LAS LETRAS DEL VIENTO. La carta y el cartero

Qué habrá sido de vosotras, cartas mías, papel donde dejabais, amores, quizás el carmín de vuestros labios, sosegado corazón en el recuerdo sepia de vuestra belleza, testamento de horas entre Cupido y desengaños, la rutina de una crónica manchada de corazón,  imagen e ilusión anunciada, el ruiseñor de unas miradas, el espejo bello de unos rostros, las cuatro letras, que ardían en la imaginación del amor, imaginado retrato de tu rostro nacido de la inspiración de un gran pintor o, más humildemente, la belleza resucitada en aquellos fotógrafos  ambulantes de ferias y fiestas y el telón de los sueños en el fondo, cubriendo una pared de piedra. Aquellas cartas que dormían, con su llegada, en nuestros sueños, y las imágenes – las fotos – que revoloteaban como bellos jilgueros en la selva del amor. Ya sois recuerdos, solamente recuerdos, postales ya  sepias que con Cupido dormiréis en la hondura de la memoria, chavalas nuestras, que quizás ni os atrevíais a enviarnos un beso. Yo añoro esas cartas, como se añora la infancia, “la patria del hombre”, cuando empezábamos las carreras de nuestros sueños. 

Claro que recordar es vivir, sentir que latía el corazón y que el día o los días, y la noche o las noches, aquel blanco y azul de papel cómo rompía el monótono curso de las horas, allí, en la aldea, sumida cuasi en una rutina, los vencejos del alba, la marcha al campo como una égloga romántica , cuando la aldea se desperezaba de los sueños lentamente, descorrido el gran telón del alba matinal, abierta a las tareas agrícolas, a la recogida de cestos de aceitunas como si vinierais - canciones y corazones enamorados – de una batalla agrícola, la estampa del olivar, predio plateado, que la aldea era una alabanza y la Corte un menosprecio.

Cómo esperábamos la llegada del correo; y qué nos diría la moza en “las cuatro letras”, cómo transcurría la “mili” del novio en Sidi Ifni o más cerca. Sí, la carta era el beso blanco en el corazón ardiente, aquellas letras que, de tanto leerlas, aprenderíamos de memoria, la ausencia, el mensaje oculto de la ausencia. Qué pena que haya perdido las cartas de mi madre, cuánto pagaría por ese rescate. Sin embargo, conservo algunas misivas de aquellas mozas que estaban en el caballete y  se prendían en mis ojos, cuando el cartero no tenía que llamar dos veces; que íbamos, no exentos de pálpitos, a esperar esas letras como quien abre el corazón para grabar en él una serie de nombres.  Erais / significabais mucho  en las horas de nuestras vidas o, al menos, en la mía, un solecito blanco inscrito en el corazón rojo. 

Cuánto os debemos cartas como besos de papel en nuestros labios adolescentes. Martín Patino rodaría “Nueve cartas a Berta”, en aquella Salamanca, donde yo abría el libro de mis andanzas entre el dorado de las piedras y la belleza convulsa para hacer más grata y grande la vida, ilusionarla, ilusionarme. Ahora el hombre quizás haya perdido la ilusión de las cuatro letras por la inmediatez del tuiteo. De todos modos, os añoro, cartas, sueño sepia de una época, cuando la vida descorría el telón de las horas y compartíais conmigo sueños; que, al fin y al cabo, “la vida es un sueño y los sueños / sueños son”. Aquel correo de la mañana o de la tarde, que larga era la espera y que feliz dejar la retina envuelta en aquel papel donde se reflejaría tu rostro.

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