LAS LETRAS DEL VIENTO. Eco nocturno de Chopin

El escritor y periodista Juan Antonio Pérez Mateos
El escritor y periodista Juan Antonio Pérez Mateos

Qué lejanas me llegan tus notas, Chopin, que lejanas a través de la magia de la noche, de su conticinio, cuando quizás oiga el rumor del tiempo, de la obscuridad nocturna, del resplandor decadente del sol, de un ocaso de despedida; quizás me vengan de una infancia – que es nuestra única patria -, el órgano que tocaban, bellamente, las estrellas, mientras miraba a la Osa Mayor o Carro y yo retornaría a esa “patria”, tierra que nace con nosotros, que es lo más prístino que tenemos y que, lentamente, dejaremos en ella nuestros pasos, como un adiós musical de Puccini, dibujaremos los “renglones torcidos de Dios”, como unas tiernas criaturas, la lactancia pura de la turgencia de la madre, unos dedos de aire, un cuerpecito de arcilla, unos pies de barro, una imagen diminuta de aire acariciante, una mirada ante el mágico agitar de cinco “lobitos tenía la loba / cinco lobitos detrás de la escoba, cinco tenía y cinco…” Me vienen aquellas palabras de miel de mi madre de leche, Munda o de mi madre Cele, que, además, llenaban de nanas mis oídos, la plaza de Neva dibujada por un Goya sencillo y triste… Así, así, lentamente, dejarías tu cuerpecillo de seda por aquellas calles y plazuelas de Neva (Villanueva de la Sierra), donde el agua del pilar de la plaza lloraría, mansamente, para que las estrellas se bañaran de noche, cuando todos dormían y hasta habría un concierto de grillos y la laguna parecía un escenario de hielo, donde croaban las ranas, allí, junto a la estatua de Inocencio Rubio, asesinado en un remolino de arena, en la guerra de Marruecos, cuando la imagen de esos mozos estaban prendidos en las retinas de las musas de Villanueva – “mira, hijo, me decía con voz de lástima y responso mi madre Cele: ”Cayeron los más guapos y los más jóvenes”, en esa contienda y en la incivil; y esas campanas de Neva – Villanueva de la Sierra – dejarían los misereres en la muy ancha hopalanda grisácea del olivo, entre aquellas teas plateadas y medievales de Hernán Pérez, Torrrecilla de los Ángeles,  Torre de Don Miguel, Gata, Valverde, San Martín…; y esos altivos campanarios hechos con manos de granito en los pueblos de Sierra de Gata.

 Ahora, bajo  diamantes de estrellas, nace de la hondura de mi boca, ese tibio y bello cancionero de la noche, como un nocturno de Chopin y colgáis, en mi recuerdo, estampas y cuerpos de otro tiempo, cuando la campana tocaba para acudir al almuerzo – que ya es lujo – y, estarían vuestros cuerpos como sellos impresos en el corazón de mis cartas, en la valija de niño cartero. Esa plaza cuadrangular de nuestros ojos, el padrino Rufino Saúl – gran pendolista y lírico - que salía del Juzgado; el secretario, Ángel Rubio, que dejaría un informe; Gonzalo Casasola hacia su casa, quizás Julián Manzano estaría jugando en el cuartel de la Guardia Civil - creo que levantado a finales de mil ochocientos -, y el también hermano en afectos y presbítero, Miguel Iglesias y, tras el cuartel, la casa señorial, la magnolia y la palmera de Don Elías Durán.

A la derecha del Ayuntamiento, el salón de tío Emiliano, donde descubriría los primeros amores, las flechas amorosas de las miradas. Al lado, la posada y sus benditas mujeres – me parece que una se salvó de un rayo; iba subida en un platero y la chispa eléctrica caería  sobre un álamo de la carretera de Valverde a Hervás, cerca de las Eras -, la señora Jacinta, el bar de Eleuterio; Pedro y Primitiva y, al fondo, San Juan y aquel toril que, al salir el cinqueño, transformaba al gentío en un extraño frenesí entre el valor y el miedo, la angustia y las taquicardias.

La otra noche, cuando la gente dormía en Villanueva, yo escuchaba unas lejanas notas de Chopin y el eco del chorro del agua del pilar dejaba, en mi caracola, uno de sus nocturnos, quizás “Tristeza de amor”. Y os recordaría a todos, en el conticinio, bajo una luna lorquiana, de plata grande de ley, expulsando las sombras de la noche, reacias, sin embargo,  con los que la vida nos regala unos instantes, unos sueños, una inspiración capaz de hacernos llorar, arrancarnos un poema y sentirnos como dioses menores, mientras casi todos dormíais, el agua de los cuatro caños interpretando un nocturno de no sé quién, esperando quizás el primer cántaro de la mañana como un romance, cuando la beldad de Isabelita parecía un bello ramo de flores desprendido de una estrella, tantos años sin vernos, una bella adolescente.

Entonces, la nostalgia dejaría herido mi corazón como si Proust –“En busca del tiempo perdido”- me mostrara, abiertamente, mi  pasado, nuestro pasado, allí donde tantas historias he / hemos escrito todos, risas y lágrimas, olvidos y esperanzas, amaneceres lluvioso o frescos – recuerdos de higueras y baños en El Parral – o las lentas o, paradójicamente, largas puestas de sol – que nos invitaran a sentirnos relativamente felices y aquellos olores del amanecer ante el gran teatro del mundo.

Cuánto gozo, el olor del trigo de las Eras, las plantas o los árboles del Parral, el pozo, la higuera, qué cuadro tan hermoso, tan sensual, tan feliz, en suma– que suene “La Sinfonía del Nuevo Mundo” -, ¡qué suene! -. Aún gozaría de los estertores de la infancia – la verdadera patria del hombre -. Y, sin darnos cuenta, participaríamos todos de esa orquesta coral – los grillos, de nocturnos-, regalo de Dios, con esos músicos y letristas menores como Chopin o Vorsack y Proust. Descansabais todos; unos rendidos de felicidad, quizás otros fatigados por el llanto y yo con un alma de nostalgia. ¡Toca, Chopin, toca!. Todo lo ha cubierto la noche.

A Raúl Rubio Rubio, en do mayor.

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