Como si Hegel me dijera “que cuando volvemos la vista al pasado lo primero que vemos es ruina”. Naturalmente, que en la reciente andadura veraniega, he visto, no sin cierta añoranza, la decadencia de lo que fue y no es, la ruina, que, en cierto sentido, como diría Ortega, “la ruina, en efecto, es la fisonomía del pasado”, pero, naturalmente, he hallado bajo un sol de justicia, en un itinerario de cierta grandeza monumental, que invitaba a cantar mi espíritu, a sublimar la mirada y valorar, como Tanizaki, “el elogio de la sombra”, bajo un sol de justicia. Prendida en la retina, La colegiata de Toro abierta a las Edades del Hombre – el ánimo de la belleza hace cantar la tristeza, saborear los buenos ratos del “caminante no hay camino; se hace camino al andar”, gozar la belleza del paisaje, guardarlo en el estuche de lo emotivo, seguir el camino, decirle  adiós a mi machadiano “río Duero / río Duero / nadie a cantarte baja…./ y esa estrofa de agua”.

Bajo un sol de justicia, he dejado la melancolía de mis pasos, abierta la mirada hasta cantarle un poema a las bellas piedras del pasado… Y he cantado penas, sin la ayuda de laudes, por ejemplo, al “Árbol Gordo”, en Miróbriga – Ciudad Rodrigo -, pobrecillo, que abdicaría de su glorioso reinado para rendirse, debido a una enfermedad, a dejarle a sus amigos mirobrigenses, el color sepia de su pasado. Qué valor el de esa estampa que habitaría en tantas retinas, suspiros de enamorados, paisanos que lo llevaban en la memoria, como se lleva la fotografía de la novia, el sentimiento que afecta al ánimo, estampa singular, los hurdanos – que vaya si ha llovido – esperaban allí para ser contratados y, con su hoz, segar el trigo en esa llanura castellana, vieja postal de Los Tres Postes, la altanería soberbia de la Catedral, el Águeda que corteja, entre lágrimas y suspiros, Miróbriga, luz de luna de corazones, sentimiento tan vivido y reducido a la “suplencia” de una encina.

Cuánta relación ha existido entre la gente de la Sierra de Gata y la vieja MIróbriga, qué ha llovido mucho desde esas calendas, antes y después, de la contienda incivil. Cuánta relación existía entre esos pagos y la episcopal Miróbriga. Tal vez se decía, quizás sin maldad:” Que de Castilla el trigo, pero no el amigo”. Respuesta: “Y de Extremadura el aceite, pero no la gente”. Mi padre iniciaría sus estudios entre esos muros castellanos; y el trueque, muy frecuente, entre los serranos y los salmantinos, cuando se viajaba en aquellos viejos camiones y autobuses. Esa estampa tan singular de los hurdanos, cuando llegaba la siega. Vivir y convivir, comercializar, imágenes y vivencias sepias de un pasado no muy lejano.

Bajo ese sol estuoso, cuasi asomado al balcón paradisiaico de Sierra de Gata…, pueblos sumidos en la decadencia con el testigo de los viejos y la sangría de la emigración. San Felices de los Gallegos, el pueblo de las tres mentiras: ni son santos, ni felices ni gallegos. Ahí, bajo un sol de justicia, entraba, no exento de melancolía, en mi paraíso perdido no de Milton… La Sierra, Sierra de Gata, donde nacen tantos suspiros y ya ni se sacan los pañuelos como adioses; la mirada acoge el verde primoroso y elude – o procura eludirlo -, sin embargo, la ceniza de nuestros bosques, donde las llamas del pasado hurtarían tantas imágenes como ilusiones.

En ese infierno, Sara Fontán ocultaría sus lágrimas sin descanso ante “El Digitalino”, que volaba, mágicamente, entre el humo que ciega los ojos y el apagado solar ceniciento. Esa imagen sepia que nunca hubiéramos querido ver, porque la belleza arbórea desaparecía entre la locura y la frustración. Como una fontana, Sara abriría las páginas de la magia, entre la desolación alocada del viento, el ardor guerrero de las llamas y, a todos, el fuego nos hurtó una belleza, la de este paraíso perdido, donde el hombre, huérfano del vergel, lloraría sobre las pavesas, ante el humo que, como una canción, cegaba los ojos, vuestros ojos, los míos. 

 Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.

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