LAS LETRAS DEL VIENTO. El día que todo San Martín estuvo en el cementerio con el Cardenal Almaraz

El cardenal Almaraz con los prelados de Ciudad Rodrigo y Salamanca
El cardenal Almaraz con los prelados de Ciudad Rodrigo y Salamanca

Todo es magia entorno a Jálama que diviso desde la cúspide de la Sierra de Dios Padre, pagos de Villanueva de la Sierra. Cómo no enamorarse de esa Sierra de Gata mágica, donde descansa mi retina con el gozo de quien hospeda en su iris un paisaje sereno, confines lusos, donde quizás llegue el eco del fado, gracias Amalia Rodrigues. Ahora estoy bajo los bosques que habitan en mi tantos sueños y añoranzas… Te imaginas, amigo lector, la historia que guarda entre sus paredes y bajo su tejado, ese cofre de años, San Martín de Trevejo, medieval y sonoro, dialectal y entrañable, donde llega el eco de un fado, personajes como un Proust en busca del tiempo perdido, pues como legión de filólogos –Menéndez Pidal, entre otros–, en busca de las raíces da fala.

Pero, orillaré la fala para narrarte, amigo lector, el día en que llegó a San Martín de Trevejo una comitiva muy especial para oficiar un solemne funeral por el alma del abogado, Nicolás María de Ojesto y Díaz – Agero. Cómo sería este personaje que, hasta por pagos de Navasfrías, se comentaba: “¿Quién es Dios? Ojesto y otros dos”. Chismes de la época. Ni más ni menos que, hasta esta original villa, llegaría el entonces Cardenal Primado, Enrique Almaraz Santos, clérigo nacido en La Vellés, campo de la Armuña, a un tiro de piedra de Salamanca. La vida del Primado estuvo muy vinculada al Papa Benedicto XV – el Pontífice y él morirían el mismo día y casi a la misma hora -. Todo un Primado de España vendría hasta San Martín el día 15 de junio del año 1920 para ¡oficiar un funeral! Su amistad con Ojesto nacería en Salamanca y muy grande sería el afecto al personaje para alcanzar estos parajes, de tortuosos caminos, a lomos de caballería. Con el Cardenal, vendrían, entre otros, los obispos de Salamanca y Ciudad Rodrigo. Hay que tener cariño para, en esa época, por esos senderos alcanzar San Martín, que hasta el mismo Cardenal Guisasola, invitado por Daniel Berjano, dos años después de la anterior comitiva, estaría oyendo el rumor de esas aguas como un riachuelo de senderos peligrosos.

Y, lógicamente, sería día  grande en San Martín, que doblarían las campanas a duelo y sería tal la afluencia de fieles, que todos no cabrían en el cementerio –creo que en el viejo–, pues panteón tienen los Ojesto en el camposanto nuevo. Coincidía ese día grande en San Martín con la festividad de Santa Julita y Quirico, en Villanueva de la Sierra –no muy en lontananza de San Martín –donde nació la Fiesta del Arbol y el sonido de buenas campanas – dicen que las llevaron equivocadamente –, sea o no verdad, dejaban por el valle sus notas colgadas en las plateadas ramas de los olivos.  

No sé si San Martín – supongo que sí – se echa al morral grande de su historia, tantos hechos que cuelgan de la magia del tiempo, de las canales por donde lloran las penas los ojos negros, historia oral o escrita, pero historia, al fin y al cabo, porque un pueblo sin historia es como  un cuerpo sin alma, esa vecindad cada día más huérfana en las aldeas, cosed sencillamente lo que somos: cosed y bordad las palabras sobre el tambor de vuestras caligrafías de hilos. San Martín del que me prendería, ya hace años, y las lejanas charlas y convivencia con mi amigo, el estomatólogo, Félix Hidalgo y su centenaria madre, doña Carmen Díaz –¡viva la longevidad!– o de mi pariente, Eduardo Corchero – hijo de mi añorada prima, Nicolasa– que escucharía, con su fonendo, el misterioso organigrama del cuerpo y el espíritu, a Luis Carlos o a José Luis Martín Galindo, pastor literario de Val de Xálima o a Victoria y Justa Martín – dicen que los vencejos recogen tus palabras y las dejan en el pebetero de la cocina, y su bella voz de romance se cuelga de las estrellas o de las nubes, lejano el recuerdo de Francisco–.

Como diría el poeta:”Me voy /me voy, pero me quedo”. Y hablaremos, en otra ocasión, de este dialecto hermoso, que basta para que los hombres se entiendan en dos lenguas bajo una luna clara y unos viejos tejados y discurra el agua como una copla manriqueña y me lleve en la retina la bella estampa de un pueblo medieval.

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