LAS LETRAS DEL VIENTO. Goya y su cuadro: “La letra con sangre entra” (2)

Obra de Goya. La letra con sangre entra
Obra de Goya. La letra con sangre entra

Quién iba a decirle al maestro de Fuendetodos, el genial Goya,  que su cuadro: “La letra con sangre entra” o “Escena de escuela”, retrataría un modelo pedagógico, largo y usual, hasta bien entrado los años cincuenta, si exceptuamos, naturalmente, maestros y maestras que huirían de ese método y encarrilarían a sus alumnos por derroteros más ensoñadores y entrañables, “dime como enseñas y te diré como educas”. El cuadro de Goya  no era más que una crítica a la educación de su tiempo y lo pintaría entre el año 1780 y 1785 y  el motivo no era más que una crítica al modelo educativo de su época.

En el cuadro se observa cómo el maestro, sentado a la izquierda con un perro a sus pies, azota a un alumno con las nalgas al aire y, a la derecha, otros dos acaban de recibir una paliza. Un cuadro similar salía de las manos o de la palmeta de algunos de nuestros educadores, incluso algunos dejaban muy colorada la mano. Yo, que cursé los estudios de Magisterio en un año y aprobé las oposiciones, dejaría escrito con tiza en la pizarra de mi escuela, en la lejana Siberia Extremeña, concretamente en Garbayuela –“que es buena gente” y buena tierra, una escena muy lejana a la del genial pintor de Fuendetodos. Lo recordaréis, Emilio – qué grande tu padre y su acodeón -, Andrés, ahora ecologista mayor de la Serranía de Ronda - y tantos otros lo bien que lo pasábamos en aquella primavera, cuando el agua discurría con un adiós, que se llevaría algunas de nuestras muchas alegrías, en aquel menosprecio de Corte y alabanza de aldea. El añorado José Luis Sampedro y su gran obra: “El río que nos lleva” era la estampa de los gancheros del Alto Tajo. Cómo disfrutamos de aquel confín con alma de paraíso perdido como si Milton nos hubiera elegido esa cuadro impresionista.

En aquellos años infantiles, aún guardaré el eco del ambiente coral, por ejemplo, aprender cantando la tabla de multiplicar, la tiza y el encerado, las “fichas” redondas para saber contar, la llamada del maestro, qué sé yo, aquel rito escolar, maestros y maestras de mi infancia, “Ave María Purísima”. “Sin pecado concebida”. El duro castigo de la palmeta, o de rodillas y los brazos en cruz, la soledad ante el maestro, sin saber que existirían Pestalozzi y tantos otros; y otras escuelas y maestros que hacían del rito de aprender un gozo, un deleite, abrirnos el sendero del tiempo, enseñarnos los nombres de las flores, la vida del lagarto y tantas especies como nos rondaban nuestras horas, que salían a nuestro encuentro y nosotros al suyo, por ejemplo. Todo ese pequeño y, sin embargo, gran universo donde el sol abría sus rayos con la aldaba del amanecer o del ocaso, cuando nuestros cuadernos eran tan primitivos y carecíamos de lápices de color. Niños de posguerra, maestros de posguerra, maestros expedientados por sus ideales republicanos.  

Algunos serían amantes de otros métodos, más abiertos, más liberales, enseñarnos, en suma, a pensar, abrirnos el arco iris de nuestro pequeño mundo, mostrarnos sus arduo sendero con facilidad, que se abría, cada mañana, por el naciente, y se ocultaba con el sol tras la sierra de Dios Padre, en una despedida lenta en ese ocaso, moneda que entraba en la hucha de la noche.

Qué difícil es enseñar, qué habilidad la del maestro que acaricia lo arduo y nos lo endulza, nos lo hace apreciar, comprender, en suma. Mi madre Cele y mi tía Juanita, cada una a su manera, dejarían un testamento escrito  sobre los cuadernos del pensamiento de sus alumnas, abiertas a ellas, con su método de enseñar, que significaba un acto hermoso de seducir, incluso en las labores propias del sexo, bordar, por ejemplo, manejar la máquina de coser y, especialmente, dar ejemplo.

Epoca sepia, nada tiene que ver con esta, frenesí de la era digital. Qué giro tan copernicano, qué diferencia entre aquellos niños de posguerra y estos navegando por las pantallas del ordenador o de la tableta, la fácil comunicación. ¡Ay si levantarais la cabeza! Ahora los maestros serían discípulos de sus alumnos. ¡Y que no pusieran su mano o su vara en el cuerpo de un alumno, porque menudo castigo!. De todos modos, los recuerdos de infancia son únicos. Porque tenemos una patria, “la patria de la infancia”, que dice Rilke. Que es cuando se torna, lentamente, ese tallo en carnal y rosa. El ayer ya es hoy y nos sabe a sueños de sábanas y almohadas frías; aquellas letras y aquellos números – el método - han muerto; viva el orbe digital.

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