Corona de laurel para el centenario Pablo

Don Pablo Alejandro Pío, pastor de la Villa de Torre de Don Miguel, cumple 100 años
Don Pablo Alejandro Pío, pastor de la Villa de Torre de Don Miguel, cumple 100 años

Usted, señor Pablo, nos alegra la vida, nos da un poquito / mucho de la suya, ahora que, como “mamá cumple cien años”, entra usted en el calendario del centenario mayor de Torre de Don Miguel, el pueblo que llevo  prendido, con el sonido de la oropéndola y el dolor de las hojas muertas, “hojas del árbol caído / juguetes del viento son”. Usted, Pablo al que quizás yo haya conocido, en mis andares por esa noble villa, cuando me daba algún que otro paseo, por la amistad con Telesforo Torres o Juan Bonilla, el sacerdote Miguel, Javier Arias –Camisón… Sí, porque soy y me siento serragatino. Probablemente lo viera a usted, como ese gran señor que ha hecho de su vida un vínculo, un pacto con la madre Naturaleza, un caballero – qué pena que estos menesteres se van perdiendo con el tiempo -, que yo he conocido “a ese pastor que con tus silbos amorosos…”, cuánta literatura se esconde tras los pastores, desde el inicio de los tiempos hasta ahora, que se nos van muriendo tantos oficios, y nos queda, sin embargo, el vínculo con sus cabras y viceversa, que le obedecían con un silbido suyo, simplemente, rabadán de esos pagos, hombre de Naturaleza, señor mayor del término de Torre de Don Miguel, cuasi personaje de reminiscencias evangélicas.

Cómo no iba usted, Pablo, a alcanzar ese mito de centenario, independientemente, de los longevos serragatinos. Don Juan nos abriría ese mágico portal de los cien años, paseo arriba y abajo; y usted, quizás, sin quererlo ni pensar en esas soledades, “su alto” en la magia del tiempo. Aquí estoy – puede decirlo -, centenario como un ejemplo, quizás, de la madre Naturaleza. Sí, un ejemplo, entre tanta ciudad y tanta polución. “¡Heme, aquí, tras mi estancia y trashumancia con mi rebaño”, sin que se desmandara ninguna, fieles a su orden y mandato, que los humanos debemos aprender tanto de esas confidencias como de los gestos.

Yo, sinceramente, me siento muy contento y le pido al Señor que nos lo conserve con el amor de su grey. No sabe usted, Pablo, lo que, al menos para mí, significan sus pasos, las vicisitudes, las tormentas, la lluvia, el calor…, eso tan sencillo y, sin embargo, ya ve usted, querido Pablo, como cada vez más, el hombre se aleja del vergel, del Paraíso perdido, de lo que, evangélicamente, significa pastor, si PASTOR. Yo recuerdo al del redil de las ovejas de mi abuelo, tío Marcelino y su hermana, qué personajes. Quizás, como a usted, les protegiera la madre Naturaleza o el propio Jesús que tanto amor recorría por sus venas y siempre con sus vinculaciones evangélicas, el Buen Pastor…., que da la vida por sus ovejas… Y quizás, no muy lejos, en aquellos pagos suyos, cerca del lago Tiberiades. Claro: usted quizás lo desconozca, que lo comprendo, ahora bien: qué ejemplo el suyo. Cuántos y cuántos pasos no ha dejado, querido señor Pablo Alejandro Pío, en esos pagos, donde brota el olivo y canta el ruiseñor. Mire, señor Pablo, el puerto de Las Batuecas – desde Las Hurdes hasta La Alberca -; ese puerto les valdría a los Ingenieros de Caminos, como nuestro Don Juan, para elaborar el trazado de la carretera por las calendas de ya hace años.

Qué contento estaría “El Chano”, si lo viera, frente a frente, cuando le entregó a usted las riendas de mandar un rebaño, las cabras del señor Teófilo. Que es usted un señor de la cabeza a los pies. Y vaya vida la suya: esa guerra incivil, sus pasos por el Sahara, sus manos de samaritano, sus manos y sus pies ante esa obra mágica del Borbollón. Y la gente tuvo la amabilidad de enmarcarlo en su memoria, estrechar sus manos; y aquel sonido de cuerno, estampa de contienda medieval, de época del Cid. Cuánta vida ha llevado en su mágico zurrón.

Cuánto podría yo narrar de su vida y, si tuviera tiempo, me pasaría a añorar el caído árbol de la plaza, los recuerdos de tantos amigos, alguna que otra nubecilla, el aire y el sol, los recuerdos del pariente Felipe y el cobrador de la Empresa de Florencio Rodríguez, mi padre – que Dios guarde – cuando esos pueblos tenían y mantenían una gran relación con la vieja Miróbriga, Ciudad Rodrigo, donde iniciaría su senda de la Medicina.

Gracias al Digital de la flor mágica de Sara, subrayo la figura de humildad y sencillez, que significa su nombre, Pablo. Desde estas páginas, le envío una literaria corona de laurel y versos; y siga respirando el aire, ese que, quizás, le haya nombrado centenario.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.