LAS LETRAS DEL VIENTO. Elegía por Aurora Serrano

Aurora Serrano Corchero
Aurora Serrano Corchero

No sé cómo volaste, Aurora, moza de rosa y oro, en aquel “agosto, augusto y lento”, ni cómo nadarías, náyade de un mar heleno, pero se abrirían las nubes desdibujadas de un cielo triste y apenado, para buscar una peineta, allí donde los dioses ordenan las nubes, dejan caer, en su tiempo, las lluvias y las nieves, y los mares cortejan a la tierra. Tú, junco verde y oro, bajo aquel sol que nos deslumbraba; y ardían las sombras en medio del rosetón de la iglesia de Villanueva de la Sierra, mientras las lágrimas se desbordaban por las mejillas; y escuchábamos, en los viejos aparatos de radio, cuando también la piel de toro, era aún una desembocadura de lágrimas, sí, Aurora, que el sol nacía entre el amor de dos montañas, cuando yo buscaba las sombras del Parral, y olía los bodegones de las viñas, en aquel humedal de la Sierra de Dios Padre, cuando apenas era un niño de pies de barro; y la Sierra nos retrataba desde lejos, como si resucitaran los pinceles de los impresionistas, allí, donde brotaría un surtidor de azucenas, y el sol pedía, con sus rayos, que se abrieran las ramas de nogales y membrillos, para que maduraran en el estío, otoños de membrillo, olfatos embriagados de perfumes, sí Aurora, Aurora Serrano Corchero, que alzaste el vuelo cuando tus melenas deslumbraran, ante el espejo, tus ojos húmedos, escultura adolescente, de diecisiete años, diecisiete, Aurora, que la Naturaleza se abría contigo – estabas entre las elegidas -, en la escuela de tía Juanita o de mamá Cele - yo te soñaría como una actriz, desprendida de un cartel de estrellas del celuloide o alguna desprendida de aquel cielo tan nuestro, ábaco de contar estrellas, en los veranos de posguerra, que aún olía a pólvora de  la contienda.

“Claro que se canta lo que se pierde”, Aurora, que el destino, ese tiempo sepia de los años, ha querido que yo te cantara mis penas, compartidas con aquellas, ya lejanas, de Villanueva de la Sierra, cuando este niño estaba prendido de tus ojos, y dejarían caer una, dos, tres lágrimas… – el dolor no tiene números -; y yo, chiquitín, que escucharía los ecos bélicos de estos inciviles españoles, aquella noche, lejana noche, cuando tu hermano, el sacerdote, Florencio Serrano Corchero – yo su monaguillo - nos contaría tu vuelo de alondra, cómo elegiste un olivo de la Peña Sola, y ascenderías, lenta, majestuosamente, en aquellos años de estraperlo, de luto y sangre, dolor de España, abrir los algodones revueltos del firmamento para ver a Dios. Ya nos diría Píndaro, que “el hombre es el sueño de una sombra”.  

   Ahora –¡y ya ha llovido ¡– Julián Manzano me envía tu recordatorio – y te recuerdo -; y mira si ha llovido, desde entonces, si habrá soplado el viento, si habrán derramado perlas los olivos, sólo Dios lo sabe, pero estás ante mis ojos, con tu belleza de celuloide, yo llevaba, en este planeta Tierra, ocho añitos. Y tu imagen  me lleva a aquella infancia, dorada en la arena de la vida, las lágrimas de tu hermano, Florencio – y su monaguillo - mis padres, aquella estampa en el patio, cerca de la humedad de los cántaros, ya volaron, tu vuelo de oropéndola y la puerta majestuosa entre las nubes, Aurora, reza una oración por nosotros, que vaya si lloraron las campanas y el negro cubriría, a tus amigas y familia, como un sayal donde los pies caminan con las sombras.

Juan Antonio Pérez Mateos es escritor y periodista.

Aurora Serrano Corchero falleció en Villanueva de la Sierra, el día 21 de agosto de 1949, tenía 17 años y la belleza de una ninfa. Su hermano, Florencio fue sacerdote, en esos años, de Mohedas, Cerezo y Palomero.  

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