El árbitro Franco Martínez en tiempos de Franco

Nunca soñaría el ya veterano árbitro, Franco Martínez, del Colegio Murciano, nunca se imaginaría que, en el largo historial de su arbitraje, vituperado, en ocasiones, por esos campos de Dios, árbitro de Primera División, recibiría una extraña visita. Ni en el peor de sus sueños, figuraría un encuentro, que, de todos modos, en las tardes del carrusel deportivo, pudiera él ser convocado, ni más ni menos, que al Palacio Arzobispal de Murcia – ciudad en la que residía -, días después de un partido y ante otro, más relevante. Quizás se imaginaría, acostumbrado como estaba, a las iras y broncas de los forofos, durante los largos y extraños noventa minutos de un partido. ¿Quién podría imaginarse lo que significaba su apellido Franco Martínez en el rectángulo de silbidos, iras, broncas y abucheos?. Quizás no diera crédito al ver, una vez que abrió la puerta de su casa, y se encontró, ante su extrañeza, con un sacerdote y un personaje de la Federación Española de Futbol. Incluso la visita y cuanto ocurriera, posteriormente, era digno de una obra de Kafka.

Y, el árbitro, con tal compañía, acabaría en el Arzobispado. ¿En el Arzobispado? Sí, en el Arzobispado. En esa época, el mapa hispano – futbolístico estaba muy revuelto. ETA dejaba la muerte en cualquier calle y el balompié evadía a una considerable ciudadanía española de  frustraciones y sueños… Mira que el colegiado apellidarse Franco; no, había que añadirle el segundo apellido, sin importancia: Martínez. La ira contra el árbitro llamado Franco, llegaría a alterar la tranquilidad del Palacio del Pardo. Había, pues, que hilar muy fino… Y Ángel Franco, ante elevados representantes del orbe futbolístico – temerosos de que le abroncaran en un campo -. Un suponer: “¡Franco, cabrón!”-. Especialmente, ante la que se avecinaba: final de Copa del Generalísimo… Al árbitro se le sugeriría que   se sintiera mal y, por tanto, no arbitrara. Y así fue. Y, desde entonces, a los colegiados se les conoce por sus dos apellidos.

En esos tiempos revueltos, y dadas vicisitudes, empezarían los árbitros a usar, por mandato, los dos apellidos para, de esa suerte, evitar el improperio de palabrotas, en las que, por qué no, se corría insultar al Jefe del Estado, general Franco. De esta suerte, no obstante, a Ángel Franco le insultarían. Cuantas veces no oiría: “Franco, vete ya o Franco que malo eres”. Además, hasta los diarios que escribirían frases relativas a su actuación tales como “Franco no vale para nada” o “se cargó el partido”.

Tanto los toros como el futbol llevan implícitos estos desahogos, o este pararrayos de la ira de las masas, volcán de pasiones y tensiones, de liberarse de los complejos freudianos. Tras esos pares de botas o el redondel de los héroes de “las cinco de la tarde”, brota esa rebelión humana, la ira dormida y, sin embargo, despierta de la tribu – aficionados -. 

Con gran tacto y esmero, Julia del Mar Cortezón ha desvelado ese túnel del tiempo, o lo que es lo mismo, arbitrar en la época del franquismo, futbol y toros, opio del pueblo. Sin embargo, la tribu sigue viendo, en los partidos de futbol – quizás menos en el volcán de los olés y las verónicas; es decir: los toros – el arrebato del subconsciente, el arrojo de la ira. Hasta donde no llegarían esos enojos, que el árbitro, ante una Real Sociedad – Athetic de Bilbao sería llamado por un sacerdote del Arzobispo de Murcia – donde vivía - y el secretario del entonces ministro de Gobernación, Garicano Goñi para que no arbitrara en Atocha. ¿Por qué?. En esos días se celebraba el famoso Consejo de Guerra en Burgos, donde serían juzgados miembros de ETA y se comentaba que, primero, se acabaría con el Franco que arbitraría el domingo y, después, con el Jefe del Estado. Ante esta circunstancia, el árbitro fingiría que estaba enfermo y, por tanto, le sustituiría otro compañero. Años después, le confesaría el Arzobispo que no se lo dijo a nadie. Qué simbiosis, futbol y política, brotes de ira, especialmente, en tiempos revueltos.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor  y periodista.

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