Fortuna mata un toro en la Gran Vía madrileña

Imagen de la web www.secretosdemadrid.es
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Los transeúntes de la Gran Vía madrileña no daban crédito a la escena que, ante sus ojos, ocurría la mañana del día 23 de enero del año 1928. De aquella manada de animales, que dejaban los pagos de los aledaños de la ermita de la Virgen del Puerto, junto al río Manzanares, desobedecieron a los mayorales y emprendieron una alocada carrera, especialmente, un morlaco – “un tío - con una respetable cornamenta, vamos, un toro. Todo ocurriría esa mañana, en alocada carrera, una locura que los madrileños interpretarían como una alucinación, un mal sueño. La realidad pregonaba una estampa tan inusitada como peligrosa. Aquella mañana fría de enero, con un río Manzanares –“gota irónica”- casi helado, los animales dejarían el Puente de Segovia, pasarían junto a las paredes del Palacio Real y, especialmente, un morlaco cinqueño sembraría el pánico hacia la plaza de España y “hacerse” dueño en la Gran Vía.

 ¿Un toro en la Gran Vía? Ni en sueños. El animal dejaría, a su paso, una estampa de tragedia. El toro era, lo que se dice, en términos taurinos, “un tío”, un cinqueño, con una muy considerable cornamenta, vamos, capaz de figurar en la portada de la gran revista taurina “La Lidia”. Nadie, pues, daba crédito a lo que veía; que eso si era “barrer” la calle, especialmente, la más castiza del Madrid de esa época: la Gran  Vía tan cantada y bailada, vamos un chotis improvisado, con la muerte en las astas.

¿Un toro en la Gran Vía?. Sí, muchos años antes, en 1908, los había prohibido el ministro de la Gobernación, Juan de la Cierva. Aquel toro, cinqueño, bien armado, dejaría la Plaza de España para desmandarse Gran Vía arriba hacia la plaza de Cibeles. Cogería a una anciana y la dejó mal herida, a la altura de la calle Leganitos corneó en el trasero a un mozo… Sustos, carreras, vamos, un caos sorprendente. Esa Gran Vía convertida en un “chotis” de locura y miedo, hasta que, milagrosamente, apareció un espontáneo, en este caso, un torero. 

En busca de la gloria de las cinco de la tarde, el diestro bilbaíno, Diego Marquiarán, “Fortuna” en los carteles, había buscado en Madrid, el sueño de la gloria de las cinco de la tarde. Antes de llegar a Madrid, se había arrojado del tren, en Valladolid, para evitar ser detenido. Qué casualidad, el día de su gloria en la Gran Vía, iba con su mujer a comer con los suegros. Y allí aparecería el toro de su vida, el que le llevaría a la gloria, protagonista de la suerte suprema, con ese astado huido, muy cerca del edificio de la Telefónica. 

Esa mañana, entraría en la historia de “un ruedo” improvisado. Ahí estaba “Fortuna” para matar el toro de su vida. Fue verlo y, en aquel tropel de gente, a la altura del Casino Militar, le dieron un sable para matar al bruto; y lo intentó, y, no obstante, lo dejaría algo tocado. Pero le pidió a un mozo que fuera a su casa, en la calle Valverde, a un tiro de piedra, y que le diera la criada su espada. Todo ocurriría rápidamente. Con su tizona, el diestro de Sestao, mató al toro de media estocada, ante la algarabía de cuantos celebraban esa faena imprevista. 

Así entraba en la leyenda, vestido de calle, cuando en Madrid buscaba los sueños de la gloria bajo la luna, época posterior a las corridas femeninas, que prohibiría el ya citado Ministro de Gobernación, Juan de la Cierva. Y la Reverte se quitó los pechos postizos y la peluca; era un hombre.

Esa mañana, “Fortuna” recogió los aplausos de la gente en los balcones, mientras varios hombres lo llevaron en hombros hasta un café de la calle de Alcalá y al toro en un carromato al Matadero. Esos días fueron para “Fortuna” días de rosas y vino. Tras ese acontecimiento, buscaría la suerte allende los mares, en Hispanoamérica, donde moriría en un manicomio. Quizás un suceso, como había protagonizado, habría sido demasiado  espectacular.

Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.

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