?. Nos inclinamos a creer que sí.

Sus ocupaciones habituales eran la guerra, que en ocasiones no era más que puro bandolerismo, y la cría de cerdos. (En lugar de o junto a cerdos ibéricos ¿podríamos hablar de cerdos vetones?)

Su dieta alimenticia estaba basada en la carne (de cerdo, por supuesto) y el pan. Como las tierras que ocupaban no eran muy propicias para el cultivo de cereales (y además no se han encontrado rejas) todo nos induce a pensar (con Caro Baroja) “que los vetones, esencialmente guerreros, robarían a sus vecinos del Norte los cereales que les hacían falta”.

¿En que creían? Los vetones, como casi todos los primitivos indoeuropeos, tenían muy clara su dependencia esencial de la tierra, del medio ambiente; eran, en consecuencia, unos ecologistas avant la lettre. Veneraban a casi todo cuanto existe en la Naturaleza: daban culto al céfiro, el suave y húmedo viento procedente del Atlántico que suele anunciar la llegada de la primavera y tal vez pensasen como sus vecinos los lusitanos que era éste quien preñaba las yeguas-, a las piedras, a los ríos, a las fuentes termales y medicinales, a los montes, a los genios del lugar...; el contacto con otros pueblos les llevó a adoptar dioses ajenos.

Muestras de ese culto a la Naturaleza, en concreto a los ríos, las tenemos en San Martín donde se veneraba al dios Ibero, fluvial, que hacía referencia a un río Iber y que por las lógicas circunstancias de la proximidad o lejanía no creemos que fuera el Ebro actual, sino un homónimo de la región de Huelva, tartésico, pueblo con el que debieron mantener los vetones relaciones comerciales; en Perales se veneraba al dios Pallantico.

Tenemos dudas sobre si el dios Salama o Salamati a quien se le dedicó un ara encontrada en Villalba (Villamiel)- era un dios fluvial como se ha dicho, o era el dios de nuestra montaña más alta. En San Martín de Trevejo a dicho monte hoy se le llama Xálama o Xálima.

Otros dioses a quienes por aquella época se les rindió culto en nuestra comarca fueron: Ataecina o Adegina tomada de los lusitanos y a quien estos sacrificaban caballos; también se le dirigían conjuros para que castigase a los ladrones, que como hemos visto antes debía ser una de las profesiones más frecuentes de la época. De ella se encontró un ara en la Nava del Rey (Villamiel). Pero quienes debieron suscitar mayor devoción, según el número de inscripciones con ellos relacionadas, fueron Teta en Villamiel y San Martín de Trevejo, y la diosa Toga, en esta misma localidad y en Valverde del Fresno. “La importancia de Toga, deidad femenina relacionada al parecer con la guerra (actividad esta de gran importancia entre los vetones, no se olvide) merece algún comentario, pues las tres inscripciones recogidas en la Sierra hablan de lo extendido de su culto en la comarca. No es excesivamente arriesgado ver en esta diosa la primera deidad conocida de culto generalizado en la Sierra de Gata”, dice nuestro paisano el profesor Miguel García de Figuerola.

En el ara de Villamiel dedicada a Teta, se identifica a este dios nada más y nada menos que con Júpiter.

¿Es también de origen vetón el ídolo de la colección Ojesto, tan similar al menos en la cabeza a los denominados guerreros galaicos?. Es éste ídolo un ortoedro granítico de unos dos metros de altura y una sección cuadrada de unos 35 centímetros de lado, rematado en una cabeza un tanto hierática y ciertamente prerromana. En dos de sus caras presenta cuatro líneas onduladas en sentido vertical y cuyo significado se ha querido relacionar con el culto a la serpiente, al agua o a la eternidad.

¿Son también vetonas las cabezas que se encuentran en la casa Ojesto de San Martín de Trevejo, en varias casas del barrio de la Torrita de Acebo y en Cilleros? Son idénticas a las que se conocen como cabezas cortadas célticas, que también abundan en el área vetona (varias en la
provincia de Salamanca, y en Extremadura en Plasencia y Madrigal de la Vera). Su significado es interpretado en formas diversas: unos dicen que son recuerdo de sacrificios humanos, otros que son homenaje a dioses o a poderosos personajes legendarios y unos terceros que su colocación en las viviendas tenía una finalidad apotropaica, es decir, desviar todo peligro de las casas (función similar al laurel bendecido el domingo de ramos que hoy colocamos en nuestros balcones).

Incluso el tesoro de Penhagarçia (que es propiedad de la familia Ojesto) pudiera ser de origen vetón; su similitud con las joyas encontradas en las necrópolis abulense de El Raso y la cacereña de Pajares (Villanueva de la Vera) es evidente; también pueden ser vetonas las estelas de San Martín de Trevejo y de Hernán Pérez.

¿Y qué decir de la vetónica? Plinio el Joven escribió: “Los vettones en Hispania [han descubierto] a la llamada “vettonica” en la Gallia, “serratula” en Italia, “cestros” o “psychrotrophon” en Graecia. Tal planta, la más apreciada de todas, echa un tallo anguloso de una altura de dos codos, y sus raíces unas hojas dentadas […]. Su semilla es purpúrea. Las hojas secas y pulverizadas, sirven para muchos usos. Con ellas se hace un vino y un vinagre que tonifica el estómago y aclara la vista. Tiene tal fama que la casa donde se haya sembrado se considera estar segura contra todos los maleficios”...”Como remedio contra dolores de pecho y costado [se emplea] la harina de vettónica; se bebe en agua caliente”. Es evidente que se trataba de una planta con efectos euforizantes, es decir, que nuestros antepasados vetones se “colocaban” con ella. Los boticarios de la zona afirman que por aquí no se encuentra, pero en Acebo hay una planta llamada petrónica a la que se le atribuyen efectos alucinógenos, según dice Jesús Carlos Rodríguez Arroyo.

Cuando fallecían los vetones inicialmente inhumaban a sus muertos en túmulos, es decir, los depositaban en la tierra y los cubrían con montones de piedra; en una época posterior, los incineraron. Nunca se dio entre ellos el enterramiento en fosa, y menos aún, en sepulcro excavado en la roca.

Al llegar los romanos los vetones fueron adoptando algunas de las costumbres de los recién llegados. A mediados del siglo II a.C. hubo por aquí una relativa paz entre unos u otros. En esa época debieron producirse los primeros alistamientos de los vetones bajo las águilas de Roma. Estrabón dice que fueron los primeros hispanos en compartir con los romanos la vida campamental. Y cuenta una curiosa anécdota que haría que nuestros antepasados pensaron lo mismo que Astérix: -Estos romanos están locos. Dice que unos vetones, auxiliares de las tropas romanas, vieron como un centurión que estaba de guardia no hacía más que caminar de un lado para otro sin que ese incesante caminar le llevara a ninguna parte; en consecuencia, lo tomaron por loco y trataron de sujetarlo. Debió ser difícil hacerles ver que ese caminar sin sentido y hacia ningún lugar no era de locos sino la forma más adecuada de vigilancia. Personalmente opino lo mismo que los vetones.

NOTAS. El dibujo es de una cabeza cortada en Cilleros de Agustín Flores y la imagen es una cabeza cortada en Acebo de Jesús C. Rodríguez Arroyo