LAS LETRAS DEL VIENTO. La casa encendida o la tribulación consistorial en Villanueva de la Sierra

La muy noble y leal Villanueva de la Sierra – donde nació “La Fiesta del Árbol” - acaba de estrenar alcalde; bienvenido sea a este pueblo de enjundiosa historia y le acompañe la suerte con su bastón de mando, sea pródigo en el remar de  la convivencia y abierto a la comprensión, aplique un sano proceder, tenga tino y reconduzca las aguas – ahora turbulentas - para que sea fructífera la convivencia. ¡Que la violencia ha brotado en los plenos! 

Ser alcalde es un noble cargo, que lleva, naturalmente, una carga. Ante todo,  ha de ser comprensivo, escuchar a los vecinos, gozar de ese arte, que es un don, reflexionar serenamente, pedir consejo si ha de proceder, y decidir con justicia la gobernanza de ese pueblo histórico. Por ende, procure ser ecuánime y dejar en la orilla las ideas - no recuerdo, quien decía, “que las ideas para abonar el campo”. Y, sobre todo: “paz, piedad y perdón”. Orillen toda provocación y que triunfe la palabra y el buen juicio. La historia de Villanueva de la Sierra está presidida por el amor al árbol. Tenemos, pues, nuestro Guernica, las álamos  que cantan, con estorninos y abubillas, el paisaje sepia de una efeméride universal.

Debe resultar muy grato ser regidor, pero, como todo deber, implica decisión. Y, esa gratitud, sin embargo,  no está exenta de espinas, máxime como se entiende la política “para sanar los males; jamás vengarlos”. Un pueblo o una villa o una ciudad – me da lo mismo - debe ser ejemplo de convivencia, de respetarse unos a otros, de tolerarse, la acción  de buenas palabras  o  del argumento bien expuesto.

Ese sol que sale para todos y nos despide con la melancolía de un fado, la sombra compartida, la lluvia que cae  como una canción por tejados y canales. Caminos y senderos  que nos llevan a nuestros predios; el sol y la sombra, la madrugada ya sin el eco  del kikiriki de los gallos, los ocasos y los últimos rayos de la tarde con un fado en  la despedida,  el reloj de la plaza que marca nuestras horas, el canto del búho, la llegada de la cigüeña – “por San Blas, la cigüeña verás” - y  su peculiar estampa y cántico, el color y el olor de la primavera, la belleza roja de los  prados con sus amapolas, el paisaje plateado de los olivos – el olivo y su símbolo de paz -, la serenidad de las azucenas, el tañido de las campanas , valiosas campanas de Villanueva de la Sierra que se decía, ingenuamente, que hubo confusión y que su destino era Villanueva de la Serena; el sonido del esquilón, tan en nuestros oídos, “la hora del Ángelus”, el son del armonio, nuestros Santos y Santas a quienes nos encomendamos los creyentes,  vecinos y deudos que yacen en el Camposanto – “uno es de donde tiene el amor y los muertos”. Todo, en suma, es tan común, tan familiar, que, antiguamente, no hace muchos años, llevaríamos las cabras y las recogeríamos del Común, en el Egido. La tormenta y el olor a tierra mojada… Por qué estar distante y ser distinto, cuando es tanto lo que nos une más que lo que nos separa.

 Y compartimos – que canta la copla - el mismo agua, porque el pozo es medianía.  Mirad cómo cae el agua en el pilar, aquellos tres pilares de Villanueva: el situado junto a la casa del sacerdote, el de la plaza y el pilar  del  llano. Qué bella armonía y el riachuelo que corría por las calles y, con nuestras manos de niño, levantábamos nuestros molinos.

Cuánto nos une y que poco nos separa. Orillemos los pequeños desencuentros. Que sigamos diciéndonos “adiós y con Dios”. “Buenos días”, “buenas tardes” y “buenas noches”, ya sin fanal. Que ha sido kafkiano cuanto ha ocurrido en los plenos estos últimos días de perturbación. ¡Qué plenos con el Benemérito Cuerpo de la Guardia Civil! “En política – lo decía Napoleón III – hay que sanar los males; jamás vengarlo!”.

Por qué distanciarnos ante este gran don de la Naturaleza, que nos mirará Dios Padre desde esa ermita entre las nubes o el cielo azul; y la gran hopalanda que se extiende en el confín de la Sierra de Gata. Dejad / dejemos orillados los conflictos, proclamemos la palabra, como antiguamente, como en los tratos, sin necesidad de papeles. Abrid, abramos el corazón y haced / hagamos del Ayuntamiento nuestra casa común. Que por esta casa de todos, han dejado sus huellas nuestros antepasados, ahí, cerca de la palmera de Durán, de la vieja estampa del Cuartel y toda esa cultura y vivencia en su entorno.

Qué fue de aquellos regidores, ya idos, sepia en el recuerdo: Agapito Corvo levantaría el primer Ayuntamiento, en 1922 y el reloj. Durante la República, Germán Serrano y la tribulación de los tiempos convulsos y, sin embargo, su tolerancia para que hubiera procesiones: la del  Nazareno, la Virgen y el Santo Sepulcro.  Y, en  lista de regidores como la de los “Reyes Godos”: Jacinto Anaya, Nicolás Corchero – “Chiquito” -, José Corchero – el de la fábrica derruida de Pedroso -, Fernando Rubio y sus muletas; don Telesforo Sousa, el médico, y su estampa de personaje: mandaría cubrir la bella laguna – al parecer, por el paludismo -. Y tendría una brava actuación la noche en que Villanueva de la Sierra pudo entrar en la historia de España como “un Fuenteovejuna”, en tiempos del estraperlo.  Un inciso: por la época de la Dictadura de Primo de Rivera, vería mi madre, que Dios guarde, el primer automóvil que llegó a Villanueva.

Con  Gonzalo Simón se cerraría en el Ayuntamiento la época de los alcaldes franquistas, hasta que se abrirían las urnas democráticas con  Alfredo Delgado Bravo, conocido como “Seneca;  Lorenzo Mateos – independiente -, que era guarda forestal; Feliciano Anaya Rubio – independiente -, Telesforo Rubio Román – socialista (1983 - 1987;  Antonio Zancada,  - socialista - . En ese tiempo, vendría a Villanueva el llorado Manolo Veiga, Presidente de la Diputación y yo plantaría un bello ciprés, ahora hermoso, junto a la casa de mi padrino, Rufino Saúl. Y prosigo con la lista: A Antonio Zancada, le seguiría con el bastón de mando y, como independiente, el maestro Ambrosio Paule Simón, natural de Torrecilla de los Ángeles. Y, con Rafael López Rodríguez, llegarían a la Casa Consistorial los Populares. Además, Rafael llevaría las riendas burocráticas de la comarca de Sierra de Gata. En su mandato, se construiría la residencia de las Eras y el velatorio. Buen tipo. Y a Rafael le sucedería el llorado Leoncio Gómez (PP), gran hombre y buena su tarea, especialmente, en el Pósito. La muerte se lo llevaría joven y nos dejaría huérfanos; y Almudena Moriano Domínguez, también del Partido Popular, buena regidora; y José Herrero Matillas, socialista, ahora enfermo – su hija ha sido alcaldesa de Guijuelo -. Y, recientemente, Francisco Javier Simón Muñoz. “Javi” para todos, se ha hecho hombre entre los muros del Consistorio. Entraría en él,  con veintitrés  años, y sería elegido por mayoría absoluta  – desde “2007 a “2014”. Javi  sería muy votado y su larga estancia en el Consistorio le ha otorgado el que se conozca el Ayuntamiento como su casa; vamos, al dedillo. Y Javier se lamenta de lo ocurrido.

Viejo Consistorio que formaría parte de mi adolescencia: largos ratos con el padrino, Rufino Saúl en el Juzgado; Ángel Rubio Machado, secretario y tan cercano en los afectos familiares  y Pedro Prieto Martín. Como el alma que pulula entre los legajos, muchacho diligente, Evaristo rumia la navegación platoniana, junto a María, su mujer. ¡Cómo conocía Evaristo, tan coleccionista, los entresijos de la casa de todos!  

Ahora, en plena turbulencia, ha llegado a la Casa Consistorial, Daniel Pérez Puente, perteneciente al Partido Popular. ¡Felicidades, alcalde!. ¡Y suerte! A luchar por cuanto une y no desune a un pueblo, quemad odios y libraos de disputas, que el Ayuntamiento sea la casa de todos, la casa encendida y común donde la mano se extienda generosamente y la grandeza de la palabra retumbe en los plenos, aunque “el hombre por naturaleza, sea un animal político”. Y no lo digo yo; lo dice Aristóteles.  

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