Lecturas evangélicas de las niñas en el Buen Varón

Monaguillos en Nuestra Señora del Buen Varón durante los actos religiosos
Monaguillos en Nuestra Señora del Buen Varón durante los actos religiosos

Por la mañana dominical, sales, como quien se dispone a buscar la vida o encontrarnos, mutuamente. Todo ello ha ocurrido en la magia, bella capa serrana del paisaje de Sierra de Gata – aun con las cicatrices del fuego – cuando busco la iglesia del Buen Varón, los buenos días perdidos, hace tiempo, cuando, en estos lares, soñábamos y hasta tendríamos un debate con la asistencia del entonces Ministro de Educación, Robles Piquer, cuñado de Manuel Fraga. No pasa el tiempo; pasamos nosotros. Qué gozo encontrarte en este templo y en esta villa, donde pasarían los veranos los obispos de Coria, de ahí el sello de estas edificaciones palaciegas, los restos de ermitas, la del Cristo Bendito del Valle o el convento franciscano del Espíritu Santo. Quedan más recuerdos de un tiempo glorioso. ¡Ay, Fabio qué dolor! Gozaré, no obstante, con este templo, muy pobre de asistencia, muy común en este sendero de la desacralización. Aún tenía en la retina, la imagen muy lejana de la iglesia, cuando mi paisano Manuel Aparicio aún era párroco de este bello templo. Ahora asistíamos a la Misa dominical muy pocos fieles. Además del sacerdote, unos extraños monaguillos, un chico y una chica y, en el momento de las lecturas, aparecerían dos chicas, que, a duras penas, alcanzaban el misal y, sin embargo, leyeron los textos muy bien, casi empinadas para dejar sus ojos en el misal y hacer una buena lectura. 

Tanto en la fachada, como en otras piezas artísticas,  se aprecia en esta iglesia, la mano del famoso arquitecto Pedro de Ibarra y otros autores pertenecientes a la diócesis, como Juan Bravo, Diego González  y Diego de Barreda. Todos ellos dejarían entre estos muros el toque mágico de su amor arquitectónico. A pesar de la humedad y el frío, nuestras retinas se llenaban de arte, bien del retablo mayor, barroco y de notables proporciones en madera dorada, con dos cuerpos y tres calles separadas por columnas salomónicas y valiosos adornos bien de hojarasca, angelitos y telas colgantes… Y no digamos las imágenes de la Inmaculada, San Bartolomé, la Virgen con Niño… En suma: un arte cautivador para la vista y el sosiego, más el púlpito, la madera tallada, regalo para la vista y aquella soledad del templo, lleno en otras ocasiones y ahora, sin embargo, reliquia de un tiempo pasado.

Al salir, escucharía el eco de la voz del tiempo, ya muy apagado, en esta transición manriqueña, de esta villa de pleitos, de gente de los pueblos aledaños, cada día más solitarios y decadentes, cuando los obispos buscaban en estas calles de Hoyos el sol decadente del estío, lejano el suceso atroz del obispo Alvarez de Castro, que los franceses llevarían al martirio. Pero de este suceso hablaremos…., cuando llevo en la retina la imagen color sepia de la escasez de fieles, y el entusiasmo de esas niñas asomadas al misal. Que ya es bastante, sentir tanta soledad, como una niebla que nos envuelve, en este jardín, donde, quién sabe, si no pudo florecer un paraíso, ahora mustio y tristón.

Juan Antonio Pérez Mateos es escritor y periodista.

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