Dejaría atrás el bello amanecer del día, el humo de las chimeneas al paso de los pueblos y, somnoliento, descubría la ciudad – “viajar, según Pavese, es una brutalidad”-, se abría el paseo de Cánovas – oh, Cáceres -, con sus rosales en mis retinas y estrenaba una forma de vida, como si Platón me enseñara, en ese balbuceo, la filosofía de la ciudad, sus parterres y el gorjeo de los pájaros, y aquellos ciudadanos / as, que estarían tan lejanos de mis labradores. Sí, ahora recuerdo “el Menosprecio de Corte y alabanza de aldea”. Estaba en lo que el hombre llama la civilización y pasaría de un estadio a otro en pocas horas. Oh, mi paseo de Cánovas, quizás brotarían los rosales y las petunias se abrirían en un acto de cariño, allí donde la Casa de los Málaga dibujarían en mis pupilas un arte nuevo, los azulejos no sé si del famoso ceramista Luna o no – el gran maestro de Talavera -.

 Ahora, como Santa Teresa, haré posada aquí, al calor de la bonhomía de sus habitantes, de Don Eduardo Málaga  y su mujer, Doña Elena Palacín; ella de Belbimbre, en pagos burgaleses, cercanos al Arlanzón del Mío Cid. El amor quiso convocarlos en las citas mágicas del corazón, vamos del flechazo, a orillas del mar y él – Don Eduardo -, ante su ninfa, en la playa, le diría: “Esta mujer es para mí”. Yo, niños de pies de barro, en su casa del Paseo de Cánovas,  vería interiores con un toque versallesco y la “belleza convulsa” de sus hijas como musas anidadas en mis retinas. Yo era un adolescente prendido del espliego y el cantueso, que me tallaba con el olivo y la encina y me despertaba con el canto del gallo y el zureo de las palomas. Con algunos años más, Don Eduardo sería para mí, pues como un preceptor, Eugenio Vegas con Don Juanito – el entonces Príncipe -, perdóname, lector amigo, la comparación, que no pretendo que sea odiosa. Pasarían unos años, para que yo abriera mis sentidos a un hombre machadianamente bueno y que él, gran pedagogo, fuera para mí, algo más que un cercano Pestalozzi. De algunos hechos de Don Eduardo sí tendría afectos, sin embargo desconocía su gran dimensión humana. Sabría, por ejemplo, que fue concejal del Ayuntamiento cacereño en 1931, tiempos republicanos de Antonio Canales, en la nube de un pensamiento humanista, con un toque de Julián Besteiro.

 Ese Don Eduardo que llevo como un grabado renacentista; y citas de Pestalozzi: ”Haced que los niños busquen aquello que sean capaces de hallar por sus solas fuerzas” o, recuérdamelo Epícteto:”Solo las personas que han recibido educación son libres”. Quién no me dice que Don Eduardo hiciera suyos estos pensamientos, esas cavilaciones peripatéticas en sus largos y solitarios paseos, como si, tal vez, anidaran en él, frustraciones, camino del Seminario abajo, “a mis soledades voy / de mis soledades vengo…” Esos pasos perdidos…, cerca del Guadiloba donde lloran, por qué no, los suspiros.

A veces, tardamos en descubrir a los amigos y, con Don Eduardo, cometería ese yerro, hasta que, en Madrid, descubriría, en aquellos escarceos suyos, el hombre, gran hombre que llevara dentro; y que recurriría a esas válvulas de escape del viaje, como si le oprimiera la vida provinciana y necesitara, por ejemplo, el aliento de Madrid, el machadiano “rompeolas de todas las Españas”, me llamaba al “Abc” verdadero - ¿verdad, Anson? - ; y hasta le enseñaría el periódico. Ahora, desde el sereno otero de la vida, entiendo sus soledades gongorinas – ya citadas -, el aire que buscaba y no surgía ni una brizna. Su preocupación por el horizonte de España y la salida del Régimen, una vez que se abrieran las puertas de Villa Giralda y muriese el general Franco. ¿No se reunían en su casa los juanistas cacereños o él con seguidores de Don Juan en  un palacio de la vieja Norba?. Estaba, sí, muy preocupado, por el ocaso del Régimen franquista. Quizás en sus largos y solitarios paseos, cuanta meditación no habría en él….”Caminante no hay camino / se hace camino al andar…”Recordaré siempre sus libros de pedagogía, impresos en una imprenta de Burgos, dueños a los que, por cierto, yo conocía.

 En esa bella casa, acorde con la geometría ordenada de parterres y rosales del paseo de Cánovas,  vivía su hermano, el médico, don Evaristo. No sé si sufrió un accidente de tráfico a la salida de Plasencia, en la N- 630, que se le conocía “como la curva de la muerte”. Esos muros de los habitantes de la casa deshabitada, cuánta historia guardan y sueñan en sus estancias, cuánto secreto. Aún recuerdo, en las noches estuosas, la figura patriarcal de sus padres, Don Evaristo Málaga y Doña Filomena García, como quienes le daban al inicio del paseo de Cánovas, un toque de serano, en el buen sentido, provinciano, de palabras perdidas, tras la cancela. Qué gran personaje su padre – 1875 -, qué emprendedor que dejaría sus ocasos juveniles en Granja de Granadilla, para darle a los cacereños un sello de hombría de bien y modernidad, emprendedor e importador de objetos londinenses. Ese Don Evaristo, coetáneo de Don León Leal Ramos; y hacedor de una gran familia…, hasta siete hijos, de los que vivirían tres, Don Eduardo, Don Evaristo y Doña María del Rosario, viuda de Buigas. El creador de la saga, Don Evaristo tendría una vida longeva, rondando cuasi el centenario; y tuvo hasta sello postal.  

Gracias a que Cáceres no ha perdido otro sello – el último - , el modernista de un chalet y, en este sentido, la casa de los Málaga desprende un aire de “belle epoque” frente al dislate de las edificaciones especulativas. Cuánto modernismo se dibujaba durante la Dictadura de Primo de Rivera en esos pagos, en una faz moderna, seudomodernista, que de esto sabe mucho mi admirado y querido ex regidor, José María Saponi, vecino en la cuadrangular pantalla de redondas y cursivas; y aquel estilo ecléctico, aledaño al Paseo de Cánovas, diseño de los años treinta.

Los habitantes de la casa deshabitada. Bella por dentro y por fuera, hecha a la medida y buen gusto  del arquitecto, López Munera, recuperada, felizmente, por Cajalmendralejo; y dentro, en la lejanía de la niña de mis ojos, las beldades de sus hijas: Elena, Carmen, Natalia y Mercedes y sus varones, Eduardo –Yayo q. D. g -,  y Fernando; y sus respectivos maridos, Antonio, Francisco, Ricardo y Anastasio. Helos aquí. En su mudanza, van los recuerdos…, las soledades. No obstante, tendremos voz para entonar esa canción popular: “Una casa que tenga / mucha alegría, / con cuatro fachadas / al mediodía”.

Artícul publicado por Digital Extremadura (19 de abril de 2014) y cedido a este diario por su autor.

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