LAS LETRAS DEL VIENTO. Las lágrimas del pilar de Villanueva de la Sierra

El pilar de Villanueva de la Sierra
El pilar de Villanueva de la Sierra

Cómo escucho en la lejanía las lágrima del pilar de la plaza de Villanueva de la Sierra, ágora fresco de palabras y susurros, de corazones y ensueños de postales sepias, parejas lejanas, mocedades de romances, días de vino y rosas, cohetes y petardos, días mayores de La Santa – Santa Julita y Quirico -, cómo caían en los días estuosos, “caricia” fresca de abanicos, nostalgia en mi retina, en la lorquiana hora de las cinco de la tarde, cuando la plaza se convertía en una olla cuadrangular de talanqueras y  el cinqueño buscaría la querencia del toril de San Juan o el situado junto al callejón del Ayuntamiento, aquella estampa de la España negra, de olor a churros y pólvora de cohetes, bostezos y miradas furtivas, ecos lejanos – no sé por qué caminos del aire -  había oídos en los que aún resonaban cañones, batallas relativamente cercanas, la del Ebro, el Cáceres bombardeado. Pilar de arriba y abajo, pilar de la plaza, diario húmedo mientras las lágrimas llenaban los cántaros, ese día en que tío Sixto tocaba el tamboril en la guerra desmandada del cinqueño “que barría” resentido, el rectangular ruedo de verónicas y naturales sombríos ante una tarde tan lenta como pesada, el airoso vuelo de golondrinas, abarrotados los balcones, los de Casasola y Elías Duran y los sacerdotes, los del Cuartel y tantos otros, no sin cierto frenesí, emanaban como vocales volcánicas las voces de Gordito, Regadera, “Tres Reales”…

Que España tan profunda de olés y verónicas, simbólicamente dividida entre el sol y la sombra o, lo que es lo mismo, la  derecha y la izquierda: este era nuestro Ruedo Ibérico. Qué sabía el pilar, lenta melodía de tu frescura, si era el  símbolo de las dos Españas, qué sabía, que la mirada no podía pasar entre la pólvora iracunda de los cañones y hasta el poso pesado de posguerra, se convertiría en el lento caer de tus lágrimas, pilar tan tuyo, tan mío, el agua calle abajo… Aquel pilar color sepia en mi retina, parte de mis horas, el Cuartel de la Benemérita, por donde aprendería a andar ese amigo erudito Julián Lozano, niño de cuento, que su padre vería a una mujer con esa criatura en sus brazos, y, al verlo tras un tiempo de ausencia de Villanueva, exclamaría :“¡Que niño tan gordito¡”. “¡Si es suyo!”. Al lado, corrían melancólicamente las lágrimas.

Aquellas tardes, lentas y ardientes, “la enfermería” en la Secretaría del Juzgado, mi padre – médico - nervioso ante la cogida del maletilla y yo, su asistente, con una taquicardia. Cómo no voy a recordar las lágrimas del pilar que refrescaban el tórrido calor de junio. En el Cuartel, “no había billetes”; en el Ayuntamiento ídem, en las posadas otro tanto y, no olvidemos aquellos carros en el archivo sepia de mis recuerdos.

Habría otras Santas de mejor cartel con Mirabeleño – creo – y otros vestidos de rosas pálidos. Siempre veía llorar, sin embargo, a mi pilar, frente a la vivienda de los Casasolas. Y ya no podéis decirme, porque no estaréis en este mundo, aquella hiedra cuadrangular de los carteles ya está en el museo del recuerdo, la tarde en que entró una vaca en el inmueble de Casasola y el tío Valerio, natural de Palomero, salvaría la vida milagrosamente, oculto bajo un banco, en la cocina. Se iría de este mundo prendido del miedo de unos cuernos.

Como diría Borges, “no hablo de años; hablo de épocas” y miro hacia atrás sin ira, abriendo mi libro de horas, como un monje medieval cuando, muy en la lontananza, se caen las hojas del calendario, ya “La Cerillera” – un forucho primitivo – conducido por Florencio “Cachibola” no dejaría atrás nada más que el remolino del polvo asfixiado por el asfalto y las lágrimas del pilar, quizás aún sigan llorando, monótonamente, si es que la modernidad no os ha quitado las penas, tantas como recuerdos en el nido que los jilgueros hacían en mis sueños.

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