LAS LETRAS DEL VIENTO. La "charla nocturna" de ETA en Valverde

Esa noche de verano, hacia las dos de la madrugada, procedente de Estremoz, llegaría a dormir a Valverde del Fresno, bajo una luna lorquiana y el rumor de las aguas junto al hostal Las Palmeras. Hay que husmear las poblaciones, a ser posible de noche y de día. Este las dibuja claramente; la noche, las encubre. Y, temeroso del insomnio, echaría a andar como Solón; y comenzaría a dejar mis huellas en la claridad nocturna, entre unas voces que rompían el silencio, tan propicio para sugerir como para imaginar. La noche oculta tantas cosas, es tan misteriosa, que invita a la creación y, por ende, a la fantasía. Cuántos sucesos no encubrían esas calles, esas casas, esas plazuelas, la misma iglesia, hasta descubriría una calle dedicada al Cardenal Segura, obispo que fue de la Diócesis de Coria, después Cardenal Primado de Toledo y cuyo paje sería Don Fausto Cantero, nacido en el pueblo cercano de Villasbuenas de Gata, hombre machadianamente bueno y espiritual, víctima de la contienda incivil – qué trágica muerte la suya - en la Imperial ciudad de Toledo. 

Curiosamente, el rótulo de la calle me llamaría poderosamente la atención: El canalón divide, de tal Bar Angel Colorao. Imagen de Juan Antonio Pérez Mateos. www.sierradegatadigital.essuerte, el rótulo del Cardenal Segura, que obliga a leer: Carnal Sera… Aún podrá verse y tengo imagen de esas letras, que no dudo en pensar que se trata bien de una chapuza de la obra o de un desatino malintencionado. A un tiro de piedra, bajo una luna lunera, un grupo de hombres y una o dos mujeres jóvenes, discutían, acaloradamente, sobre la reciente Historia de España, con un calor de apasionamiento, entre los contertulios, que me recordaría: “El españolito que vienes al mundo / te libre Dios / una de las dos Españas / ha de helarte el corazón.” 

Lentamente, con el transcurso de la noche, el grupo se iría camino del descanso y quedamos, en cierta intimidad, tres hombres y una mujer. Y charlamos los cuatro en un bar. Quién iba a decirme que, en la conversación, iba a surgir una referencia tan prolongada sobre la banda terrorista Eta. Pues sí: casualidades del destino. 

Por una parte yo, en la investigación para mi  libro “Los Confinados”, tendría una entrevista con una familia perteneciente a la banda terrorista, hace años; y el padre de familia me invitaría, a la V Asamblea de Eta, concretamente en la isla de Yeu, muy cerca de Zarauz, lugar donde pasaría largas temporadas la Reina Fabiola. Naturalmente, que no me presté a tal invitación. Sin embargo, sí a la del famoso eclesiástico nacionalista, el padre Olaso, cuya voz nos llegaba a través de Radio España Independiente. Tras el padre Olaso se escondía el nombre de Alberto de Onaindía, autor de libros muy interesantes como “Un hombre de paz en la Guerra” y otros títulos muy interesantes. Qué grandes hombres. Qué ratos tan sugerentes con ellos. Su hermano era párroco de la Iglesia de San Juan de Luz. Con ambos haría una gratísima amistad.

Casualidades de la vida. Quién iba a decirme que, esa mujer, que estaba en el reducido grupo, junto al bar y, ya en la quietud de los cuatro, ella nos daría relación y noticias de sus misiones e intríngulis de la banda terrorista y, en su narración, hasta había sido utilizada como correo del zar; es decir enlace por la banda terrorista, que hasta conocía muy bien la referida iglesia. ¿Quién me lo iba a decir?. Yo comentaba mis andanzas para elaborar “Los Confinados”. De hecho, querido lector, el primer acto, sin permiso de la autoridad, donde se encontrarían las “dos Españas” – desde el doctor López Ibor hasta Gregorio Peces Barba ( q.D.g ), pasando por el destierro de Nicolás Redondo en la localidad hurdana de Las Hurdes; en la República, estaría el famoso doctor Albiñana –. Pues esas dos Españas, iniciaban, en ese sencillo acto, el sendero de la reconciliación en el Club Internacional de Prensa.

De ahí mi sorpresa, la coincidencia en ese alto en el camino, la charla grata en la quietud del bar, las acciones de enlace de esta serragatina. Quién iba a decirme que, en ese humilde salón, tres hombres y una mujer disfrutaríamos de una charla tan grata y qué casualidad ese encuentro de una historia tan oculta, en el conticinio de la noche.

El amigo Julián Manzano Garrido, hecho de tantas vivencias valverdeñas, habría disfrutado de esta charla, niño de posguerra, años de silencio y estraperlo, los que se llevaron los arroyos de la luna, cuando la amargura dejaba lágrimas sobre los rostros y los corazones palpitaban y  no cabían en los calabozos.

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