LAS LETRAS DEL VIENTO La bronca del obispo Segura

Cuanta historia esconden las paredes de la iglesia de Villanueva de la Sierra, solemne y abierta a un gran balcón de olivares, lomas, arroyos, ríos y riachuelos, pueblos que esconden, en lontananza, su vida bajo los tejados. Un pueblo es, especialmente, su iglesia, oratorio secular donde anidan, calladamente, tantos recuerdos: el bautizo, la comunión, la boda y el entierro. Son las paredes del templo, testigos mudos de los acontecimientos sacros e importantes de la vida de un pueblo. El faro que expande y recoge la luz del espíritu. Acogida la iglesia al nombre de la Ascensión, este templo es un faro mayor sobre una campiña bella y montaraz, un paisaje que abre su hopalanda grisácea de olivares a la Sierra de Gata. Qué sonoridad cuando suenan, en la lejanía, las campanas y se escucha su eco, junto al río Tralgas, por ejemplo; que nos sentimos más vivos, más añorantes, más humanos, en suma. No digamos si doblan las campanas: Heminway se emocionaría del eco y el susurro del agua. Qué regalo de la Naturaleza, abierto este faro, pétreo y espiritual, su hopalanda al recreo de nuestros ojos. Qué bello el puente sobre el río Tralgas, los olivares con la plata en sus hojas, y la ladera de la Sierra de Dios Padre, coronada por unas peñas abstractas. ¡Qué miranda! Qué dadivosidad geográfica hasta Béjar y Cáceres, en días claros.

Qué emoción sentía yo cuando tañían las campanas, signos de nuestros ritos, y esa atalaya donde, silenciosamente, se cocrea el mundo – Tehilard de Chardin -, dejamos que duerma la mirada, desde aquí, donde figuraban los nombres “caídos por Dios y por la Patria”. Un mal viento de la historia, los ha borrado. No sé si es Cernuda, quien, en uno de sus versos, dice: ”Recuérdalo tú; recuérdalo a otros”. Porque debemos conocer la historia, para que, ciertos hechos, no se repitan. Llevo en mi retina, como un escapulario, esa floresta, tan extensa como hermosa, edén de mis años juveniles.

Y aún recuerdo, la llave de la entrada al templo, el armonio ahora en otro sitio, la capilla con el Santo Entierro, las lápidas a lo largo de la carrera – donde yacen antepasados -, los bancos, los reclinatorios – pequeñas obras de arte, que haría tío Pedro -. Qué buen artesano, cuántas horas oliendo la madera, su obra bien hecha que diría Eugenio D Ors. Cuánto amor en sus manos… Un cuadro alusivo al Infierno ¡qué temor!. Los confesionarios y aquel lejano y viejecito sacerdote, don Sebastián, santos en sus hornacinas, el púlpito ya reliquia, altares, la imagen de Dios Padre y el fascinante retablo del Altar Mayor. ¡ Ah! Y el armonio. Por sus teclas, discurrían los dedos mágicos de Melecio Mateos

Cuanta vida conserva esta iglesia de la Ascensión, cómo huele a tiempo ido, qué testigo tan callado y, sin embargo, altivo. Cuánta alegría y cuanta tristeza. Cantamisas, sollozos, oraciones, rosarios, sentimientos, inciensos. La vida resumida y consumida, la ilusión de un nuevo traje, el gozo de la fiesta, las lágrimas del ser querido y, sobre todo, el Sagrario y el olor a incienso. Bajo este tejado, ha escrito la historia la vida sencilla de los campesinos y de los acaudalados de la villa…, y aquellas gratas siestas con mis dedos sobre el teclado del armonio y algo de Chopin que, en ese escenario, elevaría mi espíritu.

Si algo nos envuelve con el celofán del misterio y la alegría, son estos muros, sillares de un encuentro, estar juntos, meditar juntos, pedir mercedes juntos. Y cuántos obispos de Coria dejaron aquí el eco de su bofetón. “El obispo de Coria / me dio un bofetón / para que me acordara / de la Confirmación”. Aquí dejarían el color púrpura, la sombra del báculo… En fin, todo lo que significa el misterio; y habría cantamisas y, entonces, una banderita blanca ondearía en el campanario. Tiempos de Florencio Serrano, Emiliano, Manolo y tantos otros, que dejarían en la Eras la holganza de jugar al futbol. Que Villanueva de la Sierra sería un gran vivero de vocaciones.  Época de don Rogelio y su cuñado, Inocencio Anaya, “Charro”, hombre de saberes, amigo del alma.

Tiempo también de misiones y visitas pastorales. Un día vendría el entonces Obispo de Coria – Cáceres, Don Pedro Segura Sáez, qué gran y controvertido personaje. A pesar de su mala salud de hierro, Segura se levantaba hacia las cinco de la madrugada. En Cáceres, al levantarse se encaminaba a la casa del canónigo,  don Elías Serradilla, a un tiro de piedra y le pedía la llave, abría la iglesia de Santa María y, con su brasero – en invierno, claro – se disponía a confesar.

Un día, el Pastor Pedro Segura vendría a confirmar a chicos y chicas de Villanueva y en la iglesia no cabía un alfiler. Llegaría el momento de la comunión. Entonces, surgió el carácter de Segura. ¿Y qué paso?. No había Sagradas Formas para todos. Entonces, en un silencio claustral, el obispo Segura se dirigió al párroco, Julián Macías – sería más tarde, párroco de la iglesia cacereña de San Juan – y, en un tono solemne, dijo: “¡Mal Pastor es aquel que no conoce el número de sus ovejas!”. Hoy, no hubiese ocurrido. Eran, además, cosas de Don Pedro Segura. ¡Qué personaje!. Genio y figura.

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