LAS LETRAS DEL VIENTO. Dulces días de vendimia

Me retornas, septiembre, a mis pupilas verdes, el cuadro del pintor más grande de la Naturaleza, aquellas vides escalando la viña donde dormía tío Lao – un ser de cuento -, en el jacal de la viña, ni cómo alcanzaría aquellos pagos, ser extraño, imagen del siglo XVIII, de dónde sería, que pies lo habrían traído hasta estos pagos. Solo sabíamos el presente de un ser estampa de otro mundo, cuando mis retinas adormecen en aquel cuadro mayor de la Naturaleza, pinceles de soles, acunados en la pendiente de la viña, la estampa de tío Lao, envuelto entre ofidios, acentuando su imagen misteriosa por las calles y las plazas de Villanueva de la Sierra, tiempo de vendimia, el verde mezclado en la paleta mayor de la Naturaleza con el fondo gris de los olivos. No, no bebería – naturalmente, salvo el mosto - de esa celebración gozosa de la vendimia, las ubres de las vides, pendientes del universo, el don de la ebriedad, en esa vendimia, que anunciaba una larga cosecha y brindar por Baco… Aquellos jacales, donde el hombre pisoteaba las uvas y la villa olía a ese olor cada septiembre, el que esperábamos tras “el agosto, augusto y lento”, el adiós a la parva, la trilla y el trigo, sinfonía del campo.

Cantad, aves, cantad, fiel a los ciclos de la madre Naturaleza, a los lienzos, soleados y azulencos, del Creador. El orden en la generosidad de la tierra, explosión cautivadora de los frutos, lejos “el menosprecio de Corte y – cercano- la alabanza de aldea”, fieles a las estaciones, a gozar con la caricia del sol o una tibia del aire, a soñar, en suma, con la caída de la lluvia por los canales, los riachuelos cortejando al empedrado, que seguís colgadas, en mi memoria; mural sepia de aquel niño.

Estábamos en plena ebullición de Baco, aquel vino de la bodega, vino de pitarra, ansiolítico para ánimos decaídos, contados neuróticos, beber para enterrar las penas, alcanzar la casa con la estampa movida del beodo. Qué no tendrá el vino que, hasta Platón, lo definiría como “la leche de los ancianos”. Sí, amábamos septiembre con el último adiós del sol, por el veranillo de San Miguel, cuando yo me aupaba en el platero de Juan Ramón, que hasta corrí peligro de caer. Nunca, nunca, olvidaré la luz de Moguer –. Da fé de ello, JJ.BB, coleccionista mayor de  libros sobre “Platero y yo”. Todo, en suma, un espectáculo. Ahora que los jilgueros – pocos, muy pocos – nos cantan los adioses de los días largos y calurosos, el recuerdo redondo de la parva, ya sin eras, la pila granítica de la Merina, las sombras sosegadas de los castaños del Fontanal, el rumor sereno del agua en las pilas del Bardal. Todo ese son melódico del agua y el tiempo, concierto en do menor, silbos amorosos de las aves, melancólicamente alterado, antes del réquiem pausado del otoño.

Ahora que estáis en la vendimia, gentes de la Sierra de Gata y pueblos aledaños, gozad, gozad con los bodegones clásicos de los racimos, las uvas sin ira y degustas, el rito de la pisada de la uva, antes de que el sol escuche un fado y, melancólico, oculte su moneda en la hucha de la noche; y el día se nos haga, cada vez, más corto, cuando nos araña la melancolía de las zarzas y sus moras y, tal vez, la luz de la tarde sea tenue, no olvidéis, como se dice en la Provenza: “Que un día sin vino, es un día sin sol”. 

  Juan Antonio Pérez Mateos, escritor y periodista.

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