LAS LETRAS DEL VIENTO. Juan Bonilla: Tu nombre sobre el agua

Juan Antonio Perez Mateos con Juan Bonilla, a su derecha
Juan Antonio Perez Mateos con Juan Bonilla, a su derecha

Te llevaremos siempre en la memoria, Juan Bonilla, don Juan de las aguas, don Juan hacedor de paisajes, manos de cuarzo para detener el cauce del Alagón y convertirlo en el vinilo de un lecho caudaloso que deja sus lágrimas en el pantano donde yacen las poesías campesinas de Gabriel y Galán, que le hubieras abierto un estro y otra estampa. Ay si levantara la cabeza y viera ese pequeño mar que ha dibujado un nuevo atlas de la Extremadura seca y caliente, que coquetea el agua con su bello festón por esas tierras de secano, donde se escucha el viejo acento de Las Hurdes y tus / sus manos cocrearían la grandeza del Señor. Te lo diría Theilar de Chardin, te lo dicen los ojos y las voces de cuantos respiramos el aroma de las jaras o gozamos con esas barquitas de papel como si fuésemos niños, acariciando, melosamente, el numen de Gabriel y Galán, o te honra Granadilla desde su altivez con castillo añadido como un faro renacentista, que deja su sombra en las noches claras de esa Extremadura ardiente. 

Alfonso XIII, a caballo, no pensaría, al cruzar el Alagón, en el caballo de Don Ventura, camino de unas Hurdes paupérrimas, un diseño tan prodigioso de tantas manos. Mi amigo Luis Ortiz, ministro de Obras Públicas, vería tu / su obra al sobrevolar Granadilla y me diría qué presa hizo este hidalgo de compás y lápices, serragatino, que haría de Gata un botánico de siglos – qué ratos con vos y su hijo Juan Andrés – en ese oasis de árboles centenarios, donde las palabras tenían otro sonido y la Sierra su paraíso perdido. Tus / sus pies conocían como un viejo caminero la carretera entre Torre y Gata, y la otra, más humilde, que te llevaría hasta el Pantano de Gabriel y Galán. Con toda seguridad, el vate habría cantado tu gran obra; y qué hacías, como diría Antonio Machado, “camino al andar”; y el poeta de Frades se marcharía de este mundo sin cantarte a ti y a las aguas, dedicarle unos poemas de acento extremeño, “que jizún un obrón”.

Quién me diría a mí, que vería el automóvil de Don Juan, en aquellos paseos míos en bicicleta, adolescente, tras un percance suyo; y mis estancias en ese caserío moderno del Pantano, donde mi santa madre Cele Mateos rezaría más de un Padrenuestro y el cura José Reveriego, tanto tiempo en el San Blas cacereño, ya en el recuerdo; y aquel caserío de hombres recios que contribuirían, con el botijo de sus manos, a aliviar la seca tierra de Cáparra, cuando aún cantaban coplas las aguas del Alagón, cerca de aquel puente impresionante donde los pasajeros, presos de miedo, rezaban un Padrenuestro, tras dejar atrás el faro granítico de la ermita del Cristu Benditu. Ahí quedan como reliquias el Pontón, que, rezábamos en el autobús de Tío Florencio Rodríguez al bajar la cuesta y atravesar el puente.

Y, lentamente, el paisaje se desdibujaría ante aquella contención del río, obra de nuevos romanos – Roma andaba por allí con su arco de Cáparra – y hasta Franco le comentaría a su Primo Pacón el asunto de Juan Bonilla: ”Triunfó un modesto funcionario contra el atropello de una empresa constructora, pero te lo debe a ti, que me transmitiste su queja completamente convencido de que había sido atropellado en sus derechos”.

Tras Juan Bonilla, había algo más que la sabiduría de un gran ingeniero, “esa obra ingente que, como diría Ritcher, le ha dado gran fuerza a su vida”. Y tanta, hasta convertirle en el ingeniero de Caminos más veterano de Europa; y su don de lenguas, y el gran humanismo que se escondía tras aquella piel centenaria. Recuerdo en su camilla el libro “El tambor de hojalata” de Günter Grass, que leía en alemán.

El día 20 de junio se cumplen ciento diez años de su nacimiento y nos diría adiós con la sabiduría y ciento cuatro años. Un día de verano le dedicamos una placa junto al sudor húmedo de la presa. Aquel niño frágil, se convertiría en la fortaleza de un roble. Y tu nombre, Juan Bonilla, nada como una petunia en un jardín que quiso ser agua, y yo te dejaría, junto a la presa, grabado en hierro, unas palabras líricas para que los ojos sepan que Juan Bonilla nada, eternamente, sobre su obra: el pantano de Gabriel y Galán.

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